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Queridos hermanos:

El Señor ha querido que este Mes de María sea muy diferente a todos los anteriores que hayamos conocido. 

Después de tantos meses de cuidados y encierros, de temores y sufrimientos, podremos reencontrarnos con gran alegría delante del altar de María para celebrar su Mes bendito.  

Llevaremos a su presencia tantas intenciones y también nuestros dolores, especialmente el de la partida por la pandemia de un ser querido, que a lo mejor no pudimos despedir como siempre lo soñamos, juntos, con una hermosa liturgia, y luego en el campo santo en compañía de la familia y amigos. 

También llevaremos nuestra acción de gracias por que el Señor nos ha permitido no enfermarnos o salir adelante después del contagio. Recordemos que ya son medio millón de chilenos y chilenas los que han superado la infección y junto a ellos damos gracias al Dios de la Vida. 

Por cierto, oraremos por Chile, para que sigamos caminando por sendas de dialogo, de encuentro, de intercambio de ideas y proyectos que buscan el bien común, dejando de lado la violencia ciega que solo entorpece la construcción de acuerdos y perjudica siempre a muchos inocentes, que nada tienen que ver con las causas de estos problemas. 

 

El altar de María, un lugar de encuentro 

Así entonces, como preparación a la fiesta de la Inmaculada, nos reuniremos estos días de gozo y esperanza en el altar familiar, en las capillas, en los lugares de trabajo, y ahora a través de internet. 

Junto a la primavera que nos regala las flores y el renacer de la vida, los hijos de la Iglesia nos congregamos en torno a María para reconocernos como hermanos y orar juntos.  Ella nos reúne junto a Jesús, su Hijo, y nos ayuda a construir comunidad, familia, Iglesia. 

El papa Francisco ha marcado muy fuertemente esta categoría teológica: la Iglesia como lugar de encuentro con Jesús, entre nosotros y con nosotros mismos. 

Durante el Mes de María, ella nos une, nos convoca, nos acoge. Es la tarea más hermosa de la Madre. Ella nos regala a Jesús quien es el que derriba los muros de las enemistades entre los hombres (San Pablo).

Cuanta falta nos hace mirarnos a los ojos como hermanos, para superar las heridas y desencuentros, para comprender que somos responsables unos de otros, que nadie se salva solo como lo dice el refrán del Papa para superar la pandemia.

 

El altar de María como lugar de súplicas 

Acudimos a María porque en ella vemos la Madre que Jesús nos dejó. 

En la cruz, Jesús hace su último gesto de amor redentor antes de morir. Dar al discípulo amado (y en él a nosotros) a su propia madre. Dice San Juan: “He ahí a tu Madre. Y a María le dice: he ahí a tu hijo. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”. 

Así, en el momento cumbre de la vida del Señor, Él nos regala a María como madre. Ella es la Mujer que lo dio a luz en Belén, que junto a José lo cuidó en el exilio de Egipto, que lo crio en Nazaret, que intercedió por el primer milagro en las Bodas de Caná y así adelantó su Hora, que en las largas horas de la Misión lo acompañó siempre, para finalmente estar al pie de la Cruz hasta su muerte redentora.

Así como engendró a Jesús y lo cuidó y acompañó, también por la petición de su Hijo en la Cruz, nos acompaña y nos cuida como sus propios hijos. 

En la buenas y en las malas, la madre protege, cuida acompaña a su hijo. En los momentos de aflicción, de dolor, de angustias, de desesperación, cuando todo parece perdido, ahí está la madre. Y esto lo hemos experimentado tantas veces con María la Madre de Jesús y nuestra madre. Ella no nos olvida jamás y siempre tiene la puerta de su corazón abierta para recibirnos. 

Por eso, por ser Madre, escucha nuestras plegarias y ve nuestras necesidades. Así como en la Bodas de Caná le dice a su Hijo: “Mira no tienen vino”.

 

El altar de María, lugar de aprendizaje

Finalmente, María nos anima a ser mejores, a imitarla a Ella que es humilde, a Ella que se hace la servidora de Dios y de todos nosotros, ayudándonos a salir de nosotros mismos, nos ayuda a cultivar un corazón puro, sin dobleces, a tener una mirada de fe sobre la vida, a obedecer y confiar en los planes de Dios. 

En torno a María aprendemos a ser hijos de Dios, hermanos en Cristo y templos del Espíritu Santo. María vivió estas dimensiones de un modo perfecto ya que es Inmaculada, es decir, creatura toda santa, toda disponibilidad a la gracia divina. Ella es modelo de la humildad que es tan grata al Señor Nuestro Dios. Ella es la humilde esclava del Señor. 

En texto adjunto se encuentra una hermosa oración de Santa Faustina sobre la humildad de María. 

Les invito a participar con renovada alegría de este Mes, para que, encontrándonos con Jesús y entre nosotros, seamos mejores cristianos y constructores de un Chile nuevo.

Les bendice con cariño, 

+Tomislav Koljatic M. 

 

Oración

Oh humildad, flor de gran belleza,

– veo cuan pocas almas te poseen – 

¿es porque eres tan bella y al mismo tiempo tan difícil de alcanzar? 

Oh sí, lo uno y lo otro. 

El mismo Dios tiene predilección por ella. 

Sobre el alma llena de humildad se entreabren las compuertas del cielo 

y sobre ella se derrama un océano de gracias. 

Oh, qué bella es el alma humilde; 

de su corazón, como si fuera un incensario, 

sube un perfume extremadamente agradable y, 

a través de las nubes, llega hasta el mismo Dios 

y llena de gozo su santísimo corazón. 

Dios no niega nada a esta alma; 

un alma así es todopoderosa, influye en el porvenir del mundo entero. 

Dios, a una tal alma, la levanta hasta su trono. 

Cuanto más se humilla, más Dios se inclina hacia ella, 

la sigue con sus gracias y con su poder la acompaña en todo momento. 

Esta alma está profundamente unida a Dios.

Oh humildad, implántate profundamente en todo mi ser.

Oh Virgen purísima y también la más humilde, 

ayúdame a obtener una profunda humildad. 

Ahora comprendo porque hay tan pocos santos, 

es porque hay pocas almas profunda y verdaderamente humildes.

Santa Faustina

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