Los Ojos y la Voz de la Misericordia…

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Domingo 14 de abril, domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 

En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo. El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Éste recordó las palabras que el Señor le había dicho: “Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Y saliendo afuera, lloró amargamente.

(Lc, 22, 60b-62)

 

 


Para tener en cuenta…

¿Qué hay en esa mirada que Jesús arrestado dedica a Pedro?

¿Qué hay en esa mirada que Jesús arrestado dedica a Pedro, desde la soledad del proceso de su condena? ¿Será acaso una mirada cargada de reproche ante la tan prematura deserción del discípulo, llamado a hacer de cabeza de la comunidad, que Jesús ha querido constituir y enviarla a prolongar su misión de anunciar e inaugurar el Reino?

¿Será, quizá, una mirada de profunda desilusión, ante la inconsistencia de la fe del que ha sido testigo no sólo de los momentos públicos de este recorrido de tres años, por los que se ha extendido el ministerio del Señor, sino también ha participado en los momentos familiares, en los ratos en que, a solas con el Maestro, en la intimidad del coloquio cercano, ha podido gustar más en profundidad, ha podido conocer de labios del propio Jesús, el misterio del plan salvador de Dios y su propio puesto en este plan?

¿Será una mirada acaso de profunda inteligencia, de conmiserativa complicidad, frente al discípulo, que se ha demorado tan poco en hacer dolorosa y brutal realidad la profecía, proferida por el propio Señor delante de la entusiasta e irreflexiva promesa, gritada en la euforia y el fragor de la última fiesta, celebrada entre amigos, fiesta sobre la cual planea ya la sombra de la traición, los sones lúgubres de la pasión y de la inminencia de la hora de la prueba?

Si el Evangelio según San Lucas es coherente consigo mismo, ninguna otra cosa puede habitar la mirada que Jesús le dirige a Pedro, sino esa entrañable e imbatible misericordia que ha acompañado la aventura, emprendida desde su salida de Galilea a anunciar que las palabras de Isaías, que hablaban del año de gracia del Señor, realmente se han cumplido, como lo proclamó en la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 16ss).

Misericordia

Esa misericordia que se expresa en una sensación corpórea: que le revuelve las propias entrañas cuando lo asalta la brutalidad de la miseria que mina las vidas de los que le salen al paso: la de los enfermos, la de los pobres, la de los excluidos, las de los hombres, presas del pecado; pero también la miseria que ciega complaciente los ojos de los que se creen justos, árbitros de la fe y de las costumbres del pueblo, la miseria moral de los que se ven amenazados, porque ha aparecido entre ellos uno que puede desbaratarles los frágiles andamios del temor y la ignorancia en los que están sostenidos con precariedad sus puestos de honor.

Esa misericordia que se ha erigido en la marca distintiva de sus palabras y acciones, que ha brotado con prodigalidad de sus manos y de sus gestos, que ha salido de sus labios convertida en Buena noticia que anunciar a los pobres, convertida en parábolas que llegan a escandalizar, sorprenden, pero, finalmente, llenan de gozo a los que las escuchan y las alojan como tesoro precioso en sus memorias, al declarar que no es otra, sino agape, -el irreductible y difusivo amor- la primera y última palabra pronunciada por el Padre sobre la humanidad.

Es esta misericordia, capaz de entregarse sin reservas, la que tiñe la mirada de este Jesús, que ha sido detenido después de la vigilia de Getsemaní, en la que ha apurado hasta el fondo la copa de la desolación, mientras sus más cercanos no entienden nada, anonadados, embotados sus sentidos, cerrados los ojos para acurrucarse del horror, del cual ni siquiera quieren escuchar palabra, en la dulce inconsciencia del sueño; la misericordia de este Jesús, que ha gritado su ardiente obediencia a la voluntad del Padre, en medio del frío de esta noche que anticipa la hora de la propia muerte.

Es esta misericordia, la misma que lo ha llevado a celebrar con sus amigos la Pascua, sustituyendo el cordero del rito antiguo, de la antigua alianza, por el pan y el vino de su propio Cuerpo y Sangre, repartidos entre los apóstoles, para que sigan ellos conmemorando hasta el fin de los tiempos la fiesta de la Nueva Alianza, la fiesta de la Presencia perdurable, del Cristo que no abandona a su pueblo, sino que promete acompañarlo hasta que arribe al banquete definitivo del Reino en donde Él mismo nos tendrá la mesa puesta.

Es la misma misericordia que -porque conoce la fragilidad de aquellos que ha querido escoger como amigos- lo lleva a orar por ellos en el momento de la prueba, lo impulsa a advertirles acerca de lo que va a sobrevenir, que no los engaña con arengas incendiarias, ni con palabras de falso consuelo, sino que los prepara para los rigores del camino que les espera a los que perseveren, y, por último, que mantiene firme la confianza que en ellos ha puesto, hasta llegar a decirle a Pedro: yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos.

Es la misma misericordia con la que llega a hablarle a Judas en el acto de la traición, para que alcance a caer en la cuenta del peso simbólico que tiene su acción: no sólo el haber entregado al amigo, sino el haber torpemente pervertido el gesto puro, que sella esa amistad: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”

Es la compasión con la que cura la oreja del sirviente del Sumo Sacerdote, herido en la débil escaramuza de defensa en medio del arresto, curación que se suma a las que en su ministerio público se hacían signo concreto de su misión e identidad, que confirmaba sus palabras acerca de la presencia actual del tiempo de la salvación.

Es la misma profunda conexión con el dolor del otro, con que mirará y contendrá a las mujeres con las que se encuentra camino al Gólgota, y las preparará para el tiempo de indigencia e inestabilidad, que el propio Evangelista y su generación está viviendo, cuando recuerda estas palabras y esta mirada.

Es la misericordia con la que se hace cargo de la ceguera de sus captores y de su multitudinaria cómplice: la muchedumbre, inestable y veleidosa, sorda al razonamiento y a la palabra que pide ser madurada en el corazón, muchedumbre que vocifera en las calles, ensordecida por su propio griterío y la facilidad emocional de las consignas y del slogan irreflexivo; para ella, ni un reproche, sólo la misericordia que se hace plegaria: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Es la misericordia que llega a esperar hasta el último momento por la conversión que ha salido a convocar, que no se avergüenza incluso de implorar, que se asoma decidida en las palabras dirigidas al ladrón, que, al borde de la muerte, ha descubierto recién que hay alguien que lo ama y que está muriendo para que él también pueda ver, pueda creer y alcanzar la vida.

La Misericordia, que había sido el cántico que ha entonado la vida entera de Jesús, no puede ser acallada en su Pasión y en su Muerte, son éstos –al contrario- los momentos de sus sones más definitivos, los que están templados por los acordes del dolor, del amor que no teme desgarrarse y desangrarse, con tal de que la única canción imperecedera del amor del Padre, que se llama Creación y Redención, pueda alzar su melodía por sobre el ruido con que el pecado ha taladrado nuestros oídos.

La misericordia es el canto que podrá inundar y desbordar incluso el sordo silencio de la muerte y que abrirá los labios de Cristo para entonar el gran Aleluya en el que toda la creación encontrará su sentido, en la mañana del Primer Día, en que abrirá sus ojos resucitado.

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