Esfuércense…

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Dgo. 25 de agosto; XXI del T. durante el año

Jesús iba enseñando por las ciudades y los pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén. Una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” Él respondió: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, los de afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”. Y Él les responderá: “No sé de dónde son ustedes”. Entonces, comenzarán a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas”. Pero Él les dirá: “No sé de dónde son ustedes, ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!” Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob, y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos.
(Lc 13, 22-30)


Para tener en cuenta…

Traten de entrar por la puerta estrecha… las palabras de Jesús que nos transmite este pasaje del Evangelio, sin lugar a dudas no fueron escuchadas ni leídas en primera instancia como novedad en medio del ambiente para el cual escribe el evangelista; no son novedad porque pertenecen a una larga tradición que no solo está presente en el pueblo de Israel, sino también en otros pueblos del mundo antiguo por toda la cuenca del Mediterráneo, a tal punto de pertenecer irrevocablemente al innegable acervo que nos constituye y reconocemos como cultura occidental: la tradición de los dos caminos, o las dos puertas, o la de la elección en la encrucijada: de modo sucinto esta tradición puede ser expresada así: dos son los caminos (o puertas) que se abren ante aquel que emprende la marcha: uno arduo, empinado, tortuoso, árido; el otro, espacioso, ameno, llano, florido; una puerta estrecha que intimida a quien ose franquearla; otra ancha, que invita y seduce a los que se acercan; la paradoja de la historia, es que el camino que lleva de verdad a la vida (a la gloria o a la fama, según las variaciones del mito) es el primero; son sólo pocos los que lo elijan, menos aún los que resistan las pruebas de la marcha, muchos en cambio se dejarán tentar por la facilidad y la inmediatez de recompensas del segundo, tomando conciencia cuando ya es demasiado tarde de que se han perdido entre las sinuosas trampas de la ilusión.

En los diversos relatos que nos transmiten esta imagen, siempre es el héroe –o el iniciado, si es que el mito se sitúa en el marco de una religión de salvación, como las que proliferaban en el siglo I- quien recibe la invitación, la revelación o la enigmática advertencia; la novedad en este Evangelio radica entonces en que ya no se trata de una enseñanza esotérica, destinada sólo a algunos pocos, sino que es una llamada a cada uno de los cuales quiera abrazar el seguimiento de Jesucristo; radica en expresar la profunda confianza y convicción del Señor de que es la humanidad entera –y no sólo unos cuantos- la que puede llegar a ser discípula; que la capacidad de lucha para alcanzar el Reino, la ha entregado Dios a cada uno para que –en su libertad- pueda reconocer, discernir, decidirse y perseverar en la llamada a la vida verdadera.

La invitación de Jesús es para todos, su origen es la gracia, nada hemos hecho ni podremos hacer para ameritar ser llamados por Cristo a ser discípulos suyos; pero el que haya recibido esta invitación y se disponga a acogerla en su corazón tendrá que saber oportunamente que gratis no significa barato; que todo don del Señor trae consigo no poca tarea, que hay que ejercitarse en vivir de acuerdo a las opciones del Hijo, para entrar plenamente en su gozo.

Es por esto que Lucas en el versículo en el que comienza la respuesta de Jesús, usa explícitamente dos verbos que remiten de modo directo al adiestramiento del atleta o del luchador, y a la fortaleza que se adquiere después de un duro entrenamiento: los verbos griegos agonízomai e iskhüo; el primero significa “luchar” en el sentido de “competir”, como en los combates deportivos, o incluso “combatir” en una más dura connotación bélica, el segundo significa “ser capaz”, en el sentido de haber adquirido las competencias y las destrezas que se alcanzan mediante el ejercicio duro y perseverante. El versículo 24, si lo traducimos de un modo más literal que como nos lo presenta la traducción litúrgica quedaría entonces así: “Luchen con esfuerzo por entrar a través de la puerta estrecha, porque muchos –les digo- buscarán entrar, pero no tendrán la fuerza para ser capaces de hacerlo”.

Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No hay subterfugios ni atajos en el camino del cristiano; ésos que buscarán entrar apelando a la familiaridad, son precisamente los que habiendo escuchado la llamada apremiante de Jesús, habiendo tenido la oportunidad, que da el comer y beber juntos, de aprender con Él y de aprender de Él, despilfarraron el tiempo del aprendizaje, malentendiendo la misericordia, confundiéndola con blandura.

Dios nos ama apasionadamente, tanto como para entregar a su Hijo por nuestra salvación, pero su amor y su misericordia no son una mirada de lástima, que nos considera incapaces y no nos toma en serio, que considere nuestra libertad para acoger con valentía el desafío de seguirlo, o –por el contrario- de rechazar y desechar de nuestros planes el suyo, como cosa de niños; el Señor se ha tomado tan en serio nuestra salvación, que también nos toma muy en serio cuando cerramos nuestros oídos a su voz, cuando no hemos mostrado el mínimo interés por esforzarnos en alcanzarlo.

Hemos comido y bebido contigo…, sí, pero eso no asegura el habernos empapado del modo de hacer las cosas que es propio de Jesús, de haber aprendido a mirar el mundo y a mirarnos como nos mira Jesús… Tú enseñaste en nuestras plazas… pero eso no garantiza el haberte escuchado, el haber acogido tu enseñanza…

Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios… Una buena noticia para cerrar este pasaje: El regalo de la salvación no es una graciosa concesión para unos pocos, una elite espiritual, unos cuantos iniciados y predestinados, no, el regalo se ofrece de forma universal, para todo el que quiera acogerlo, y vivir en consecuencia con el don recibido. No existen fronteras que delimiten o pongan obstáculos al ímpetu salvador del Señor, desde el pueblo de Israel la invitación se extiende hacia todas las naciones, con la certeza de que encontrará allí oídos que escuchen y se hagan discípulos, voces dispuestos a hablar en nombre del Señor en todas las lenguas de la tierra y pies dispuestos a gastarse en todos sus caminos con tal de llevar esta noticia a todos los rincones, discípulos esforzados dispuestos a llegar a ser apóstoles incansables para que la mesa del Señor se llene de comensales, pero para éstos, y para quienes ahora se atrevan a tomar los puestos del relevo, la misma advertencia del amor que nos quiere hacer crecer, que quiere que lleguemos a la madurez de los hijos queridos de Dios, y que para que crezcamos estará dispuesto a exigirnos, a apremiarnos: ¡No escatimen los esfuerzos!

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