Preparen el Camino del Señor

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El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilatos gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo, tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias, tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Éste comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Voz del que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios”.
(Lc 3, 1-6)

Para tener en cuenta…

El grito del Bautista a orillas del Jordán nos advierte que hay tanto aún por hacer, porque enderezar los caminos, emparejar los montes para que por ellos pueda transitar el Señor, es un trabajo todavía pendiente, es un trabajo que nos ha de traer fatiga y no poco dolor: en nuestra historia actual, en nuestras relaciones, en el modo como construimos la comunidad, en el modo como nos relacionamos con los desafíos de nuestro propio tiempo, en el modo en que con ardor y lucidez nos empeñamos en el arduo oficio del profeta.
Juan el Bautista es una figura clave del tiempo del Adviento. En primer lugar, porque después de siglos de enmudecimiento de los profetas aparece uno al modo de los antiguos, con el mismo ardor, con la misma autoridad, con la misma consecuencia, para despertar al judaísmo que se adormecía en la espera, a la sombra segura y delimitada de la Ley; en segundo lugar, porque sus palabras no sólo van a interpelar al pueblo de Israel del s.I, sino que permanecen todavía hoy interpelando a la Iglesia, a nosotros.
En efecto, el movimiento profético vivo había enmudecido en Israel poco tiempo después de la vuelta del exilio de Babilonia; en los tiempos de la reconstrucción de Israel, en el comienzo del judaísmo como religión; callan las voces de los profetas, desaparecen sus figuras retadoras, provocadoras; comienza el tiempo de la Palabra Escrita; los profetas antiguos serán leídos, interpretados en las sinagogas. El Pueblo de Israel alimentará la esperanza durante este largo compás de espera, durante este tiempo de silencio del cielo, escudriñando en sus páginas, muchas veces oscuras, cargadas de enigmas.
Es durante este mismo tiempo en el que la esperanza mesiánica va a acentuarse, toda vez que la vuelta del destierro no va a significar para Israel el fin de sus tribulaciones ni menos la instauración de la Paz definitiva; el tiempo del judaísmo estará marcado por nuevas invasiones que incidirán profundamente en la vida del pueblo, amenazarán la pureza de la religión, dividirán en facciones distintas y en permanente fricción al mismo pueblo; es el tiempo de la cultura helenística, primero bajo el dominio de los Lághidas, luego bajo los Seléucidas, hasta que finalmente se impondrá sobre Palestina hacia la segunda mitad del s I a C. el Imperio Romano.
Se estiraba la cuerda en el arco de la tensa espera: el Mesías habrá de venir, Dios no puede haberse olvidado definitivamente de su promesa, la lectura atenta de su historia animará al pueblo: el Dios Liberador que lo rescató de Egipto, lo condujo por el desierto, le hizo tomar posesión de la tierra de la promesa; que lo sacó luego de Babilonia, a pesar de la infidelidad reiterada; el Dios siempre y a toda costa fiel, no habrá de retractarse ni menos de olvidarse de su Palabra empeñada; aunque no haya profetas que alcen la voz en nombre del Señor, el Mesías habrá de llegar, y será precedido por el fin de la larga pausa de silencio; es en esta época en donde se forja la creencia de que el Mesías llegará antecedido por un precursor: el nuevo Profeta, el profeta del tiempo definitivo.
Las primeras comunidades cristianas, reconocerán en el Bautista a ese Profeta esperado, el testimonio que nos han dejado es que también Juan se reconoce a sí mismo como aquél; por eso el empeño en los Evangelios en presentar a Juan y Jesús en íntima conexión, en continuidad, señalando cómo los discípulos de Juan son conducidos por éste, al eclipsarse en su ministerio, hacia Jesús; en una época muchas veces convulsionada por las frecuentes explosiones de fervor mesiánico, es de suma importancia, marcar la relación entre Juan y Jesús, de manera que Juan no quedara en la memoria de quienes desde fuera contemplaban los acontecimientos como otro autoproclamado Mesías, acallado oportunamente por el poder imperante, y reemplazado o incluso suplantado por Jesús.
El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio… A Lucas por su parte, le interesa algo más: declarar con precisión historiográfica y cronológica que el adviento del Profeta ha tenido lugar en la historia de los hombres, que se está refiriendo a hechos que han irrumpido en la propia historia, en la reciente; no son hechos situados en el remoto pasado, en la nebulosa noche de los tiempos, no son hechos ocurridos en un remoto país, en una tierra sumida en las honduras del mito; lo que voy a contar –nos parece decir Lucas- ha de quedar claro que ha sucedido aquí y ahora, entre nosotros, ocupando un lugar en nuestro tiempo. Los romanos tienen su propia cronología, los judíos la suya, pueden compararse, son referente una y otra y servirán para fijar con exactitud el momento en que Dios ha decidido dejar su silencio secular y hablar a través de Juan, para que la llegada de Jesús, el Hijo, fuera esperada por hombres y mujeres con el corazón estremecido, con el corazón preparado.
Anunciando un bautismo de conversión… Así parece entender el Bautista su propio ministerio; su palabra característica no va a ser la de una sentencia definitiva, sino la de un proceso de preparación y apertura al que está por venir: metanoia; que significa mucho más que un gesto moral, un cambio de comportamiento; significa un cambio de mentalidad, un cambio de óptica, para poder volver a reconocer en medio nuestro la acción de Dios, para poder acoger la invitación que su palabra nos hace, para aprender a mirar nuestra realidad desde el modo de mirarla que tienen Dios.
El tiempo de metanoia proclamado por Juan y su singular signo: el baño del Bautismo: baño total, re-creador, novedoso por su radicalidad incluso para un pueblo en que los ritos de purificación no escaseaban; serán la particular provocación y desafío que el Bautista lanzará sobre su pueblo; provocación que no dejará indiferente y que le hará vivir hasta el extremo la suerte de los Profetas; Juan el Bautista es una figura incómoda -como los profetas antiguos- prefiriendo la cárcel y la muerte, antes que callar su grito llamando a la conversión.
Por eso el Bautista es una figura del Adviento; de este proceso que estamos llamados a vivir como Iglesia: porque su clamor que nos urge a la Metanoia nos recuerda que este esfuerzo de cambiar nuestra mentalidad ha de ser constante, que la vida del cristiano no ha de ser la del que sueña confiado en que todo lo está haciendo bien, que tiene delante suyo a un Dios que se conforma con poco, que basta unos cuantos rezos para dejarlo tranquilo, que tiene por Dios a uno que se contenta con la mediocre tibieza de un seguimiento a medias, que no importuna a nadie, que no escandaliza a nadie, que no enciende el corazón a nadie.
El grito del Bautista a orillas del Jordán nos advierte que hay tanto aún por hacer, porque enderezar los caminos, emparejar los montes para que por ellos pueda transitar el Señor, es un trabajo todavía pendiente, es un trabajo que nos ha de traer fatiga y no poco dolor, en nuestra historia actual, en nuestras relaciones, en el modo como construimos la comunidad, en el modo como nos relacionamos con los desafíos de nuestro propio tiempo, en el modo en que, con ardor y lucidez, cargamos sobre nosotros la tarea del profeta; porque la llamada a la conversión de los que nos decimos creyentes, resuena clara y urgente dentro y fuera de la Iglesia; para que el Señor que viene, y que esperamos vigilantes, pueda encontrarse en el camino con una comunidad que está de verdad intentando acortar la distancia que nos separa del Reino.

Raúl Moris G. Pbro.

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