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Septiembre, mes cargado de emociones para nosotros los chilenos y para nuestra identidad, es también un mes que tiene una relevancia especial para la Iglesia universal; el 30 de septiembre, la Iglesia conmemora y venera la memoria de San Jerónimo, cuya pascua aconteció hace ya 1601 años.

 

A San Jerónimo le debemos la traducción de la Biblia -desde sus textos originales en hebreo, arameo y griego- al latín, la Vulgata, con la que este Padre y Doctor de la Iglesia, quiso poner la Palabra de Dios al alcance de aquellos que hablaban la lengua común del pueblo (vulgus), logrando que la Divina Revelación, escuchada, puesta por escrito, atesorada  y transmitida por la Tradición del Pueblo de Israel, y luego por la Iglesia, pudiese llegar a hombres y mujeres que alimentando su fe en la Sagrada Escritura, encontraran en ella, hasta nuestros días, el mapa de ruta del peregrinar hacia el encuentro definitivo con el Señor. 

 

Por esta devoción y consagración al estudio de la Palabra, escrita por hombres santos bajo la inspiración del Espíritu e interpretada por la Iglesia, asistida por el Mismo Santo Espíritu, y por su empeño de que esta Palabra, leída, enseñada y compartida de manera comunitaria, es que la Iglesia ha escogido el mes de septiembre como el Mes de la Biblia, o mejor, el Mes de la Palabra. 

 

No se trata, en este mes de entronizar la Biblia, o de hacerle un altar, de ornamentarla con cintas o flores, porque no somos una Religión del Libro, sino de acentuar el ejercicio de ponernos de manera especial a la escucha de la Palabra contenida en ella, Palabra que reconocemos como “Lámpara para nuestros pasos y Luz en nuestro sendero”, como canta el s 118; y de empeñarnos en edificar la casa de nuestra fe sobre esa roca: la que se asienta en escuchar la Palabra y ponerla en práctica (Mt 7, 24), de manera de poder resistir firmes a los vendavales del tiempo y con alegre convicción responder a los desafíos de la historia.

 

Es por eso que el lema que nos va a acompañar durante este Mes de la Palabra, será el que encontramos en Jn 6, 68: “Señor, ¿A Quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

Éstas son las palabras que recogen la respuesta de fe que, en nombre de los Apóstoles da Simón Pedro a Jesús, al concluir el cap. 6, que nos narra la controversia y la crisis entre los judíos y también entre los discípulos, que ha suscitado el Discurso del Pan de Vida, con el que Jesús intenta explicar el sentido profundo del signo de la Multiplicación del Pan y los Peces: las palabras pronunciadas por el Señor han sonado extrañas e incluso escandalosas ante los oídos de la muchedumbre que lo escucha en la Sinagoga de Cafarnaúm, y que reclaman de Él nuevos signos, han sonado duras, difíciles de entender y más aún de seguirlas y ponerlas en práctica por parte de sus propios seguidores, “Es duro este lenguaje, ¿Quién puede escucharlo?” comienzan a rezongar, incluso los más cercanos entre los discípulos, antes de emprender la fuga; y es en ese momento, en el de la crisis, en donde Jesús emplaza a los Doce, para reiterar su invitación al seguimiento.  

 

En ese emplazamiento encontramos una enseñanza clara que nos puede acompañar también es estos tiempos de incertidumbre que estamos viviendo como sociedad y como humanidad:  seguir a Jesús por el Camino del Discípulo supone un momento de seria decisión; que rara vez habrá de tomarse en la tranquilidad de una meditación serena al calor del fogón familiar; sino que habrá de ser sopesada en medio del tráfago y de la urgencia, en medio del quehacer que nos atosiga por todos los  flancos, en medio de la situación desnuda, dando la cara a la crudeza de las palabras en las que se expresa la exigencia del Señor para aquellos a los que ha llamado a caminar consigo.   

 

No basta con gustar plácidamente de las palabras de Jesús, porque en ellas encontramos consuelo, porque ellas nos provocan una sensación de bienestar, de paz interior, tampoco basta el seguir a Jesús en busca de signos y portentos que nos alimenten el ansia de llenar de una suerte de magia la vida ordinaria.

 

Seguir a Jesús no pasa por el ilusionarse con el sonido de sus palabras, no es un proceso de encantamiento que nos saque de la realidad para vivir en un horizonte soñado de pureza y aséptica candidez. 

 

Seguir a Jesús, pasa por el momento en que, frente a frente, delante del desafío y la provocación de su Encarnación, de su Palabra y de la inminencia de su Cruz, libremente tomamos partido por Su Persona, una Decisión que compromete nuestra vida entera, y nuestra entera libertad, asumiendo con valentía y lucidez la dificultad y la lucha desgarrada que significará mantenernos en ella, a pesar de las veleidades de nuestra voluntad.

 

La respuesta de Pedro a Jesús, en el Cuarto Evangelio, al igual que la Confesión en Cesarea de Filipos, que recuerdan los primeros tres Evangelios, es un grito decidido de adhesión al Señor, a su persona, a sus palabras y sus opciones, lanzado a partir del discernimiento urgente que exige al Apóstol enfrentar el desafío del momento crucial (el de la comunidad en crisis, el de haber sido sacado de la zona de comodidad, de las fronteras y de los refugios habituales). 

 

El camino seguido por San Jerónimo en el s. V, de escoger la Palabra como carta de navegación en tiempos de grandes crisis y agitaciones, y -por tanto- de grandes definiciones, se suma decidido a esta opción del Apóstol. 

 

Hemos llegado a septiembre una vez más, un septiembre que nuevamente nos encuentra en medio de la crisis de la Pandemia, en medio de procesos de discernimientos eclesiales, pero también políticos y sociales; en medio del desmoronamiento de estructuras, modos de relacionarnos, formas y estilos de tratarnos que nos parecían hasta hace poco prácticamente monolíticos. 

 

En este tiempo de urgentes aprendizajes, en los que se está jugando nuestra manera de comprendernos, de tolerarnos uno con otros, de permanecer en el peregrinar de la historia, la pregunta de Jesús a sus discípulos vuelve a resonar en el oído de nuestras conciencias: “¿También Ustedes quieren marcharse?” y la respuesta que el Señor sigue esperando de nosotros es la misma que vibró con timbre convencido en la voz de Pedro: Señor ¿A Quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.     

 

  1. Raúl Moris

Departamento de Animación Bíblica de la Pastoral

Director Nacional ABP de la CECh

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