Dgo. 10 de noviembre; XXXII del T. durante el año

Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él. Lc 20, 27-38

Acoger la fe en la Resurrección es un don que no debemos cansarnos de pedir al Señor, aunque nos cueste imaginar cómo será; acogerla como un regalo, confiados en que la realidad de la plenitud de la vida en el Señor será tan profundamente nueva y gozosa, que desde allá miraremos con amoroso asombro los balbuceos que proferíamos cuando intentábamos imaginarla, cuando intentábamos explicarla, con las complejas y sutiles fórmulas de la erudición, o aludiendo a ella con los resplandores efímeros del lenguaje de la poesía, con las sugerentes sombras de la metáfora; acoger la revelación de la Resurrección, como el don que nos ha sido dado para alimentar nuestra esperanza y que poseeremos en plenitud al traspasar nuestra marcha los umbrales de la casa del Padre, en donde habitan los santos.

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