Juan, el Bautista…

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan». Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre». Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan». Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron, guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel. (Lc 1, 57-66. 80)


Para tener en cuenta…

La Iglesia celebra durante el año solo tres nacimientos: el del Señor Jesús, el de la Santísima Virgen María, y el de Juan, el Bautista; el más grande de todos los nacidos de mujer -como declarará el propio Jesucristo- pero pequeño aún, en relación con el proyecto de plenitud que nos vino anunciar el Señor: el Reino. Su nacimiento genera expectación entre la gente sencilla de su aldea: el Dios que quiere hacerse uno con los pobres de la tierra, elije a estos mismos pobres como testigos del nacimiento del Precursor.

El Nacimiento de Juan el Bautista, tal como lo describe San Lucas en el Evangelio de Infancia de Jesús, vino a dar término al largo invierno profético que había comenzado alrededor de un siglo luego del retorno de los deportados de Babilonia (537 a C); luego de los últimos profetas escritores: Zacarías, Malaquías y el así llamado, Trito-Isaías; la actividad profética enmudeció, el cielo se cerró dando inicio a un largo tiempo de sequía profética, tiempo en el cual la religión de Israel se ocupó de la conservación, estudio y veneración de las Sagradas Escrituras; comenzaron a perfilarse poco a poco, en esta nueva etapa de la historia, las figuras del Escriba, del Doctor y Maestro de la Ley, que para la época de Jesús, ya estaban sólidamente instalados y habían generado diversas escuelas de interpretación.

Asimismo, se fue incubando en este período la esperanza ferviente de que el enmudecimiento de las profecías tendría que cesar; el Señor se iba a hartar de su silencio, Dios iba a cumplir, tarde o temprano, la promesa de enviar a su Ungido, y que el tiempo del Mesías, habría de ser precedido por la reapertura de los cielos y el retorno del espíritu profético; el Mesías no vendría solo, el Profeta, sería su Precursor.

Esta expectativa es la que recoge Lucas en el relato de la Anunciación y el Nacimiento del Bautista, y es la que impulsa al Evangelista a modelar los dos primeros capítulos de su Evangelio en forma de un díptico: Anuncio del nacimiento de Juan hecho a Zacarías, su padre; Anunciación de la maternidad a María; la duda del primero, el decidido Sí, de la Virgen; el Magnificat, el Cántico de María en la visitación a Isabel, que celebra el triunfo del Señor como el triunfo de los pobres; el Benedictus, o Cántico de Zacarías ante el nacimiento de Juan, que celebra el cumplimiento de la promesa de la Alianza, que movilizó a generaciones desde la llamada hecha a Abraham; para culminar con el relato de la Natividad y el anuncio gozoso a los excluidos de la tierra, representados por los pastores, del nacimiento del Salvador.

Es esta misma expectativa creyente, la que diseña las líneas conductoras del relato de la Natividad de San Juan: el enmudecimiento de Zacarías, la voz de los pobres, como destinatarios primeros de la buena noticia de la salvación, el sorprendente modo de Dios de cumplir su promesa e inaugurar el nuevo tiempo de Gracia.

Zacarías, que pertenece al grupo de los sacerdotes menores del Templo, ha enmudecido como resultado de la duda que se ha instalado en su corazón respecto de las palabras que el Ángel le ha revelado; este enmudecimiento, no solo se hace émulo de la clausura del Cielo en los últimos 400 años en Israel, sino que es el signo que intenta dar una razón teológica de esta prolongada e inquietante sequía: acontece como resultado del pertinaz desconocimiento del querer del Señor, que se va adueñando del corazón de aquellos de los que -al contrario- se esperaría estuvieran más atentos a los signos que Dios prodiga en la historia.

El espíritu profético fue silenciado, e Israel entró en este compás de espera, porque desoyó durante siglos las llamadas a la conversión y a la fidelidad hechas por el Señor durante siglos de peregrinar; Zacarías enmudece, porque, siendo parte de este pueblo que, sistemática y rigurosamente, elevaba plegarias y realizaba sacrificios para conmover el corazón de Dios, cuando Éste responde, no cree en las palabras de su enviado. Este signo que, al comienzo del Evangelio, recoge la dramática historia de la comunicación del Señor con su Pueblo, se convertirá también, de alguna manera en el anuncio de la relación de la propia historia de Jesús, (y del mismo Bautista) con las instituciones que ministraban la fe y la política en Israel: los Sacerdotes del Templo, los Escribas y Doctores de la Ley, y el Sanedrín.

En contraste con este silencio, serán los pobres, los excluidos, lo que alcen la voz en el relato: la voz de María en el Magníficat, la de Isabel, en la Visitación, primera en dar el título de Señor al hijo engendrado en el vientre de María; y luego, para el rito de circuncisión de su propio hijo, pronta a reconocer, con sencillez y gratitud, la acción de la misericordia del Señor, que ha hecho fecundo su vientre estéril, y festeja esa misericordia, al imponer el nombre Johannes, a su hijo, con valentía y contra toda tradición. Acción profética de Isabel que descubre que se ha convertido, por pura gracia, en la manifestación concreta de lo que venían cantando desde antiguo el cántico de Ana (1Sa 2, 5) y el Salmo 112.

Se elevará también la voz de estos vecinos que se acercan a la casa de Zacarías, atraídos por la noticia, gente sencilla, que no obstante, es capaz también, de reconocer que la historia se ha hecho presente, patente delante de sus ojos, y que este acontecimiento ha de alimentar su esperanza para el tiempo venidero: “Qué llegará a ser este niño”, en el cual la gracia de Dios se ha posado, se preguntan los vecinos…

El nacimiento de Juan va a inaugurar este nuevo tiempo de asombro ante la libérrima acción del Señor en nuestra historia, acción que se resiste a someterse al estrecho marco de nuestros planes y expectativas, sino que incontenible y novedosa, siempre nos fuerza a ensanchar los límites, para acoger el inconmensurable “cuánto más” de Dios; que comienza su manifestación en la pequeñez de la semilla, preñada de esperanza, en esta aldea pequeña de la montaña de Judá, en la extrema pobreza del establo de Belén; en el hijo que viene a colmar el vientre y el corazón de la estéril, en el Mesías, hijo del Carpintero, y en este niño que, llamado desde el principio a ser el Precursor, cuando lo reconozca, ya adulto, a la vera del Jordán, declarará, con el mismo ardiente desapego profético, con el que encaminó su vida entera, que su misión ya está cumplida, que es tiempo de disminuir, para que el Señor crezca.
Raúl Moris Gajardo, Pbro.

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