Discípulos en el amor…Evangelio día Domingo 19 de mayo V de Pascua

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Durante la última Cena, después que Judas salió, Jesús, dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros». (Jn 13, 31-33a. 43-35)

 

Para tener en cuenta…

 

En de nüx, Y era noche… El versículo que antecede a este pasaje en el Evangelio según san Juan, termina en griego con una oración de tres rotundos monosílabos, que suena como una sentencia condenatoria, o como un telón que cae cerrando la función; con la salida de Judas del cenáculo camino del encuentro en donde habrá de pactar la entrega de Jesús, ha comenzado la hora de las tinieblas, de esas mismas tinieblas que, como adelantaba el prólogo del Evangelio en el v 5, no lograron sofocar y vencer a la luz que venía al mundo, de esas mismas tinieblas que ensombrecen el corazón de los miembros del Sanedrín, que condenará a Jesús, las mismas que, desde una comprensión sesgada y desesperada del mesianismo, se imponen en lo profundo del corazón de Judas, y lo seducen con el plan de la traición.

 

Ha caído la oscuridad sobre el camino que ha emprendido Jesús con sus Apóstoles, ya no habrá más días en los que a pleno sol se manifieste el Don de Dios, como ocurre en el encuentro con la Samaritana, ni mañanas claras que lo sorprendan predicando, libre y con autoridad, en los patios del Templo de Jerusalén. El camino de ascenso hacia la Ciudad de David, ha sido en realidad el camino de descenso hacia la exasperación de sus enemigos, hacia el enfrentamiento con los poderes que no le perdonarán el que venga a anunciar sin credenciales reconocidas las buenas noticias de parte de Dios, ni a desenmascarar lo que se oculta bajo los mantos de los doctores, detrás del gesto litúrgicamente perfecto y la mueca piadosa de los sumos sacerdotes; ésta ha sido la ruta que lo conduce a la incomprensión, a la soledad, a la Cruz.

 

Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él… Y no obstante la noche, las palabras de Jesús hablan de la Gloria, del Kabôd, de ese resplandor indescriptible, atributo del Dios del Antiguo Testamento, que apenas se deja alcanzar mediante alusiones, mediante metáforas, como la de una luz tan clara que en su diáfano esplendor enceguece, presencia esplendente, que por la superabundante plenitud de su visibilidad entenebrece toda otra presencia; fulgente manifestación de la divinidad.

 

Y lo que precisamente el Evangelio de Juan quiere que comprendamos es que, precisamente ahora, en medio del aparente triunfo de las tinieblas, es cuando el rostro del Señor va a manifestarse de manera absoluta: que aquella realidad que la palabra Gloria convocaba, aquello que constituye la más íntima identidad de Dios, su más profunda entraña, no es otra cosa sino el Amor entregado hasta el extremo; la cima de la Revelación acontecerá aquí, cuando la Encarnación llegue a su más honda sima, cuando la Palabra hecha carne, se abandone a la muerte por amor: la Gloria del Señor, del Padre y del Hijo, su más honda verdad, se revelará clavada en la Cruz.

 

Aquí es donde cobrará su sentido más profundo, lo que el mismo Evangelio había anunciado en 3, 16: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que el que crea en él no muera sino tenga vida eterna; noticia dada también de noche, en la noche de la conversación con Nicodemo; como asimismo lo relatado en 13, 1 acerca de la índole del amor de Jesús: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Agape

Es nuevamente el Agape, el amor, lo que Jesús nos viene a revelar de una vez y para siempre abrazando con decisión la aspereza de la Cruz; el amor, entregado sin medida, sin límite ni reserva, sin temor del dolor, que ineludible -si se ama de verdad y no solo en teoría- lo acompaña y lo corona; ésta es la máxima revelación que Dios nos tenía reservada desde la creación: el agape, que se difunde incontenible, al punto de ser el principio de la creación y el motor de la redención.

 

El Amor del Padre que no se reserva para sí, en inaccesible intimidad, a su Hijo; el amor del Hijo que está dispuesto a derramar su sangre, con tal que lo más precioso de la creación a los ojos de Dios: el hombre, pueda volver su rostro hacia Él y descubrir de nuevo a quien lo amó desde el principio y que desde el principio ha querido compartirle su vida por entero.

Les doy un mandamiento nuevo

Les doy un mandamiento nuevo… El agape, el amor que Jesús vino a poner al alcance de la experiencia humana con su vida, con su muerte y su resurrección, es difusivo y fecundo, por eso no puede quedarse como mero anuncio, por eso es que Jesús lo entrega solemnemente desde el anuncio de su Gloria a su comunidad como mandamiento, como misión, misión que, por cierto, el Señor sabe que los discípulos no pueden emprender solos; el agape no nos es connatural, no nos nace de manera espontánea, solo será capaz de vivir en el agape y transmitirlo, quien lo haya experimentado de parte de Dios, solo podrá acoger el agape y hacerlo carne, el que haya sido traspasado todo entero, con exultante y doloroso gozo, por la persona de Jesús.

 

Pero, en el libro del Deuteronomio (Dt 6, 5) y en el Levítico (Lv 19, 18) ya había sido decretada la ley del agape como la ley que resumía en sí toda la ley; ¿En dónde está la novedad de este mandamiento “nuevo” entregado por el Señor en la hora suprema? La novedad, la radical novedad de este mandamiento es que la medida de este amor no es sino la extrema: la medida de Jesús.

 

Una vez más en Juan aparece el adverbio kathôs; no se trata de amarse unos a otros en la medida de nuestras fuerzas, no se trata de amarse unos a otros en la medida de lo posible; el mandamiento de Jesús para sus discípulos es que lleguen a amarse unos a otros del mismo modo, en la misma medida en que ama Jesús; es decir sin límite ni medida; se trata de que el Discípulo aprenda de una vez y para siempre qué significa no solo hablar de amor, sino amar, empeñando la vida, hasta el extremo.

 

Solo así será reconocible el verdadero discípulo, solo así el verdadero discípulo podrá seguir difundiendo el agape y haciendo nuevos discípulos, solo así, acogiendo con libertad y valentía  esta gracia que brota del fondo de la vida de la Trinidad, y haciéndola vida en sus palabras y gestos, el Evangelio que hemos recibido será creíble; solo así podremos ser validados como profetas para que nuestra cultura se estremezca de verdad con las palabras de Jesús y se convierta; y estas palabras dichas y escritas con amor – en y desde el agape– no sean sólo bella literatura antigua que simplemente  nos conmueva con la nostalgia de las cosas que no han tenido lugar.

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