La Familia del Señor…

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado». Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios». Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir, Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llega a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa. Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre». Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro». Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera». El les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre». (Mc 3, 20-35)


Para tener en cuenta:
Acontece una situación extremadamente compleja al comienzo del ministerio público de Jesús en Galilea, según nos relata el primer evangelista en el relato de hoy; máxime si la ubicamos en relación con los capítulos precedentes.
Al concluir la misión de Juan, el Bautista, Jesús ha comenzado su propio ministerio público, saliendo a recorrer los caminos de Galilea, para anunciar el tiempo del cumplimiento de las promesas de Dios y la urgente llamada al cambio radical de mentalidad y vida, que el Evangelio llamará Metanoia, la Conversión, esta puesta en camino y estas palabras estarán acompañadas por acciones portentosas, que Jesús va realizando: sanaciones, numerosas expulsiones de demonios, y acompañada también con la búsqueda de Discípulos, hombres sencillos de su entorno, que escuchando las palabras del Señor y cautivados por su presencia, son capaces de dejar sus asuntos, sus propias familias y ocupaciones, con tal de libremente emprender su seguimiento.
La descripción de las primeras actividades del ministerio de Jesús, no estarán, sin embargo, libres de elementos inquietantes: su propio ministerio itinerante, la declaración que el propio Jesús hace acerca del valor simbólico y teológico de sus numerosas sanaciones: son el anuncio palpable de que el Reino ya está actuando, que ha llegado el tiempo de la gracia y de la reconciliación con la misericordia de Dios; de este Señor que se ha puesto en camino para volver a afirmar su predilección por los pequeños de su pueblo, que ahora, junto a los pobres, incluye a los pecadores; también ellos, y con especial énfasis, están invitados a gustar de la cercanía de Aquél, que llama a la vida a todos, sin exclusiones.
Este proceso culmina con la elección de los Doce, el primer “acto institucional” que realiza Jesús, en los que sienta las bases de esta nueva comunidad, (en Marcos, todavía no será llamada “Iglesia”), llamada a compartir la vida del Señor y su misión: (los creó Doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, dirá Mc 3, 14).
Sin embargo, ahora aparece un nuevo elemento, que pondrá su atención no tanto en las acciones de Jesús, sino en las reacciones que su presencia y su ministerio provocan; reacciones que serán la antesala del dramático avance de Jesús en su ministerio, en cuanto signo de contradicción, el Mesías que no viene simplemente a colmar las expectativas que la tradición de Israel había implantado, para modelar la esperanza del Pueblo, sino, corriendo el riesgo de la incomprensión hasta el extremo de la muerte en cruz, anunciar la totalidad del plan salvador, que se revelará con notas radicalmente inéditas.
Reacciones que darán cuenta de la dificultad de acceder a la propuesta de seguimiento de Jesús, con toda su incómoda contraculturalidad, que se observará fundamentalmente en la mención a la familia, que lo observa de cerca, pero sin involucrarse en su seguimiento; y las acusaciones con que los Escribas tratan de desacreditarlo, acusaciones que no solo darán cuenta de la inflexible ceguera de las autoridades religiosas, sino del pecado el que incurren al negarse a reconocer la presencia del Espíritu del Señor en las acciones de Jesús.
La familia de Jesús, su entorno más íntimo, se manifiesta incapaz de salir de la cultura del honor en la que ha crecido, la acusación de que Jesús es un “exaltado”, (en griego, la expresión es exéstē, “fuera de sí”), tos conmueve profundamente, al punto que se ponen en camino, para llamarlo a la cordura, o eventualmente mantenerlo en buen recaudo; el deshonor que cae sobre una familia, al tener un miembro que rompe con los moldes establecidos, al punto de parecer estar fuera de la cordura, es algo que a los hombres del s I, generaba una inquietud mayúscula; la mala fama de Jesús, podía no solo acabar con él, sino también con las relaciones que su familia establece con el entorno: quién va a querer establecer vínculos con una familia que alberga tales miembros en su seno, la excentricidad, la locura, podrían ser contagiosas, las impureza en la que Jesús podía incurría, al correr el riesgo de moverse en los márgenes, no solo lo contaminan a él, sino también a sus cercanos. Es por eso que sus parientes lo buscan, al comienzo del relato, para llevárselo, sacándolo de circulación, y por lo mismo, cuando lo encuentran, se quedan, no obstante, fuera de la casa en la que Jesús permanece con sus seguidores, marcando así la distancia, para no ser sindicados entre el número de los inadaptados que lo rodean.
El caso de desconocimiento de la obra del Espíritu en Jesús, declarado por los Escribas es peor, al punto que la acusación del Señor es gravísima: les imputa el cargo de blasfemia contra el Espíritu Santo; es un gravísimo cargo, ya que quiénes mejor que los expertos en la Ley, que los árbitros de la fe del pueblo, que quienes han hecho del escrutar las Sagradas Escrituras, su oficio, para reconocer las señales del paso de Dios en medio de su pueblo.
El empecinamiento de los Escribas, es de una tozudez culpable, pesa más en ellos el hecho de que Jesús sea un outsider, mirado desde el punto de vista de la Ley y la tradición de Israel, que el que la coherencia entre sus palabras y acciones sea el signo que manifiesta la presencia sorprendente y desafiante del Dios-con nosotros. La ceguera de los escribas, por tanto, arrastra consigo su propia condenación.
Este acontecimiento que da cuenta de las primeras resistencias ante el actuar de Jesús, y que muestra el camino por donde va a transitar el Evangelio, culmina, sin embargo con una buena noticia: termina el pasaje, con Jesús en su casa rodeado de aquellos que tienen la apertura de mente y corazón y la valentía, como para reconocer la Salvación que ha salido a su encuentro: serán los Discípulos que constituirán para Jesús, algo mayor que un grupo de seguidores fieles, algo mayor que auditores que se sienten convocados por Su Palabra y están dispuestos a emprender el camino; serán el germen de una nueva Familia, una familia fundada en el esperanzado reconocimiento de la presencia del Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, animándola en su peregrinar, una familia, que es la vocación primera de este grupo de convocados al seguimiento, que llegará a ser llamado Iglesia.
Raúl Moris G.

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