
Sínodo, es una palabra que ha estado resonando con fuerza en los oidos de la Iglesia en los últimos años; una palabra, sin embargo, que la ha acompañado desde el origen: una que le recuerda su identidad de pueblo convocado, puesto en el camino, peregrino en salida y en tránsito, solidario en su caminar -el syn-odos, es el camino que recorremos juntos- es el peregrinar que siempre tiene que ajustar su marcha al paso de los miembros más frágiles de la comunidad, a los más vulnerables, porque en la peregrinación lo que importa no es ser el primero en llegar a la meta, como en una carrera, sino que podamos llegar todos juntos.
Sínodo, es también una palabra que contiene una interesante paradoja: implica y señala el momento de una pausa, el preciso momento en que se hace necesario detener por un instante la marcha, para reparar en la hoja de ruta, para revisar los pasos que se han dado, escrutar el paraje hacia donde nuestros pasos nos han llevado, para discernir las nuevas jornadas que nos aguardan, reparar nuestras fuerzas, ayudar a continuar la marcha a aquellos a los que las huellas del peregrinar los ha debilitado, porque el camino ha de reanudarse y tenemos que procurar alcanzar todos juntos la meta.
El Sínodo es el momento también en el que volvemos a caer en la cuenta de que en este transitar no vamos solos, porque Aquel que nos ha convocado para ponernos en marcha, viene con nosotros, peregrino también, conduciéndonos, sosteniéndonos en cada tropiezo, y animándonos con la esperanza de que cada paso que damos, por arduo que sea, nos acerca más a la meta, en donde Él mismo nos aguarda.
Se acerca la fecha de la celebración de nuestro Sínodo Diocesano LXI, que hoy arriba en un momento singular en la marcha de nuestra Iglesia; va a ser esta vez un punto de llegada del proceso que iniciamos el año 2020, en plena Pandemia, y bajo el lema que nos animaba a salir del estupor que esta situación inédita nos estaba produciendo y retomar nuestro andar: como al hijo de la Viuda de Naím, el Señor nos urgía: a Ustedes les digo: Levántense; para perseverar en el camino de discernimiento que estamos recorriendo junto con toda la Iglesia chilena desde el año 2018.
Esta llamada puso en marcha un proceso que hemos realizado gradualmente, siguiendo los momentos a los que nos invita el itinerario de discernimento propuesto por el Papa Francisco, el RIE: Reconocer, Interpretar, Elegir.
El Reconocer, lo llevamos a cabo en la Etapa Parroquial del proceso, nos detuvimos a ver y a escuchar lo que estaba pasando con nuestras comunidades en medio de las crisis que nos ha tocado atravesar, especialmente las últimas: la Crisis Eclesial, el Estallido Social y la Pandemia.
A la luz del Evangelio, en los primeros meses del 2021, todavía arreciando la Pandemia, en este proceso de discernimiento creyente, en la Etapa Decanal, entramos en el segundo momento, el Interpretar.
Ahora, en el mes de octubre, tal como ha sido tradición en estas últimas cuatro decadas de la historia de este Pueblo de Dios Peregrino de Linares, recogiendo lo que el Espíritu Santo está suscitando en nuestras comunidades, como Iglesia Diocesana, llegaremos al momento del Elegir.
Será un momento de proyectarnos con esperanza en el camino, escoger acentos pastorales y senderos que explorar. Será un momento también de hacer conciencia de que esta ruta sinodal la está recorriendo la Iglesia entera: acaba de concluir la etapa de Escucha de la Asamblea Eclesial Latinoamericana y del Caribe, que reunirá en noviembre a delegados de todo el Pueblo de Dios, diverso y mestizo de nuestro continente, bajo el amparo de la Virgen de Guadalupe en Ciudad de México.
Nuestra Iglesia chilena, a fines de este mes de Septiembre, nos volverá a convocar para seguir caminando hacia la Tercera Asamblea Eclesial que se llevará a cabo en el año 2022.
En octubre, desde Roma, el Santo Padre el Papa Francisco, nos invitará a orar y colaborar para la realización del Sínodo de Obispos, cuyo tema será justamente la Sinodalidad, y que tendrá efecto en el año 2023.
Avancemos en este itinerario que nos propone el Espíritu Santo, empinándonos con esperanza a través de este sendero que a veces parece arduo, pero es el mismo que las huellas de los pasos del Señor Jesús, que nos ha precedido, han convertido en Tierra Sagrada.
Si hace un año, en medio de las incertidumbre de la Pandemia, el Señor nos llamaba a levantarnos con ánimo, ahora, durante este proceso que estamos recorriendo, nos propone desde la Parábola del Buen Samaritano, que compasivo se hace cargo del herido del camino, un nuevo desafío para nuestro andar; para renovar nuestras estructuras, para recuperar el ímpetu evangelizador, para salir el encuentro de los que necesitan contención y consuelo, para reparar grietas y restañar heridas: ¡Haz esto y vivirás!.
Pbro. Raúl Moris G.
Equipo de Reflexión de la Vicaría Pastoral