El Carpintero de Nazaret

Jesús se dirigió a su pueblo seguido por sus discípulos. Cuando llegó el Sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿no es acaso éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?” y Jesús era para ellos motivo de escándalo. Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a algunos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe. (Mc 6, 1-6a)


Para tener en cuenta

La cultura en la que se mueve Jesús era la de una sociedad cerrada; lo que entendemos por este nombre es ese tipo de sociedad característica de la época preindustrial (que por tanto se mantuvo hasta más o menos los finales del s XIX), en donde la estructura del tejido social era rígida y vertical, estaba claramente estratificada en clases, funciones, oficios, y la movilidad social era prácticamente nula; en otras palabras, el que en una sociedad cerrada nacía hijo de obreros o de artesanos no podía aspirar a otra cosa sino a ser él también obrero o artesano, a lo que más podía aspirar era a ser lo que su padre había sido.
Agreguemos a este dato el elemento del honor; la cultura de Jesús es una en la que el honor, entendido como la respetabilidad social, es un bien escaso y celosamente guardado; a cada estrato social le corresponde una determinada porción de esa honra, que puede ser heredada de padres a hijos, que puede ser duramente conquistada por el propio sujeto, y que fácilmente puede ser perdida. Pretender o siquiera aspirar al honor que le corresponde a otra clase o a otro oficio distinto y superior que el propio, es motivo de escándalo y por tanto duramente sancionado con la pérdida de la porción de honor correspondiente; en una sociedad cerrada, en una cultura del honor, no hay peor delito que lo que todavía nosotros conocemos con el nombre de “arribismo”.
Éstas son las razones que aparecen detrás de las preguntas que la multitud murmura en el momento en que escuchan hablar a Jesús en la sinagoga de su pueblo y comentan además su fama: en una sociedad cerrada a un carpintero no le corresponde enseñar; por cierto no le está vedado hablar en la sinagoga, como tampoco a ningún hombre adulto que sea capaz de leer y comprender la Torah, el texto de la Ley; sin embargo de ahí a ponerse a enseñar como un Maestro hay un abismo social, que no se salta así sin más.
Para ser Rabbí, Maestro, uno tenía que haber sido aceptado como discípulo por otro maestro acreditado (lo que suponía de entrada el freno social de la salvaguarda del escaso y esquivo honor: los maestros no acogían a cualquiera entre el número de sus discípulos), y luego pasar por el filtro de largos y muchas veces humillantes años de duro aprendizaje, para después poder aspirar a ser reconocido en el rango de los maestros y aceptado por su grupo de pares, señalando siempre, a modo de curriculum vitae el nombre de aquél, a cuyos pies había aprendido la doctrina que ahora se atrevía a enseñar.
Jesús no poseía esas notas de acreditación, no nombra en ningún momento al maestro autorizado desde donde pudo haber ganado la autoridad de enseñar (y sin embargo su autoridad, su propia y particular Exusía, es un rasgo fundamental en el que los Evangelios Sinópticos insisten). Jesús de hecho es carpintero de oficio, (el mismo oficio que el Evangelista Mateo, en un pasaje paralelo, señala como propio de su padre José), y que equivale a lo que nosotros llamaríamos ahora un maestro de la construcción o un albañil, es decir, un trabajador no necesariamente calificado. Por su oficio, Jesús pertenecía a los pobres de su pueblo, esos pobres que no podrían siquiera soñar el empinarse ni ellos ni sus hijos hasta ocupar la silla del Maestro.
Por eso ocurre que si bien sus vecinos reconocen sabiduría en las palabras de Jesús, y poder en sus acciones, es una sabiduría y un poder que no parece corresponderle, se trata de una sabiduría que les extraña, que a los que lo han visto crecer con ellos, que a los que conocen a los miembros de su familia -miembros “normales” y “ubicados” de esa comunidad- les parece impropia, ajena, y por tanto terminan desoyéndola, abrumados los oídos por la gritadera que se ha alzado desde sus propias y estrechas consideraciones de lo que es justo; se trata de un poder asombroso, que causa escándalo verlo salir de sus manos de carpintero que tampoco parece justo que lo tenga.
Sin embargo también Jesús se asombra, de dónde ese asombro, cabría preguntarse, ya que él también es miembro de su cultura, también ha de haber aprendido cómo son las cosas, cuáles eran los límites de lo permitido en la aldea en donde se crió. El asombro de Jesús, no obstante, se produce en relación a la falta de fe de sus vecinos.
Falta de fe, porque a pesar del estrecho marco en que cada miembro de esta sociedad tan ordenada puede moverse, son éstos, hombres y mujeres que han recibido junto con la leche materna la historia de salvación de su pueblo; historia narrada oralmente, transmitida en parábolas, en las canciones infantiles, pero por sobre todo historia leída y releída, comentada por los maestros, conservada por los escribas, meditada, gustada y regustada en el rumiar atento y devoto de la liturgia de la sinagoga, sábado tras sábado.
Y de qué habla esta historia, habla precisamente de cómo el Dios de la salvación, el Dios del Pueblo de Israel no ha actuado nunca -ni lo hará- constreñido en los márgenes de la cultura: su Palabra pronunciada en palabras humanas siempre ha reventado los moldes de esas palabras que ha escogido para revelarse; su Palabra ha urgido a los hombres que las han proferido, que las han escuchado, que las han trasmitido, a descubrir en esas mismas palabras cotidianas, desgastadas muchas de ellas por el uso a lo largo de los siglos, significados nuevos, provocadores, desafiantes.
Su Acción ha sido, por su parte, asimismo libre y soberana en relación a los que lo han querido someter al control de los preceptos, a los que lo han querido domesticar con ritos: si la cultura del Mediterráneo desde antiguo había sido una cultura de señores y patriarcas, de pueblos poderosos que con el bronce o con el hierro habían sometido a los demás pueblos, este Dios ha hecho su opción por los débiles, por el más pequeño de los pueblos, con el que ha querido hacerse compañero en su peregrinar, por el hermano menor más que por el primogénito, al que le ha entregado el dominio de su casa, por la mujer que contra toda previsión ha vencido la soberbia patriarcal y guerrera, por los pobres que han aprendido que Él y sólo Él es su Go-Él, el defensor que no defrauda…
¿Cómo no haber aprendido que este mismo Dios, que ha hecho de los débiles su opción, que ha escogido al más pequeño de los pueblos, para revelarse como Salvador, es el que ahora desde la opaca pequeñez de las manos de un vecino pobre de una aldea insignificante, está desafiándonos a reconocer el inconmensurable esplendor de su Gloria. Este pueblo tendría que haber aprendido que Dios nos hace crecer a golpes de maravilla y sorpresa. El nuevo pueblo que se está configurando en el andar del Evangelio de Marcos, será uno que no se avergüence, sino se llene de gozo –con el gozo franco e incontenible de los pobres- al reconocer como Dios al Carpintero de Nazaret.
Raúl Moris G. Pbro.

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