Tengan Ánimo y levanten la Cabeza…

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Jesús dijo a sus discípulos: “Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia en la desesperación ante el rugido y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza porque está por llegarles la liberación. (…)Tengan cuidado por no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez, y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. Estén alertas y oren en todo momento, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.
(Lc 21, 25-28. 34-36)

 


Para tener en cuenta…

El tiempo litúrgico del Adviento, con el que abrimos el año, es el que mejor refleja el caminar de la Iglesia, nacida de la Encarnación y en tensa espera del cumplimiento definitivo de la Parusía, de la promesa de la presencia definitiva y triunfal de Cristo vencedor de la historia, principio y sentido de esta aventura de amor de Dios con nosotros: la Creación y la Historia de la Salvación. El Adviento es el tiempo de la esperanza que se yergue contra toda esperanza: cuando más ardua se haga la marcha de la Iglesia, cuanto más obstáculos aparezcan en el camino, cuanto más sobre este andar se cierna la noche del sin sentido, cuanto más contracorriente sea el tenaz navegar de la Iglesia, más profundamente estaremos penetrando en el misterio de esta comunidad llamada a no desfallecer, llamada a estar en vigilia permanente, llamada a ponerse en marcha tras una huella que se hace difusa en la oscuridad, tras el débil, pero persistente eco de una voz que nos repite una y otra vez la promesa de venir a nuestro encuentro.

Las palabras con las que el Evangelio según san Lucas nos recibe en este Adviento son las de un Apocalipsis, palabras e imágenes propias de este género literario destinado a animar con un anuncio de esperanza la vida de una comunidad en medio de un mundo que parece comenzar a resquebrajarse.
El Evangelio de Lucas está escrito para una comunidad cristiana de la segunda generación, cristianos que han abrazado la fe por el testimonio de los apóstoles fundadores, de los discípulos que han sido testigos oculares del paso de Jesús; cristianos que viven fuera de Palestina, quizá en las inmediaciones de Antioquía, cristianos que han acogido la Buena Noticia del Señor, saliendo a su encuentro no sólo desde el pueblo de Israel en la diáspora, sino también desde las distintas religiones, costumbres y culturas que convivían en las cosmopolitas ciudades comerciales del Imperio Romano a lo largo y ancho de la cuenca del Mediterráneo. Son cristianos que han vivido las turbulencias históricas, religiosas, sociales, económicas, de la década del 70 o han tenido noticias cercanas de ellas, cristianos que han acogido con fervor el anuncio de la salvación, convencidos de estar viviendo los últimos días del orden del mundo; cristianos que están siendo acosados por la desesperanza que puede ser engendrada por la larga y seca espera que sobreviene al entusiasta ardor de la conversión, espera en medio de un entorno cultural, cuyos cimientos parecen conmoverse cada vez más, cuyas más firmes seguridades parecen desvanecerse en el aire.
Lucas va a organizar la primera parte del texto, (vv 25-28) a la manera de un díptico: Señales en el cielo y en la tierra, los pueblos (paganos), los hombres en general y un tácito “Ustedes”; que va a marcar, por una parte la universalidad de los acontecimientos descritos, como por otra la diversidad de actitud ante éstos; lo que establecerá la diferencia entre los que han acogido la buena noticia de la salvación y se han de convertir en testigos de la esperanza frente a un horizonte convulso, y quienes, sumidos en el desconcierto (aporía, dice el texto, es decir la situación de encontrarse, sin salida) caen en el desaliento y se dejan sorprender pasivamente por los mismos.
Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas… Comienza este pasaje con la descripción de la angustia, con la descripción de la aterrada y perpleja mirada de la gente frente a la violencia de la historia que se cierne sobre ella, recordemos que las primeras persecuciones a los cristianos comienzan en el Imperio hacia el 64 d C., como asimismo el permanente estado de guerra fronteriza y de lucha intestina en torno a la corte romana; sin embargo la primera llamada de este texto no es la enumeración de las calamidades que -aunque contemporáneas al evangelista- son presentadas como profecía en labios de Jesús; sino una llamada a mirar el mundo en busca de significados; la realidad no se agota en la descripción de eventos inquietantes: ellos se inscriben en el ámbito de los signos, han de ser leídos como si de un texto se tratase, un texto cuyo sentido último está en manos del Señor, quien, en medio del acaecer de nuestra historia, aún entre los avatares que desafían todo intento de inteligibilidad, ha dispuesto escribir su propia historia de fidelidad a la palabra empeñada con el hombre, palabra de vida y esperanza.
Tengan ánimo y levanten la cabeza porque está por llegarles la liberación… la vida en permanente estado de amenaza, la precariedad de nuestras seguridades, el poco precio que parece tener la vida individual en una época turbulenta, pueden causar abatimiento en una comunidad que está viviendo falta de fe. Sin embargo, el cristiano no está llamado a ser presa de la angustia, de la desolación, tampoco está llamado a dar la espada al mundo, a encerrarse con los ojos cerrados, inerme, a esperar que la calamidad sobrevenga; bajo ningún punto de vista es “Resignación” la palabra que ha señalar el itinerario del discípulo de Cristo, sino la Esperanza.
En esto consiste el propósito de leer los eventos de la historia como signo: en poder alimentar la esperanza de la comunidad; no para refugiarse del mundo en la promesa de un trasmundo, sino para salir y dar la cara, para anunciar proféticamente la liberación en medio de la convulsión; Lucas propone una actitud pro-activa, levantar la cabeza, avanzar resueltamente, animar la vida de la comunidad con el recuerdo de quién no se desdice de sus palabras: el Señor que ha de venir a coronar la historia; Lucas está escribiendo estas palabras para las generaciones de mártires que empezaba a gestar la Iglesia.
Tengan cuidado por no dejarse aturdir… En la segunda parte de este Evangelio (vv 34-36) aparece una advertencia frente a otra amenaza, -esta vez de carácter intracomunitario- fruto también de la desesperanza: la Evasión.
Mientras todo se derrumba allá afuera, el desesperado puede optar por la frenética inconsciencia de la fiesta en el filo del abismo; embotar los sentidos, aturdir el miedo; la evasión es el disfraz de la angustia que cerrando los ojos danza en círculos hasta caer rendida delante de la muerte, evasión para no pensar, para no enfrentar, para dejar de temer… En épocas de cambios vertiginosos, de desafíos, de inseguridad social y personal, la dulce trampa de la evasión se asoma de prisa; pasaba en la época de las primeras comunidades, pasa en la nuestra.
Los cristianos, a los que se dirige Lucas, conocían sin duda esta tentación, que se cierne sobre los más débiles, sobre los que han sido golpeados demasiadas veces por la adversidad, sobre aquellos que no han podido enraizar sólidamente su fe y por eso el Evangelista los previene: no ha de ser la evasión el camino, ni siquiera aquella que, lejos de los excesos de los sentidos, temerosa de la fiesta de los cuerpos, se agazapa bajo el manto de la piedad, la evasión de los que ponen la mirada en el cielo y se desentienden del suelo.
Estén alertas y oren en todo momento… El cristiano, peregrino del Adviento, está llamado a la lucidez, a permanecer despierto, a mantenerse en vela, activo y en oración; esa actitud de vigilancia será una insistencia en Lucas, esa actitud de vigilancia valiente y perseverante, que edifica la comunidad, ayudando a despertarse a los que están tentados a caer vencidos por la propia historia, sosteniéndolos, animándolos, urgiéndolos a una constructiva espera, a una alegre espera.
Ésa es la actitud del Adviento que nos recuerda la vocación de la Iglesia a mantenerse lúcida y apasionadamente enamorada de su Señor que está por venir; que aviva nuestra esperanza y nos consuela con la conmemoración de la Encarnación, primer momento del cumplimiento de la antigua promesa de amor pronunciada por Dios a su Pueblo; y nos proyecta, con la mirada elevada al cielo y los pies firmes en el suelo, hacia el final, hacia el día en que el resplandor de la Presencia de Cristo, ilumine, redima, y haga plenos de sentido incluso esos momentos en los que -con los dientes apretados y los ojos en alto a pesar del viento en contra, a pesar de las tormentas- más nos cuesta dar resueltos los pasos para salir al encuentro del Señor que viene.
Raúl Moris G.; Pbro

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