
«Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: “Siervos inútiles somos; hemos hecho sólo lo que debíamos haber hecho”» (Lc 17,10).
En la última reflexión de formación misionera, nos concentramos en la misión de la Iglesia, desde el envío misionero del Señor resucitado a los apóstoles. Pero la razón por la que la Iglesia es misionera es mucho más profunda aún. Podemos preguntarnos si es la Iglesia que tiene una misión, o es la misión la que tiene una Iglesia. Parece un juego de palabras, pero no lo es. Veamos la importancia de esta distinción.
Si afirmamos que es la Iglesia que tiene una misión, que es como generalmente lo hemos interpretado y que tiene parte de razón, decimos que la misión es algo que le «pertenece» a la Iglesia, y por tanto es la misma Iglesia la que regula como se realiza. Esta visión ha marcado los últimos siglos de la vida misionera de la Iglesia, y aun cuando ha traído muchos beneficios, también tiene sus problemas, entre ellos el más importante es que la Iglesia se ha puesto en el centro y no la misión. Así se ha llegado a una Iglesia autoreferencial, como ha señalado el Papa Francisco en diversas ocasiones.
Si afirmamos que es la misión la que tiene una Iglesia, que es el modo nuevo de comprender la relación Iglesia y misión, estamos señalando que la Iglesia no es nunca el centro de la vida misionera. No realizamos acciones misioneras para que la Iglesia crezca en número y sea más visible. Decir que la misión es la que tiene una Iglesia, nos llama a ser una comunidad que está al servicio de la Misión de Dios, que es dar vida al mundo. Es el modelo de Iglesia servidora que se ha impulsado en las últimas décadas, pero que cuesta mucho hacer realidad todavía. Esto también ayuda a comprender, además, que no somos los únicos que estamos al servicio de esa misión: sirven a esa misión los cristianos de otras Iglesias e incluso sin tener mayor conciencia al respecto, sirven a esa misión, los creyentes de otras religiones y las personas de buena voluntad. ¿Cuántas veces nos encontramos con personas que buscan hacer el bien por los demás, sin que vivan la fe cristiana? Podemos decir que también ellos están sirviendo, aun sin saberlo, al proyecto que Dios tiene para toda la humanidad.
Para la pastoral misionera de nuestras comunidades, comprender la misión desde esta perspectiva nos ayuda a cultivar la humildad, pues no nos debemos preocupar para que nuestra parroquia, comunidad o diócesis sea más grande, importante, y reconocida, sino más bien que estén al servicio de la voluntad de Dios. Muchas veces la tentación de poder y de querer figurar que nos afecta a todos, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, es precisamente porque nos olvidamos de que como cristianos estamos llamados a ser simplemente servidores de la Misión y no sus dueños. Pbro. Ronald Flores. Redentorista