El Honor de los Pobres…

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Dgo. 01 de septiembre; XXII del T. durante el año

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado”. Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”. (Lc 14, 1. 7-14)


Para tener en cuenta…

El honor, y su contrario, la vergüenza, determinan la pauta de los comportamientos sociales en la cultura del Mediterráneo en la época de Jesús. Defender el honor que se poseía o se había adquirido con esfuerzo, era una tarea cotidiana, la alerta encendida para prevenir los agravios al propio honor debía de ser constante porque el honor es un bien frágil y codiciado, que puede perderse o ser arrebatado con facilidad.

En la carrera social del hombre del siglo I, nada hay más importante por lo que competir que por ese honor esquivo y veleidoso, del que pueden gozar sólo unos pocos: los que lo pueden conquistar, los que lo saben sostener, los que son capaces de defenderlo.

Éste es el marco de la escena sugerida en el Evangelio: la disputa por los primeros puestos en el banquete de la casa del fariseo, observada por Jesús (del que podemos suponer, se ha situado desde la perspectiva del último puesto, el que nadie aspira a arrebatar).

En la base de la pirámide social conformada por los diferentes grados de honor, que constituye el horizonte cultural de este Evangelio, se encontraban aquellos que, carentes del mismo, no tenían siquiera cómo poder aspirar a él: los pobres; conformados no sólo por quienes no poseían los recursos económicos, sino por todos los que no podían ganarse un sitio en esta carrera de puestos: los excluidos: campesinos sin tierra, lisiados, enfermos, mujeres solas, viudas y huérfanos.

En la tradición del pueblo de Israel, no obstante, se había venido gestando una cierta mirada favorable frente a los pobres, una cierta idealización, sobre todo en los profetas de las postrimerías y del regreso del exilio, especialmente al encontrarse de vuelta con aquellos que, por la posibilidad de convertirse en una carga para el imperio opresor, no habían sido expatriados, sino dejados en su miseria ocupando la periferia de una Jerusalén en ruinas; éstos, que conservaron las tradiciones patriarcales, que se habían resentido en el exilio por el encuentro con la cultura extranjera, fueron señalados como modelos de fidelidad y de confianza en el Señor; los Pobres del Señor, los Anawin YHWH, gozaron desde ese momento de una cierta consideración y de un cierto piadoso respeto, en el cambio de actitud religiosa que se fue operando en el judaísmo hasta los tiempos de Jesús.

Por su parte el Evangelio de Lucas va a marcar una clara predilección por el tema de los pobres, tanto en lo que dice relación con su actitud religiosa, como especialmente por su papel de primeros destinatarios de la buena noticia de Jesucristo; son varias las oportunidades en donde se menciona como dato y signo mesiánico el anuncio a los pobres de la buena noticia del amor liberador del Señor, y la sanación de los enfermos: cojos, ciegos, lisiados, como el gesto con que Dios viene a restituir la dignidad de creatura –o mejor a inaugurar una dignidad aún mayor, la de hijos de elección- para culminar el plan de salvación trazado desde toda su eternidad: el Reino.

El tema de la pobreza, sin embargo, reviste una complejidad mayor en nuestro modo de tratar de vivir según las palabras de Jesús, luego que el Evangelio pone a los pobres y a su actitud como modelo.

En primer lugar porque puede ocurrir -ocurre de hecho- que idealizando a los pobres en el sentido material, extendamos un velo piadoso por sus verdaderas necesidades, y así nos excusemos de darnos cuenta de ellas y de la responsabilidad que nos cabe en esta situación; como asimismo de la verdadera humanidad de los pobres, con sus aspectos luminosos pero también con sus aspectos sombríos, superponiendo la etiqueta ideal del “buen pobre” de modo de evitar ver que la pobreza extrema lleva también al hombre a sacar a la superficie todo aquello que en nosotros hay de predador para sobrevivir.

En segundo lugar, porque podemos caer en la trampa de autoproclamarnos humildes y pobres (que son los queridos del Señor), humillándonos (entendiendo por esto, el buscar conciente –y algunas veces obsesivamente- el tener menos de lo que estamos totalmente convencidos de que debemos merecer: honor, bienes, reconocimiento) de modo de evidenciar de tal manera nuestra adhesión al “Evangelio”, que terminamos erigiéndonos como insufribles modelos de virtud, intolerantes e intolerables árbitros del resto, que justamente están mus lejos de la verdadera pobreza evangélica, puesto que de las “miserias” que nos hemos autoapropiado terminamos haciendo el pedestal y el altar de nuestra propia autocelebrada “santidad”, cayendo así en uno de los peores pecados que el mismo evangelio denuncia: el de la falsa modestia y el del orgullo: (en griego el pecado de Hüperphanía, es decir de considerarse y erigirse a sí mismo como luz para los entenebrecidos pasos del resto).

La pobreza como actitud que propone Jesús en este Evangelio tiene otras notas bien distintas: es primero, saber mirar y mirarse desde fuera de nosotros mismos, para aprender a vernos junto con los demás, comprendiendo así que son muchos los que conmigo están construyendo ese “nosotros” que quiere el Señor cuando nos llama a formar comunidad, y que en ese “nosotros” las necesidades de reconocimiento son compartidas desde nuestra propia indigencia psicológica, afectiva, espiritual, y que por tanto yo no soy necesariamente el centro de ese lugar en donde los demás son sólo parte de mi propio paisaje vital en el que he sido puesto para satisfacer mis propias carencias, que por tanto el centro es fluctuante, y de hecho puede estar, debe estar, fuera de mí.

Lo segundo, la pobreza como actitud, es saber ubicarse, con los pies bien puestos en la tierra recordar algo que las lenguas antiguas y los antiguos mitos ayudaban a recordar: que humanidad y humildad son palabras emparentadas y se desprenden de la palabra latina humus, tierra; o si entramos por la vía del mito de la creación, que Adán recibe ese nombre porque ha sido creado a partir del adamah, del inconsistente polvo de la estepa, que no resiste el más mínimo soplo del viento, que lo eleva, lo arrastra, lo desbarata, y sabiendo esto reconocer que es esa realidad la que ha sido amada por el Señor y de Él recibe toda su consistencia.

Por lo que humildad y pobreza no significan falsa modestia, ni sumisión, ni resignación, sino saber encontrar el lugar que nos corresponde delante de Dios y de los demás hombres y desde allí con valentía anunciar como buena noticia la predilección del Señor por los más pequeños.

Es lo que hace Jesús en este Evangelio, que sabiendo perfectamente que en casa del fariseo está siendo observado malintencionadamente y con suspicacia, que sabiendo perfectamente que a los ojos de los fariseos Él es solo un hijo de carpintero que “se está dando ínfulas de predicador”, desde el último puesto no se queda en silencio, agradecido y gratificado en la ilusión de que está siendo considerado por los importantes, por los que cuentan en su sociedad, sino que desde allí, con sinceridad, con valentía –y por cierto con caridad, que es por cierto el motor de todas las acciones de Jesús- les enrostra su actitud, les incomoda con la verdad que los puede sacar de sus falsas seguridades, de sus adormecidas conciencias, los pone cara a cara con la Verdad que realmente los puede salvar.
Raúl Moris G., Pbro.

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