La Confiada Espera del Pequeño Rebaño

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Dgo.11 de agosto; XIX del T. durante el año

Jesús dijo a sus discípulos: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.
Estén preparados, ceñidas las vestiduras y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así! Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.
Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿Esta parábola la dices para nosotros o para todos?” El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquél a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si este servidor piensa: «Mi señor tardará en llegar», y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.
El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más”. (Lc 12, 32-48)

Para tener en cuenta…

Para intentar entender los diversos alcances que posee este pasaje del Evangelio según san Lucas es necesario hacer dos momentos en el ejercicio de la lectura; el primero es situar el contexto vital en el que Lucas recuerda y re-crea las palabras de Jesús, el segundo es distinguir las secciones más pequeñas en las que se puede dividir el texto para poder así saber a quiénes alcanza y cuál es la buena notica de Jesús que finalmente nos quiere transmitir el Evangelista.

El primer ejercicio parte por recordar que el Evangelio de Lucas viene a alentar e iluminar la vida de una comunidad cristiana que florece al finalizar la década del 70 y vive también las vicisitudes de la década del 80; una comunidad en la que, sin duda, se están ya perfilando -tímidamente aún- las diversas funciones de los miembros -la jerarquía de la Iglesia al interior de las comunidades está entrando en el período de organización y consolidación- se están definiendo las responsabilidades en relación con la misión dejada por Jesús en manos de los Apóstoles. Por otro lado, el tiempo está pasando y la esperanza de la venida inminente, definitiva y en gloria del Resucitado para cerrar la historia y establecer el Reino en plenitud, -que parece haber sido el aliciente del caminar de la Iglesia en las primeras décadas- se hace cada vez más ardua: los vientos de la persecusión se han abatido ya en ráfagas certeras, el clima de exaltación y entusiasmo, que había acompañado al primer momento de la expansión misionera, está cesando en algunas comunidades impacientes en la espera, y comienza a ser amenazado por la desolación, que se cierne por sobre aquellas, que están sufriendo los mismos vicios que suelen minar las relaciones al interior de cualquier agrupación: los abusos de poder, la desidia de aquellos, de los que más empeño se espera, la exclusión, la ambición por ocupar puestos, como si detentar los diversos ministerios fuera una cuestión de honor y no un buscar ponerse al servicio que concibió Jesús para trabajar para que su palabra diera frutos duraderos y abundantes; la tibieza adormilada, que aparece como relevo -y remedo- del ardor inicial, cuando la comunidad comienza a envejecer en la espera y en la repetición de las mismas palabras, los mismos gestos, los mismos ritos.

Por eso, no es sólo la espera, la vigilia atenta, lo que exigen las parábolas presentes en el texto, sino una espera tensa y activa: ceñidas la vestiduras y las lámparas encendidas; preparados para salir al encuentro del que llega, aunque su arribo sea extemporáneo, dispuestos para ponerse en el camino, armados para resistir los embates, como el luchador, que en posición defensiva, se apreta el cinturón para que el enemigo en la contienda no termine dejándole desnudo y maltrecho, por descuidar sus frágiles recursos; con las lámparas encendidas para escrutar en la noche de la fe las señales que anticipan la llegada del que tarda, con las lámparas encendidas para no dejarse confundir ni acorralar por las sombras.

No sólo vigilia, sino un adiestramiento en las opciones del Reino, que pasa por el discernimiento de qué es aquello que ocupa el corazón; vuelve Lucas en este pasaje al tema del sentido que debe ocupar los pensamientos y el corazón del discípulo de Cristo: el tesoro que hay que atesorar, y que implica considerar los bienes en su justa medida como medios puestos al servicio de la solidaridad en la comunidad, para convertirlos también en anuncio eficaz del Reino que está presente en las palabras del discípulo y del apóstol.

Es precisamente esta exigencia de adiestramiento en las prácticas que anuncian el Reino, haciéndolo presente ya en el tiempo de la espera, lo que determina las diversas secciones que componen el texto; la primera que se refiere a la entera comunidad de creyentes y la segunda -hábilmente introducida por la pregunta de Pedro- que se orienta a la peculiar responsabilidad que les compete a aquellos que en la comunidad han de asumir las tareas de la conducción: los pastores puestos para el cuidado del pequeño rebaño del Señor.

Si la llamada a estar preparados es universal, y hay una tarea propia ineludible para todo aquel que ha escuchado la palabra del Señor: tarea que implica vivir conforme a esa palabra y convertirse en propagador creíble de la misma: verdadero discípulo, que atrae a otros al seguimiento del Señor con el testimonio cotidiano que ofrecen sus acciones, cuán mayor será la tarea de aquellos, cuyo oficio consiste en cuidar la comunidad, hacerla avanzar segura en medio de las incertidumbres de la jornada, darle su ración de esperanza, de consuelo en el momento oportuno, corregirla con misericordia, prontitud y eficacia.

Cuánto mayor será su pecado si el encargo de estar al frente de una comunidad, de sus destinos, de sus conciencias, se convierte para aquellos en ocasión de abuso, de depredación del rebaño encomendado, de extravío o de escándalo para el rebaño que comparte la misma llamada a la vida plena que ha hecho ponerse en marcha al pastor.

Lucas está escribiendo su Evangelio cuando las diversas situaciones de crisis arrecian sobre la naciente Iglesia, cuando la prolongada vigilia comenzaba a aplastar los ánimos, cuando en el ambiente convulso, la tentación de eludir las propias tareas, de buscar fáciles atajos, de bajar los brazos en la derrota, o peor, la de abusar del poder, en medio del temor de los miembros más débiles, empezaba a ensombrecer los corazones de los creyentes; por eso es que, por sobre todas las recomendaciones, las que también podrían aparecer sombrías, se yerge la luz de la la promesa y la invitación llena de ternura que encabeza este pasaje: No temas, pequeño rebaño; no temas, porque el Reino es el proyecto que nace del amor del Padre, porque el Reino es la manifestación más concreta de ese amor, que Él ha puesto en tus manos, sin desprenderlo de las suyas, porque no habrá crisis que desbarate ese proyecto, aunque el pequeño rebaño muchas veces se sienta sobrepasado y derrotado por la historia, aunque el pequeño rebaño se sienta tentado muchas veces a olvidar su nombre y su vocación inicial, abrazando la lógica y los vicios de los poderosos; porque el pequeño rebaño llena el corazón del Padre, y Él es el primero en velar para que no se extravíe en la ruta.

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