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Ascensión y Pentecostés, Envío y asistencia del Espíritu

En la fiesta de la Ascensión del Señor, el evangelio proclamado nos recordó el mandato misionero que Jesús entrega a los Doce (Mt. 28, 19-20) y a la semana siguiente celebramos la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu. Quisiera invitarlos a mirar estos dos momentos tan importantes para la vida de la Iglesia.

Al subir a la derecha del Padre, Jesús entrega el mandato misionero con dos verbos en imperativo (de ahí que sea un mandato): vayan y hagan. El mandato misionero nos coloca en primer lugar la orden de salir. El Papa Francisco ha recordado, desde el primer momento de su pontificado, que la Iglesia está llamada a ser una Iglesia en salida, una Iglesia en la calle, una Iglesia que peregrina por los caminos de este mundo al encuentro definitivo con Dios. Este modelo de Iglesia en salida es la primera condición para la misión, pues esto significa salir de nuestras comodidades y seguridades para ir al encuentro de los demás. Implica echar la barca mar adentro y navegar hacia mar profundo donde se encuentra la pesca milagrosa. La comodidad y seguridad de la orilla (de nuestras capillas) nos puede transformar en una Iglesia que no sale, autorreferente y por tanto, que no asume este mandato del Señor.

Un segundo verbo, es hacer. Hacer implica acción, involucrarse en un acto determinado. En este caso, es ponerse «manos a la obra», para hacer discípulos de todos los pueblos. Hacer discípulos no se trata de una acción intermitente, que se haga un anuncio y listo, sino que requiere compromiso permanente de cada comunidad. Por otro lado, el mandato nos recuerda el alcance universal de la misión (de todos los pueblos), lo que nos invita a estar superando permanentemente las fronteras, sean ellas geográficas, antropológicas o existenciales.

Finalmente, el texto recuerda: «yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo». En este sentido, se une la fiesta de Pentecostés, pues la presencia del Señor se prolonga en la Iglesia por la acción del Espíritu que actúa siempre en cada comunidad y a través de los sacramentos. Una Iglesia misionera, es una Iglesia que se deja mover por el Espíritu, como lo hemos recordado hace unos meses en este mismo espacio de la Buena Nueva. Pidamos al Espíritu que es el verdadero «protagonista de la misión», nos ayude a salir de nuestras comunidades y a involucrarnos en la hermosa tarea de hacer discípulos misioneros de Jesús de todos los pueblos.

Pbro. Ronald Flores. Párroco San Alfonso, Cauquenes.

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