
Dgo. 24 de noviembre; Solemnidad de Cristo Rey
Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso». (Lc 23, 35-43)
En la cruz vecina a la de Cristo acontece el “hoy” del reinado de Dios; la petición del ladrón, halla un eco sorprendente, en la gozosa paradoja, con que Jesús responde: no es en un futuro incierto, cuando el Señor se acordará de él, el “cuando vengas en tu Reino” ha de ocurrir hoy mismo para el ladrón; en el árido monte del calvario, florece con toda su exuberancia, la rara palabra “Paraíso” (que sólo aparece tres veces en el Nuevo Testamento y solo una vez -precisamente aquí- en los Evangelios, palabra que no existía en el arameo y que el griego de la traducción de los Setenta, tuvo que tomar prestada del persa, para poder nombrar la gratuita maravilla del Jardín del Edén, como regalo primero de Dios al hombre): esto es el Reino y el Paraíso: la fecunda experiencia del amor actual e irrefrenable, sin medida ni condiciones, amor del Padre por nosotros, sellado por el Hijo en la cruz.
En la escena de la cruz; ese amor y esa misericordia no toman venganza, no precisan del mezquino desquite; la soberanía de este Rey, despliega abiertamente el estandarte del perdón, vence Cristo -el Rey vencido- en el triunfo incuestionable del amor derramado hasta la última gota.