
Dgo. 01 de diciembre; 1ro de Adviento 2020
Jesús dijo a sus Discípulos: Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a venir el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada. (Mt 24, 37-44)
Llega para la Iglesia el tiempo de Adviento; el tiempo de recordar que hemos sido convocados para estar despiertos, para estar atentos, para mantener la tensión que fortalece el tono muscular del caminar, para animarnos unos a otros a prepararnos para el encuentro con el Señor que es el fin de la marcha de la Iglesia.
Sin embargo, cómo permanecer en la atenta vigilia y al mismo tiempo vivir con normalidad el día a día, cómo transitar por nuestra vida sin que parezca que nos mantenemos en un constante estado de sitio, sin que el temor de que la llegada del Señor nos pille desprevenidos, se cierna sobre nosotros como una amenaza; porque el pasaje que habla de los que serán tomados y los que serán dejados, en el centro de este Evangelio, no puede ser leído de manera fatalista, ni como un oscuro anuncio de predestinación, sino como lo que realmente es: una invitación perentoria a estar dispuestos a acoger al Señor, ya sea que se demore, ya sea que venga hoy mismo. Estar preparados es saber que las armas, los implementos y las instrucciones para la marcha nos han sido ya dados: son los gestos y palabras del Señor registradas por los testigos que nos legaron los Evangelios, pero que éstos hay que tomárselos en serio y aprender a vivir en consecuencia.
Este es el tiempo del Adviento que ahora volvemos a comenzar, ahora que acaba el año y que nuestras fuerzas están debilitadas, este es el Adviento que nos recuerda que éste es el verdadero ritmo y compás de la Iglesia, que comenzó a andar al mismo tiempo que profería la plegaria que aún no cesa, el primer grito apasionado con que la esposa reclamó y sigue reclamando la Presencia amada: Marana Thá: ¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!