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En la tradición del Pueblo de Israel el rey Salomón ocupa el puesto del Sabio, de aquel que ha recibido de parte del Señor aquella sabiduría que permite transitar y avanzar por los caminos de la vida. 

La sabiduría (Hokma) que quiere recibir Salomón como don de Dios, no es un saber inmóvil, monolítico y eterno, como la Sophía que buscaban los filósofos griegos, al contrario, es flexible, práctica y dinámica, sirve aquí y ahora, para discernir en la encrucijada, el camino correcto, para gobernar y servir con prudencia, para poder hacer camino y encaminar a otros; en suma, no sirve solamente para saber, sirve para vivir. 

La sabiduría que busca Salomón, y que, con abierta sencillez se la pide al Señor, nace a partir de la escucha de la voz de los sujetos: del primero, el propio Señor, y de aquellos con los que estamos llamados a caminar juntos, a empatizar con sus anhelos y con sus angustias: Salomón expresará su anhelo de esta capacidad de discernimiento empático en la fórmula que emplea en su oración: Corazón Oyente. Intuye Salomón, -a pesar de su corta edad- que este es el modo de establecer una relación fecunda tanto con Dios, como con su pueblo.

Mientras estuvo dispuesto a alzar el oído para escuchar y discernir, Salomón fue el rey que su pueblo necesitaba, pero, también nos cuenta su historia, hubo un tiempo en que dejó de escuchar, en ese momento “Su corazón dejó de pertenecer íntegramente al Señor, su Dios” (1Re 11,4) y se extravió por los senderos de las idolatrías.

En la Iglesia, comunidad de peregrinos, siempre en salida, no solo en misión, sino también en búsqueda y seguimiento del Señor que sale a nuestro encuentro, estamos también persuadidos de que, solo pidiendo con insistencia, ese corazón oyente, como lo hizo Salomón, y disponiéndonos a discernir los ecos de los pasos del Señor, para seguirlo decididamente, podemos avanzar en este itinerario de Escucha Sinodal, que discurre por sendas diversas pero convergentes: 

En Linares nos aprontamos para vivir el Sínodo diocesano, ese momento de encuentro de revisión de nuestra hoja de ruta, de pausa para encontrarnos, reconocernos y celebrar que el Señor no abandona su andar en medio de esta porción del pueblo de Dios que peregrina al sur del Maule; Asamblea Sinodal que ni siquiera la Pandemia pudo detener; aunque no pudimos encontrarnos presencial mente en el 2020 y el aforo fue limitado en el 2021, la marcha no se detuvo, y volvemos a reunirnos para alzar juntos el oído atento al Espíritu Santo que nos sigue animando, conduciendo e interpelando, recorriendo campos y ciudades, desde la cordillera al mar, impulsando la vida de nuestros decanatos.

Pero no hacemos esta ruta solos, la Iglesia chilena también celebra un hito en su peregrinar, en este mismo mes nos encaminaremos hacia Santiago, allí el Señor nos convoca: representantes de las 27 Diócesis de Chile celebraremos juntos la Tercera Asamblea Eclesial Nacional, un kairós, momento de Dios, en un proceso que se inició en el 2007, que ha recorrido el arduo trayecto de la crisis eclesial del 2018, de la crisis social del 2019 y de la pandemia, y en el que la Iglesia no ha dejado de discernir qué nos está diciendo el Espíritu Santo en la historia de nuestras comunidades. 

Este andar nuestro se inscribe también en el de la Iglesia latinoamericana, que en el 2021 convocó al continente entero bajo el amparo de la Virgen de Guadalupe en México, y en el Sínodo de los Obispos en Roma del 2023, en el que el tema será precisamente el Camino Sinodal. 

Todas estas rutas se entrelazan, porque son sendas de un mismo caminar: el andar exodal de la Iglesia, una y diversa, que escucha a su Señor, que “En muchas ocasiones y de múltiples modos” sale a nuestro encuentro y quiere entrar en diálogo con nosotros, para invitarnos y conducirnos a la vida “en abundancia”.

Queremos transitar este mes de octubre, mes de encuentros sinodales: haciendo nuestra la oración del joven Salomón, pidiendo ese corazón oyente, que nos permita adentrarnos cada vez más en el proceso de discernimiento a través del cual llevamos transitando desde hace algunos años, para encontrar la senda que nos conduzca a ser esa Iglesia más sinodal, profética y esperanzadora, que nuestro tiempo precisa, que nos permita también aportar, desde nuestro discernimiento creyente, a los procesos de transfomación, que nuestra sociedad está experimentando; que nos haga lúcidos y valientes para descubrir lo que el Espíritu Santo nos está diciendo en los signos de los tiempos, en la voz de tantos que perseveran en su fe y dan testimonio, a pesar de las heridas, de los abusos, de los solemnes silencios, que muchas veces encontraron cuando buscaban acogida y respuestas.

Danos, Señor, un corazón oyente, para llegar a ser discípulos en salida, esos testigos creíbles de la alegría deTu Evangelio que  nuestro mundo necesita, para escuchar tu voz con tal claridad y con tanta obediencia, que podamos decir juntos, y con plena convicción creyente, en nuestro Sínodo Diocesano, lo que los Apóstoles de la primera comunidad pudieron declarar con parresía al término de esa primera asamblea de la Iglesia reunida en Jerusalén: “Al Espíritu Santo y a nosotros nos ha parecido bien…” (Hch 15, 28). 

+ Pbro. Raúl Marco Antonio Moris.

Equipo de Formación Permanente

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