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Dgo.17 de noviembre; XXXIII del T. durante el año

Como algunos, hablando del templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto y cuál será la señal de que va a suceder?». (Lc 21, 5-19)

¿Qué actitud tomar ante una época de angustia, qué hacer cuando, adonde dirijamos la vista observamos –como poética y proféticamente sentenciaba uno de los autores más influyentes del s XIX y XX- que “todo lo sólido se desvanece en el aire”?

Una actitud es la Apocalíptica; la de aquel, que por donde mire, ve signos del fin, cree enfrentar una realidad, que siempre es hostil, desoladora y desesperanzada. Otra actitud es la Indiferencia: todo lo que está pasando, cuenta como si no pasara, la vida ordinaria porfía en continuar a pesar de que se vea sacudida por el vendaval de lo inesperado. Otra, es la Resignación; lo que está pasando me sobrepasa, pero, hemos venido a este mundo a sufrir, aceptemos, entonces, sin reclamar, nuestra cuota de dolor. Otra, la Integrada: muta el mundo vertiginosamente, y también yo, más persistente que la mutación, es mi capacidad de adaptación, estoy hecho para acoger el cambio con entusiasmo y “reinventarme” con ligereza, no importa cuánto empeñe.

La actitud, no obstante, del cristiano ante una época de angustia, habrá de ser otra, necesariamente diversa de las cuatro que acabamos de esbozar; sobre esto nos advierte el Evangelio de hoy.

Ser cristiano no significa dejarse llevar ingenuamente por todo aquel que nos ofrezca algo que remotamente se parezca a lo que Jesús nos vino a traer: el cristiano ha de tratar de vivir auténticamente el auténtico Evangelio de Cristo, y aquí viene lo más difícil: sin conformarse ni con edulcorantes ni con sucedáneos. Ser cristiano, implica tener el valor de enfrentar el mundo y la propia cultura, y alzar la voz de la denuncia, cuando esté circulando por cauces ajenos al Evangelio, cara a cara frente a la intransigencia de los que enarbolan el estandarte de la tolerancia y, sin embargo, no soportan el que alguien quiera vivir su fe sin transar, de manera comprometida y profética, aunque ésta ya no sea popular, aunque ésta no sea políticamente correcta.

Ser cristiano, por último, implica cultivar un lúcido optimismo: no sabemos bien cómo se está escribiendo la historia en torno nuestro y con nosotros, pero confiamos y nos mantenemos firmes en la convicción de que en la trama de la historia siempre hay una hebra que la entreteje el Señor, y que la última palabra en esta historia, esa palabra que no nos puede defraudar, esa palabra que le da su sentido pleno, es la de Dios, y ya ha sido pronunciada: Cristo.                                                            

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