No estás lejos del Reino de Dios…

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Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de los mandamientos? Jesús respondió: ”El primero es: «Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, con toda tu inteligencia, y con todas tus fuerzas». El segundo es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay otro mandamiento más grande que éstos”.

El escriba le dijo: ”Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios”. Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: “Tú no estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

(Mc 12, 28b-34)

Para tener en cuenta…

la palabra de inclusión con que Jesús responde al interrogatorio del escriba, que pretendía excluirlo del número de los maestros, es palabra de ánimo y provocación: no estás lejos…; estás en camino, te faltan jornadas nuevas sorprendentes y desafiantes que emprender, fatigas que soportar, tropiezos que sortear, pero estás ya en camino;  no estás lejos… y cada paso que des detrás del Maestro te acercará a la meta, al horizonte que comenzó a perfilarse cuando, despojado del afán de afirmar la propia dignidad, has aceptado que sea ahora el Señor quien moldee tu corazón, quien conduzca tu vida, quien proponga Su Inteligencia a tu inteligencia, no estás lejos… para aprender, de camino, a amar el Arduo Camino por el que has sido convocado a andar.

 

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Ser maestro, era en Israel ocupar un puesto elevado en la estimación pública, detentar un lugar envidiable en la estrecha e inestable tarima del honor, por tanto. si se había alcanzado ese lugar, había que defender, públicamente y de manera constante, la propia permanencia en él; el maestro que no podía demostrar su valía en esta contienda por la idoneidad de su título, es decir, que no podía demostrar que él sabía más que los demás, que había autoridad en sus palabras, y que en suma, en una discusión era el que diría la última palabra, cerrando el caso, caía rápidamente en el descrédito, cediendo su puesto -humillado- a quien había logrado derrotarlo en el veleidoso campo de la disputa y de la piadosa elocuencia, en el territorio de la palabra.

 

Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó Un escriba, en la sociedad en la que vive Jesús, es precisamente un perito en la palabra, su oficio se juega en el dominio de la Palabra Sagrada, escrita, fija en el texto, venerable por su antigüedad, largamente repasada, meditada, rumiada con delectación, una y otra vez copiada con cuidadosa caligrafía, transmitida con devoción -porque es, ni más ni menos, el registro de aquello que ha querido comunicarnos Dios mismo- guardada con celo y estudiada por unos pocos capaces de penetrar en el misterio del signo gráfico, de la letra, creada para conservar viva la voz original, cuando ya no quede eco alguno de los acentos vibrantes que la pronunciaran alguna vez, para entregarla y explicarla a la multitud que solo podía aproximarse a este misterio con mudo temor y de oídas.

 

Éste es el contexto en el que se sitúa esta conversación que sostiene Jesús en Jerusalén: el del examen de honor al que tiene que someterse este recién aparecido en las lides de la palabra, en medio de una plaza cubierta y regentada por los maestros reconocidos, por los expertos en la letra que conserva intacto, incorrupto, el tesoro de la Ley; un recién aparecido, que no declara de dónde le viene el derecho a portar el título que los simples le han otorgado: Maestro; que no declara quién ha sido el que lo ha iniciado e instruido en los misterios de la Palabra, que no se ve que sepa escribir, ni sostenga en la solidez de un texto lo que proclama a viva voz, un recién llegado que parece ser una amenaza contra aquellos que han dedicado su vida a descifrar la letra en la que Dios permitió guardar sus preceptos.

 

Ése es el punto de partida de este examen, el ánimo que mueve a quienes se aproximan a examinar a Jesús, sabiendo -con la precisión y exactitud que les da el oficio- las respuestas que quieren obtener. No podemos suponer que la pregunta que le va a proponer el Escriba a Jesús, nazca de su propio y legítimo deseo de saber, o de su confusión en medio del enramado de preceptos en los que las diversas escuelas doctrinales han convertido la Ley, confusión que busca una luz en las palabras del Nazareno. El examen al que el Escriba va a someter a Jesús, es precisamente eso: un examen en donde el maestro quiere verlo burlado en su pretensión de conocer aquello que constituye el alma de su oficio.

¿Cuál es el primero de los mandamientos?…Ni la pregunta del Escriba es nueva, ni la respuesta de Jesús es desconocida; Jesús responde a la cuestión del Escriba, recitándole el Shemá, el primer y gran mandamiento que se encuentra en Dt 6, 4, y que en hebreo comienza por estas palabras: Shemá Israel: Escucha Israel; el mandamiento del amor único total y exclusivo al Dios uno y único; el mismo mandamiento que por principal, todo judío piadoso aprende desde su niñez, sabiendo que ha de recitarlo en la mañana y en la noche, ante cualquier acontecimiento de la jornada, que ha de grabarlo en las puertas de la casa, para que todo el que viva allí sepa a quién se debe adoración y la rinda; que deberá atárselo en el brazo y alrededor de la frente, para que la acción y la intención queden dominadas por el amor a Dios que ha de distinguir al Pueblo de Israel por sobre todos los pueblos de la tierra.

 

Jesús en su respuesta, agrega y liga de modo indisoluble al Shemá el mandamiento del amor al prójimo, tampoco nuevo, de hecho está citando el texto de Lv 19,18; unión indisoluble y principalidad de ambos preceptos que, frente a la controversia surgida en el ambiente fariseo sobre la observancia estricta de cada uno de los innumerables preceptos menores la Ley, que cubrían innumerables páginas de comentarios tan eruditos como piadosos –y daban una inagotable fuente de trabajo a los escribas-,  ya desde hacía tiempo se venía proclamando.

 

¿Dónde entonces está la novedad de esta “Buena Nueva”, que ha querido registrar y transmitir a nosotros el Evangelio según San Marcos? No tanto en el texto de la Ley citado por Jesús, aunque, por cierto, le agrega a la mención de la totalidad del corazón (la intención, y los sentimientos) del alma (es decir la vida entera), y de las fuerzas (la esfera de la acción humana constructiva), que estaban en el Deuteronomio, la mención de la inteligencia, de la razón que discurre y dialoga, que también está invitada a abrirse y a plegarse a la acción de este amor que todo lo abarca, que no es sino la respuesta al amor primero y de la misma índole, que nos ha tenido Dios.

 

No tanto en la repetición de los textos de la Ley, y en la insistencia de Jesús, que -en los paralelos de esta pasaje- insiste en que ambos mandamientos se encuentran situados al mismo nivel, al punto que el criterio de verificación de la observancia auténtica del primero, se encuentra en la práctica visible del segundo; cuestión que también está presente en algunos de los textos que iluminaban el caminar de las comunidades apostólicas del primer siglo, (Cf. las Epístolas de Juan y la de Santiago); y, sin embargo sigue siendo la piedra de tope en la vivencia de la fe, puesto que sigue siendo más fácil parapetarse detrás de piadosas y abstractas declaraciones acerca del amor o del temor de Dios, que quedan resguardadas en el ámbito de la intimidad religiosa, e infinitamente más difícil reconocer la presencia de ese Dios, que nos interpela y exige, en aquellos que van a nuestro lado y reclaman nuestra atención, nuestro respeto y nuestra diligencia al momento de actuar en su favor.

 

La novedad no se encuentra tanto en la reafirmación del Shemá, sino la evolución retórica del examen entre Jesús y el Escriba, que es en realidad el texto nuevo, para el cual, la pregunta por el primer mandamiento se constituye en el pretexto.

 

Muy bien, Maestro, tienes razón… El Escriba, que había comenzado este episodio simplemente interrogando a Jesús, un interrogatorio que busca excluirlo del número de los que legítimamente podían estar autorizados para tratar de estos asuntos, sin reconocerle título alguno, ha dado un paso enorme, un paso que lo introduce en la senda de la inclusión; reconoce ahora a Jesús como Maestro, ha sido derribada una barrera por parte del Escriba; ante el dominio demostrado por Jesús del texto de la Ley y ante la autoridad con que el Señor es capaz de proponer una lectura desafiante del mismo, no puede sino reconocerlo como un igual; la pregunta inicial, que apuntaba al descrédito del recién aparecido, a su exclusión de la esfera del poder que otorga el saber, ha dado paso en  las palabras del Escriba al reconocimiento y a la inclusión.

 

El que es perito y maestro en las letras, se ha hecho capaz de dar el paso desde una relación vertical, la del experto que cuestiona al neófito, a una de carácter horizontal, la de los maestros que pueden entre sí, establecer una erudita discusión sobre las materias dominadas, por eso es que el escriba no solo aprueba la respuesta de Jesús sino que además se siente invitado a agregar su propio comentario, que además demuestra que él no solo es experto en la Ley, sino además en el texto de los profetas, que con insistencia habían proclamado que la misericordia sobrepasa con creces a la observancia ritual, que la llamada al amor acogida y practicada, vale mucho más que cualquier piedad y devoción.  

 

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: “Tú no estás lejos del Reino de Dios”… Sin embargo todavía queda un desafío y un emplazamiento para el Escriba, que ahora viene de parte de Jesús, el desafío del desprendimiento de la propia posición de Maestro: Jesús es quien por sobre la última palabra del Escriba, dirá ahora la palabra definitiva que cierra la discusión. Es sorprendente modo en que el Evangelista  nos introduce en el cambio de situación: de interrogado, ahora Jesús pasa a ser el interrogador; la respuesta correspondía en buena lógica que la diera Jesús, sin embargo es Él ahora quien considera que el Escriba ha acertado en la respuesta; ya no se trata tampoco de una discusión entre maestros, ahora el emplazamiento de Jesús es franco: el escriba está invitado a convertirse en discípulo.

 

Y ahora sí que estamos de cara a la buena noticia, la de la inclusión que el propio Jesús viene a practicar y proponer, inclusión que puede hacer del Fariseo y del Escriba, sus retadores, uno más del grupo que sigue al Señor por su propio Camino; y la palabra de inclusión es palabra de ánimo y provocación: no estás lejos…; estás en camino, te falta por recorrer, jornadas nuevas sorprendentes y desafiantes que emprender, fatigas que soportar, tropiezos que sortear, pero estás ya en camino.  No estás lejos… y cada paso que des detrás del Maestro te acercará a la meta, al horizonte que comenzó a perfilarse cuando, despojado del afán de afirmar la propia dignidad, has aceptado que sea ahora el Señor quien moldee tu corazón, quien conduzca tu vida, quien proponga su inteligencia a tu inteligencia, quien sostenga tus fuerzas. No estás lejos… para aprender, de camino, a amar también el Arduo Camino por el que has sido convocado a andar.

  

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Raúl Moris G., Pbro.

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