Dgo. 29 de diciembre; Fiesta de la Sagrada Familia

Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: «Desde Egipto llamé a mi hijo». (Mt 2, 13-15. 19-23)

¿Qué podemos encontrar en los relatos que retratan a la Sagrada Familia, que sea buena noticia para nuestro tiempo? En primer lugar, la confirmación de la firme porfía con la que el Padre del cielo se mantiene en su declaración de amor a los pobres y a los pequeños, de ser el Dios de los perdedores y no el de los prepotentes, que avasallan exigiendo privilegios y construyen su vida a partir del sistemático acaparar posiciones. 

La otra buena noticia viene del modo en como José y María acogen su participación en el plan de salvación, que ha llegado a transformar por entero y sin retorno sus vidas; los sueños de María y José, y de sus familias, sin duda eran distintos antes de la anunciación: sueños comunes de gente sencilla: la casa construida con el esfuerzo del ingenio y la honestidad del trabajo de las manos, la vida tranquila del que espera vivir alejado de las rutas transitadas por la historia que agita las ciudades y las intrigas de los imperios, el devenir de los días y de las estaciones que marcan la vida de los campesinos y artesanos, siempre rogando a Dios que la guerra, la peste y la hambruna, no decidan emprender el camino que conduce a las puertas de la aldea. 

Estas pequeñas aspiraciones, son las que el de María y de José, va a dejar a sus espaldas; no para reclamar privilegios que su elección pudiera haberles granjeado, no para escapar de las pequeñas y grandes apreturas de la vida que se resiste a ser ganada; sino asumiendo con valentía y lucidez que el hecho de ser portadores de este Misterio, que sobrepasa con creces la modesta proyección de  sus vidas y la comprensión inicial que hayan podido tener de él, no los va a eximir del dolor, sino que los irá moldeando hasta alcanzar la cumbre de la santidad, en la medida en que se van dejando traspasar por entero por el amor de este Dios, que haciéndose pequeño, ha puesto en sus manos -las nuestras- el mapa de la ruta, para atrevernos a emprender, de la mano de la gracia, el camino que conduce hasta su altura.   

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