En estos días de preparación a la Semana Santa oremos más, amemos más y mejor, revisemos si caminamos con Jesús ayudándole a cargar su cruz como Simón de Cirene. 
Los bendigo y animo en estos días de prueba, pero también de esperanza, a que realicemos un proceso de conversión a partir de la cruz de Cristo, estando seguros de que su resurrección nos dará la fuerza para construir un mundo mejor entre todos nosotros.

Queridos hermanos y hermanas:

Les escribo en estos días en que vivimos una de esas crisis que dejan huella, crisis en que sabemos cómo y dónde comienzan, pero no sabemos cómo y dónde terminan.

Hoy en día ya son más de 50 mil los fallecidos por el coronavirus en el mundo. No sabemos cuántas personas más sufrirán sus efectos, a pesar de los esfuerzos de la ciencia, de la impotencia de las autoridades y el dolor de sus seres queridos.

Si bien el mundo conoció de pestes terribles en el pasado, como la peste negra o la gripe española, que cobraron la vida de millones de seres humanos inocentes, las grandes distancias y dificultades en las comunicaciones impedían que estas epidemias fueran planetarias. Hoy, con el progreso de los medios de transporte, en particular de la aviación, han permitido que el virus “viaje” por el mundo entero en cuestión de horas. 

 

La situación

La pandemia del covid 19 ha trastocado la vida del mundo entero, trastornando hasta los cimientos nuestras certezas, nuestros modos de vida, nuestras libertades y afectando todas las dimensiones de nuestra existencia. Ha atacado la población humana sin distinciones de raza, residencia o situación socioeconómica, afectando especialmente la vida de los más vulnerables, la de los ancianos, provocando en pocas semanas miles de muertes en todos los rincones del planeta, con la angustiante incertidumbre de no saber quiénes son los próximos ni cuántos más serán sus víctimas. 

Las medidas tomadas por las autoridades sanitarias mundiales y nacionales para evitar los contagios están provocando una baja en la actividad económica que se vaticina producirá una crisis económica que superará en sus consecuencias a las grandes crisis del siglo XX, las que trajeron hambre, cesantía y pobreza a millones de seres humanos en el mundo entero. En Chile lo vivimos con la Gran Depresión de los años 30 y la crisis de 1982 las cuales han dejado un recuerdo de dolor imborrable en nuestra historia. Los gobiernos del mundo entero, incluido el nuestro, han debido salir al rescate de la economía con paquetes de medidas nunca antes usados para enfrentar alguna crisis. Lamentablemente, es posible que miles de empresas caigan en la quiebra y con ello arrastren a millones de personas al desempleo, entre otros efectos. 

Junto a lo anterior, la pandemia ha significado que un porcentaje significativo de la población mundial se vea enfrentada a restricciones a la libertad de movimiento en sus ciudades y países. Somos cientos de millones los que debemos permanecer en nuestros hogares para evitar el contagio propio y el contagiar a otros.  Las cuarentenas y el cierre de fronteras han sido la tónica de estas últimas semanas, y no sabemos aún cuánto tiempo más van a continuar.

En el ámbito de la educación, a estas alturas no es seguro que se podrá terminar el año escolar con un mínimo de rendimiento asegurado. Es posible que sea un año perdido para la educación, al menos escolar. En el nivel universitario, está por verse el impacto de esta pandemia, con el riesgo de que se vean postergados los proyectos y sueños de miles de jóvenes. 

Y en lo personal, somos miles de millones de seres humanos los que estamos experimentando desconcierto, temor, angustias y quejas ante lo que estamos viviendo.

Es una situación nueva, inesperada, inimaginable, una auténtica crisis global que hasta un mes atrás ni el más osado pudo predecir. 

Pero como tal, es también una oportunidad para detenernos un momento para meditar sobre nuestra vida, y más todavía como creyentes en Dios. Les comparto algunas reflexiones para animarlos a continuarlas en el seno de sus familias. 

Un discernimiento. ¿Qué podemos decir desde la mirada del Señor?  

Esta nueva situación que nos toca vivir también nos hace preguntarnos ¿Qué quiere Dios de todo esto? ¿Qué enseñanzas valiosas podemos sacar? ¿Qué nos quiere decir Dios en este signo de los tiempos?

Les quiero proponer una reflexión iluminada por la Cruz del Señor. 

  1. La cruz mira hacia lo alto. Me parece que lo primero que podemos percibir de esta pandemia es lo frágiles que somos, en lo personal y en lo comunitario. Basta un virus, ¡que no podemos ver!, para que la vida y el mundo estén en jaque. La crisis nos recuerda que no somos omnipotentes, que la vida y la muerte son misterios que siempre seguirán presentes en este mundo, que no podemos construir la Torre de Babel sin auxilio divino. Somos barro que vuelve al barro. Solo Dios es Dios y nosotros somos simples creaturas que dependemos de Él, siempre. Por eso, estos son días para levantar la mirada hacia lo alto para orar como nos dijo el Papa Francisco. 

Es un tiempo para reavivar nuestra fe en este Dios que entró en nuestra Historia “naciendo de mujer” haciéndose uno de nosotros para vencer al pecado y a la muerte. Solo en Él hay vida eterna y el que crea en Él, aunque muera vivirá. 

  1. La cruz está fundada en la tierra. La crisis nos lleva a mirar la creación con nuevos ojos. No somos dueños de lo creado. Somos administradores y se nos pedirá cuenta de cómo la hemos tratado o maltratado. El papa Francisco en su encíclica Laudato Si nos hace un llamado a proteger nuestra casa común de la crisis ecológica terrible en la que estamos y que es aún más profunda y peligrosa que el covid 19. Está crisis pasará, pero la destrucción del planeta depende de nosotros. El Papa nos alienta, ya que el “Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. LS13” Esta certeza nos llena de confianza y alegría de que, si cada uno cuida del planeta, el planeta también nos cuidará. Todo está conectado. 

Estos son días para revisar entonces nuestra relación con la hermana tierra.

  1. La cruz se abre hacia el horizonte, hacia el otro. Es el momento de revisar si abrazo al que está junto a mí, a la derecha y a la izquierda. O, tal vez, lo juzgo, lo desprecio, o incluso lo maltrato con violencia física o verbal.

El aislamiento forzado, que nos impide tocarnos, nos da la oportunidad de revalorizar la familia, el vecino, el barrio, mi parroquia, mi patria. ¿Qué son ellos para mí? ¿Qué hago yo por ellos? En este punto nos viene bien recordar las palabras del Papa: Toco la carne de Cristo en la carne sufriente del hermano.

 

  1. Finalmente, la cruz se une en el cruce de ambos maderos, podríamos decir en su corazón.

La cuarentena nos ha obligado a revisar nuestro corazón, nuestro interior, el modo de vivir, nuestras prioridades, afanes, luchas y valores. 

¿Para que vivimos? ¿Para qué morimos? ¿Solo para tener más? ¿O para ser más y mejores seres humanos, más solidarios, más conscientes de nuestra misión en el mundo como padres, hijos y hermanos?

En estos días de preparación a la Semana Santa oremos más, amemos más y mejor, revisemos si caminamos con Jesús ayudándole a cargar su cruz como Simón de Cirene. 

Los bendigo y animo en estos días de prueba, pero también de esperanza, a que realicemos un proceso de conversión a partir de la cruz de Cristo, estando seguros de que su Resurrección nos dará la fuerza para construir un mundo mejor entre todos nosotros.

 

Tomislav Koljatic M.

Linares, marzo 29 de 2020

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