Creer en Jesús, creerle a Jesús

10 de mayo 2020; Dgo. 5to c. A.

“No se inquieten, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre, hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar? Y cuando haya ido, y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.” Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. (Jn 14,1-12)

Camino, Verdad y Vida, son términos inseparables en la experiencia que esta comunidad ha hecho con Jesús, y por eso este Evangelio es desafío y reproche a la fe de estos discípulos: desafío porque el que es Fiel y Verdadero exige una respuesta acorde.

Reproche, porque estos discípulos que llevan largo tiempo caminando con el Señor, todavía ofrecen resistencia a creer quién es Jesús, y a creerle, cuando les revela el rostro misericordioso del Padre, bajo los rasgos de su mismo rostro, de sus mismos gestos y de sus palabras y acciones; todavía ofrecen resistencia a la invitación a responder a su llamada. 

Desafío, por tanto, a darle respuesta con el mejor regalo que podemos hacer de nosotros mismos: con nuestra capacidad de entregarnos sin reservas en manos de otro -como Cristo, el Hijo, lo hace con el Padre- con nuestra capacidad de vivir generando confianzas, al confiar en otro. Y con nuestra capacidad de ponernos al servicio de la verdad y de la vida, como ciudadanos del mundo que se han hecho responsables, que han tomado partido, que han asumido con lucidez y valentía la tarea de penetrar en sus estructuras, para transformarlas desde dentro, para transfigurarlas con la humanidad que brota de la experiencia de Cristo. 

El que es Camino, Verdad y Vida espera compartir su vida con aquellos discípulos también verdaderos, es decir, confiados en Él, y –por lo mismo- confiables, que no se empeñen en evadir las exigencias, las etapas escarpadas y angustiosas del camino, sino que permaneciendo, perseveren en él, porque han adquirido con firmeza la convicción de que del Padre hemos salido y hacia Él nos dirigimos, y este retorno sólo puede hacerse, recorriendo el trayecto trazado por el caminar de Cristo, que ha abierto la senda con sus huellas, erigiéndose como única puerta de salvación.

El que es Camino, Verdad y Vida, quiere que no sólo declaremos que creemos en Él como Hijo de Dios, como Dios Vivo y Verdadero, sino también que adhiramos con la inteligencia y el corazón al contenido de sus palabras: que tengamos la certeza de que la senda que nos ha trazado no nos exime del dolor, pero que conduce certera hacia nuestra propia Resurrección; que en esta Resurrección nos quiere tan diversos como nos ha querido desde el mismo momento en que nos ha convocado a la vida el día de nuestra concepción, porque la diversidad es un don precioso que brota de su misma plenitud de vida (y por eso las “habitaciones” del cielo están hechas a Su medida, que ha de ser la nuestra, sin que dejemos de ser nosotros mismos);  y que a Dios no es preciso buscarlo a través de mitos, peregrinas filosofías, o complejas y desencarnadas gimnasias espirituales, sino mirando su rostro: el de ese Cristo, que sabe caminar en medio de los hombres y alimentarnos con su cuerpo y con su sangre en cada Eucaristía, hasta que nuestro andar se encuentre con sus pasos, a las puertas de la casa del Padre, que nos ha creado para que estemos con Él. 

 

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