Dgo. 22 de diciembre; 4to de Adviento

Éste fue el origen de Jesucristo: María, su Madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo”. (Mt 1, 18-24)

Justo, (dikaios), es un título que los Evangelios entregan con extrema reserva; significa no lo que para nosotros quiere decir actualmente la palabra “justo”, sino aquello que entendemos por la palabra “santo”, el dikaios, no será aquel que se esfuerza en dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde en un ejercicio de humana equidad, sino aquel que ha sabido ordenar su voluntad por entero a la voluntad de Dios, aquel que logra hacer del pensar y el querer de Dios. 

Así obra José: porque es un Justo, es que no puede sino ser obediente a la Ley, como nos dice el comienzo del relato, que es para él hasta ese momento la expresión indudable de la Voluntad de Dios, y esta Ley ordenaba al marido repudiar a la mujer que se encontrase embarazada antes de la legal consumación del matrimonio; pero también porque es un Justo; José es capaz de leer más allá de la letra de la Ley, e intentar obrar según la norma no escrita de la misericordia, ajustándose al corazón de Aquel de quien ha brotado la Ley: el repudio será en secreto, para salvaguardar la vida de María. Porque José es un varón Justo es que puede estar dispuesto a dejarse sorprender por un Señor que no se deja atrapar por la ligazón de la letra de la Ley, que en última instancia ha sido codificada y actualizada por los hombres, y reclama siempre para sí su integérrima libertad. 

En esta cuarta semana de Adviento, el aprendizaje brota de la capacidad de José de ajustar su oído, su corazón y su voluntad, obedientes al querer de salvación con que Dios se nos prodiga; habremos de beber de las fuentes de su Justicia -de su santidad- para así abrirnos también nosotros al sorprendente modo de hacer las cosas que tiene el Señor, para así poder reconocer que es Él quien ha venido intensamente cercano en la precariedad del Pesebre, en el silencio de la noche de Belén.

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