Proclamar en nuestras lenguas las Maravillas de Dios… Dgo. 20 de Mayo, Solemn. De Pentecostés

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Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga  de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían. “¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y en Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. (Hch 2, 1-11)

Para tener en cuenta:

Siete semanas después de la Pascua, el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa el acontecimiento que va a señalar el punto de partida del ministerio de la Iglesia, que recibe en Pentecostés la vocación de ser Una y Múltiple: un solo corazón, una sola alma, pero ha recibido también del Espíritu el don de poder expresar esa unidad salvando todos los matices, todas las inflexiones que enriquecen la experiencia humana, la vida de los pueblos expresada en sus propias voces, para que el mundo crea.

Siete semanas después de la Pascua el Pueblo de Israel celebraba Pentecostés, el día cincuenta, antigua fiesta de las primicias de las cosechas, es decir, la fiesta en la que se le ofrecía a Dios el fruto temprano de los trabajos agrícolas, fiesta luego transformada con el correr de la tradición, y por su cercanía con la Pascua, en la conmemoración de la Alianza hecha en el monte Sinaí entre el Pueblo y Yahveh, su Dios: en efecto, la tradición de Israel contaba 49 días de peregrinación desde la salida de Egipto hasta la asamblea celebrada al pie del monte Sinaí, para celebrar el día 50, como aquel en que Dios mismo había entregado al Pueblo Elegido, constituido como asamblea, una primicia inédita: la Ley.

Esta es la fecha en la que el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa el acontecimiento que va a señalar el punto de partida del ministerio de la Iglesia, acontecimiento que es al mismo tiempo también Primicia y Confirmación de la Alianza definitiva e indisoluble entre el Dios y los hombres, entre Cristo y su Iglesia; Primicia, porque se trata de la Iglesia temprana, primer fruto de la Resurrección; Alianza definitiva que revela el sentido de la Antigua Alianza como su prefiguración y preparación para cuando los tiempos estuvieran maduros para anunciarle al mundo entero que el Señor ha salido en búsqueda de la humanidad.

El misterio que se nos revela en Pentecostés, es el de la libertad de la iniciativa de la presencia misteriosa de Dios que inundará para siempre la vida de la Iglesia: los discípulos aguardaban juntos el cumplimiento de la última promesa del Señor, tal como había sido formulada la voluntad de Jesús, según Lucas nos cuenta en el relato de la Ascensión al final de su Evangelio; esperaban, sin saber cuándo ni cómo iba a suceder este envío prometido; aguardaban por fidelidad y obediencia al amigo, velaban en oración y en comunión con su tradición, en Pentecostés estaban juntos para celebrar el recuerdo de la Alianza, sabiéndose hijos y herederos de esta Alianza en la que se nutría toda la esperanza del pueblo de Israel.

Pero acontece lo insospechado: la irrupción una vez más del Señor que les había abierto los ojos y el corazón al misterio de la resurrección; pero ahora se trata de la presencia viva de ese Espíritu de Dios que escapa a toda definición, que sólo puede ser aludido mediante imágenes elusivas: las mismas con las que el Antiguo Testamento registraba el actuar de Dios desde el relato de la creación: Viento, Fuego, Agua que fluye: Soplo de Dios que agita sus alas sobre las aguas tumultuosas del universo en confusión, Hálito de Dios que insufla vida sobre toda carne, Viento de Dios que separa las aguas del Mar Rojo en la epopeya de la liberación, Brisa de Dios reconocida como Su Presencia por los profetas; Fuego inextinguible del Señor que le anuncia la liberación a Moisés; Fuego y Nube del Señor, que conduce al Pueblo de Dios y confunde a sus enemigos, Fuego y Nube que vela y revela, que manifiesta y oculta Su Presencia en la Morada del Encuentro; Fuego de Dios que purifica los labios del profeta y los arrebata en visiones; Torrente de Agua que brota del Templo y hace fértil el desierto; Lluvia de Dios que riega la estepa y anuncia la presencia del Justo; Manantial de Agua viva que brota de la entraña del Señor y despierta en el que se abre al Don de Dios la fuente inagotable que fluye hasta la Vida Eterna; Agua bautismal que purifica y regenera…
Ésta es la Presencia que van a experimentar los Apóstoles y Discípulos reunidos en oración, Presencia que va a inflamar la vida de estos hombre y mujeres y los va a convertir en testigos del Resucitado, que una vez más ha tomado la iniciativa de comunicar su vida y derramarla pródigo sobre la comunidad entera.

Iniciativa del Señor que asiste a su nuevo pueblo, a la Iglesia y la quiere Una y Diversa: los discípulos -nos cuenta el relato de los Hechos- perseveraban unidos en oración; pero sobre esta asamblea el Espíritu Santo se derrama distintamente: vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos; el Espíritu desciende sobre todos, sobre toda la Iglesia, pero según el querer de la Gracia para cada uno y en la medida de la vocación y misión a la que cada cual está llamado.

Iniciativa de Dios que abre las puertas de la comunidad apostólica al mundo: hasta ese momento la actividad de la comunidad que estaba volviendo a ponerse en camino, empezando a comprender el sentido y a cultivar la esperanza a partir de la experiencia pascual, parece ser una actividad de puertas adentro, al calor familiar de la casa común en donde todos los que pertenecen se reconocen en un mismo hablar y sentir; sin embargo el Espíritu quiere otra cosa: a la escena primera del relato, que acontece al abrigo de las paredes familiares, le sucede la irrupción de estos hombres venidos de todas partes, que sin duda eran capaces de hablar la lengua común: bien el griego o el arameo; pero que se encuentran con este primer signo del nuevo orden de cosas: cada uno los oía hablar en su propia lengua; el grupo de los discípulos y apóstoles se encuentra cara a cara con la expresión más patente de la diversidad, y ante esta diversidad se encuentra con que el Espíritu Santo los ha capacitado para el anuncio y el envío.

No será necesaria una sola lengua común para poder proclamar la buena noticia del Señor, no se habrá de anunciar de un solo modo que Dios quiere hacer una Alianza sin exclusiones, no será necesario empeñarse en la uniformidad para que la unidad, querida por el Padre, tenga lugar con el concurso de toda la humanidad.

La Iglesia recibe en Pentecostés la vocación de ser Una y Múltiple: un solo corazón, una sola alma, como dirá más adelante el mismo texto de los Hechos para hablar de la primera comunidad, pero que ha recibido del Espíritu el don de poder expresar esa unidad salvando todos los matices, todas las inflexiones que enriquecen la experiencia humana, la vida de los pueblos expresada en sus voces.

Con Pentecostés se cierra la herida abierta en Babel, la ruptura del cielo con la tierra, la experiencia de la diversidad de las lenguas como fuente y ocasión de confusión, de malos entendidos, de sobreentendidos, que siembran el dolor y enlutan la historia de la humanidad.

Con Pentecostés, la historia de este Dios que sale al camino en nuestra búsqueda, manifiesta cuánto ama también Él esta diversidad en la que florece, multiforme y colorida, la experiencia de los hombres y mujeres en el mundo, al punto de no querer forzar un solo modo de transmitirnos su amor, al punto de no querer restaurar una utópica lengua adámica, sino salir Él mismo -su Espíritu- abriendo los labios de los Apóstoles, para que puedan modular su Buena Noticia en todos los timbres de la voz humana, para que todos podamos decir junto a esos hombres asombrados ante la puerta de la primera Iglesia: todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.
Raúl Moris G. Pbro.

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