Dgo.01 de julio, 13 del T. durante el año

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la Sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos para que se sane y viva”. Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada día estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud y tocó su manto, porque pensaba: “Con sólo tocar su manto, quedaré sanada”. Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba sanada de su mal. Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: “¿Quién tocó mi manto?” Sus discípulos le dijeron: “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?” Pero Él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. Entonces la mujer, muy asustada y temblando, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad”. Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la Sinagoga y le dijeron: “Tu hija ya murió, ¿para qué seguir molestando al Maestro?”. Pero Jesús, sin tener en cuenta estas palabras, dijo al jefe de la Sinagoga: “No temas, basta que creas”. Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a la casa del jefe de la Sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba, al entrar les dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. Y se burlaban de Él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con Él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: “Talitha kum”, que significa : “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!”. Enseguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y Él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña. (Mc 5, 21-43)


Para tener en cuenta
Finalizando el Cap. 4 de su Evangelio, Marcos comenzará una catequesis acerca de la fe como condición de acogida de la buena noticia de Jesús; esta catequesis acontecerá a modo de denuncia de la escasa fe de sus discípulos, de quienes se esperaría fueran los primeros en mostrarse firmes en su manifestación, porque van junto al Señor escuchando sus palabras y siendo testigos de sus acciones, de cara a la sorprendente acogida y respuesta de quienes, sin pertenecer al grupo escogido de seguidores, se transforman en modelos que edifican la fe: a saber, el total obsequio de la inteligencia y de la voluntad (cf.DV,5) a la Palabra, acciones y persona de Jesús, la confianza extrema que Él está pidiendo de parte de su comunidad, de su Iglesia.
En el pasaje de hoy, bien entrado ya el Cap. 5, esa confianza puesta en este Jesús reconocido como maestro por la multitud, se expresa en dos personajes situados en las antípodas del ordenamiento social y religioso del pueblo judío: Jairo, el Jefe de la Sinagoga y la anónima mujer hemorroísa.
Jairo, un hombre que ocupa el puesto de honor dentro de la asamblea cultual del pueblo, uno de los notables, uno que, por oficio, tenía que demostrar una adhesión religiosa firmemente arraigada en su tradición, probada en la atenta observación de la Ley, en la custodia y escucha de la palabra, depósito de la esperanza del Pueblo de Israel; un hombre entre cuyas responsabilidades se encontraba la de guardar distancia y cautela, frente a toda manifestación que pudiera de alguna manera poner en entredicho esta tradición. Es este Jairo –del cual Marcos destaca su valentía, señalándolo por su nombre- el que no duda en poner en juego su honra y la solidez de su religiosidad al arrojarse a los pies de Jesús que va de paso, con tal de que su hija sane.
Por otro lado, la hemorroísa: una mujer que, según las prescripciones de pureza ritual del pueblo de Israel, debía ser excluida del trato público, aislada; una mujer que, de ser puesta en evidencia su condición en medio de la multitud entre la cual se halla confundida, corría el riesgo de ser incluso apedreada hasta morir por el temor a la contaminación que suponía el contacto físico con ella.
Estos dos personajes, contrapuestos en la escala de valoración social y religiosa, sin embargo poseen algo en común que los aúna: la audacia de la fe puesta en Jesús, esa fe que se apodera de sus entendimientos y mueve sus voluntades: en ambos la convicción es absoluta y directa: “ven a imponerle las manos para que se sane y viva”, dice Jairo; “Con sólo tocar su manto, quedaré sanada”, es la certeza interior que invade a la Hemorroísa.
Ninguno de los dos se dirige a Jesús por si acaso…, ni menos para tentarlo; el motor de su acción es la total certidumbre de que en Él se encuentra la fuente de la sanación, la fuente de la salvación; y esta convicción es tan determinante, que la acción es inmediata, el uno, se arroja a sus pies, sin mayor consideraciones, la otra –que, cansada de esperar la sanación buscada infructuosamente durante largos años, podría albergar alguna duda razonable- simplemente toca su manto; para luego arrojarse a sus pies, una vez que ha sido emplazada por el propio Señor a descubrirse.
Uno y otra son audaces: el arrojarse a los pies de Jesús es, en el mejor de los casos, un gesto de humilde reconocimiento, que, en lo que toca a Jairo, no corresponde hacer delante de este maestro itinerante, dado el rango social y cultual que éste ocupa en la estructura de su comunidad; y que por parte de la mujer la expone al rechazo e incluso a la represalia, por parte de la comunidad que, por tocarla, ha arriesgado contagio; en el peor, podría ser entendido como la postración, gesto que a uno y a otra los puede sindicar como idólatras (un judío solo se postra ante Dios), reos de la peor de las transgresiones a la Ley.
La respuesta de Jesús no se hace esperar, y en ambos casos, y en contraste con las frecuentes amonestaciones a los discípulos, a los que les viene reprochando, o bien su falta de fe, o la pobreza de ésta; la respuesta ha de ser la afirmación y el elogio:
“Hija, tu fe te ha salvado”, la fe de la Hemorroísa le ha ganado el título de hija, le ha ganado un lugar en la esfera de la ternura de Jesús.
“Basta que creas”; la fe de Jairo lo ha acercado al número de los discípulos, de los que ésa es la única respuesta que espera Jesús: una fe inconmovible ante la amenaza de la prueba.
Y la prueba se hace inminente; en el entretiempo que supone el encuentro con la Hemorroísa de camino hacia la casa de Jairo, la hija ha muerto; Jairo es desafiado ahora a reconocer como Señor de la Vida a Éste que ha reconocido como Maestro y Sanador, -lo que para un conocedor de la Sagrada Escritura, como debe serlo el Jefe de la Sinagoga local, constituye una nueva manifestación de la identidad de Jesús como Mesías- aceptar que Jesús puede hacer algo por su hija muerta, es afirmar lisa y llanamente que lo está reconociendo como Dios.
Una vez más el Evangelista hace, en la parte final del relato, otra declaración sobre la fe: sólo serán testigos de la reanimación de la niña, quienes han demostrado poseer una fe probada; no serán los discípulos en general, sino sólo Pedro, Juan y Santiago, los primeros llamados, el círculo más íntimo entre el grupo de los apóstoles, no serán los miembros de la familia y los allegados que, sumidos en la desesperanza, pasan de las demostraciones de dolor por la muerte, a la risa aplastante y destructiva, a la burla ante las palabras y la convicción de Jesús, sino sólo los padres, los que no han dudado del alcance de la acción del Señor… y el milagro se produce: Talitha kum… la voz perentoria, tan inolvidable para los testigos, que la comunidad de Marcos la recuerda en el mismo idioma en el que resonó esa única vez; la convocatoria de Jesús ha encontrado eco en el cielo y en la tierra: la niña se levanta y se pone a caminar; es la imagen de este pueblo nuevo despertado por el Señor, la imagen de la joven Iglesia.
Doce años llevaba enferma la Hemorroísa, doce años tiene la hija de Jairo llamada a la vida, doce, como las tribus de Israel; porque aquí está poniéndose de pie y en camino el nuevo pueblo fundado sobre los doce apóstoles; el nuevo pueblo que tendrá como itinerario y única exigencia la fe, activa y militante, sólidamente anclada en Jesucristo, que lo ha convocado a la vida y a la salvación

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