Dgo. 29 de Abril, 5to de Pascua Permanecer en su Amor…

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Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios gracias a la palabra que les he dicho. Permanezcan en Mí, como yo en ustedes. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en Mí. (Jn 15,1-8)

 

Para tener en cuenta:

Una de las tareas más difíciles de la vida del creyente consiste en la permanencia, en la perseverancia para mantener, en la cotidianeidad de la vida, el tono espiritual que alcanzamos en los momentos fuertes de la presencia del Señor. El permanecer unidos al tronco original, implica dejar fluir por sus ramas la misma savia vivificante que brota de la vid primera, Cristo; pero supone también dejarse moldear por el Padre, del mismo modo con que moldeó al Hijo, en la entrega sin reparos, en la pobreza generosa, en el total despojamiento, en la obediencia que se prueba de manera definitiva cuando es alzado en la cruz.

 

Quién no ha experimentado, con algo de sensación de culpa y tristeza, cómo se va enfriando el entusiasmo con la distancia, cuánto nos cuesta mantener vivo el mismo sentimiento que alguna vez abrigamos por una amigo, si es que éste se encuentra lejos; cuánto nos cuesta ser fieles al proyecto común que alguna vez trazamos juntos… o en nuestra vida de Iglesia… durante la celebración de la Semana Santa, en la Vigilia de Pentecostés, en las fiestas de Navidad, cuán pronta estaba la fe, cuán capaces nos sentíamos de responder con un sí firme al Señor y de jugarnos la vida en su seguimiento; cómo nos habíamos llenado de esperanza, de buenos propósitos, de sentido de comunión…, y cuán rápido hemos vuelto al caminar del día a día, en que nos cuestan tanto las reuniones, en donde nos es tan difícil soportarnos unos a otros, en donde somos tan prontos a la suspicacia y al juicio y tan tardos en la acogida y en la misericordia, en donde hay tantas otras cosas que nos urgen, en donde hay tan poco tiempo para detenerse a revisar la vida, a reavivar la memoria…

 

La comunidad del Evangelista Juan debió haber estado pasando por una situación semejante en su andar de Iglesia joven cuando recordó estas palabras; en esta situación o quizá peor: en un estado de creciente desesperanza: ya han pasado muchos años desde que Jesús le había confiado secretos y misión al Discípulo Amado  -este Evangelio ve la luz a fines de la década del 90- ya muchos de los primeros testigos han muerto, ya ha conocido la Iglesia naciente la exaltación y el dolor de las primeras persecuciones, y la tibieza de los nuevos miembros cuando el número de creyente se masifica; ¡y el Señor, que había prometido que habría de volver en su gloria se está tardando tanto!

 

Es por eso que este Evangelio va a insistir tantas veces en el verbo “permanecer”, que en griego se dice: menõ, mismo verbo que significa “esperar”: permanecer es cultivar una espera activa, una espera en tensión, capaz de dar frutos a partir de esa misma tensión; una espera que supone fidelidad; la fidelidad de la comunidad que se echa tanto de menos a lo largo de la historia de amor entre Dios y su pueblo; por cierto, no es casual que la figura escogida en este pasaje para ilustrar la permanencia fiel y fecunda sea la de la Vid; la misma que en el Antiguo Testamento aparece en la Canción de la Viña, del Profeta Isaías, uno de los más bellos poemas que reprochan la estéril falta de fe, la incapacidad de corresponder con frutos apropiados al don gratuito del amor (cf.Is 5, 1-7), en suma, la contumaz indiferencia e infidelidad de la humanidad a los esfuerzos que brotan desde lo profundo del querer de Dios.

El permanecer unidos al tronco original, sin lo cual para el sarmiento no hay fecundidad alguna posible en el aventurarse por la senda de la salvación,  implica dejar fluir por sus ramas la misma savia vivificante que brota de la vid primera, Cristo; pero supone también dejarse moldear por el Padre del mismo modo con que moldeó al Hijo, en la entrega sin reparos, en la pobreza generosa, en el total despojamiento, en la obediencia que se prueba de manera definitiva cuando es alzado en la cruz.

 

Por eso, la permanencia vigilante que nos pide el Evangelio no está exenta de dolor, lo que hace de este Evangelio una buena noticia ardua (una de las razones que en nuestros días dificultan la perseverancia y la fidelidad está en la pérdida de tolerancia al dolor que experimentamos como algo natural y esperable en una cultura que genera analgésicos cada vez más eficaces).

 

La cuestión del dolor se desliza en este pasaje a partir del uso del sentido doble de un mismo verbo: en griego kathairõ, que significa purificar, limpiar; pero también, podar; las primeras comunidades cristianas por cierto habían conocido el proceso del corte radical que acaba con la vida del sarmiento, eran comunidades que habían sido testigos tanto de cómo algunos de sus miembros habían abandonado el seguimiento pedido por el Señor, por miedo, desesperanza, frustración de las ilusiones o de las pretensiones originales que los había llevado a acercarse a la Iglesia; pero también habían sabido del dolor de la poda: aquellos miembros de la comunidad que habían visto fortalecida su fe, en medio de la persecución –e incluso mediante ella-, en medio de la angustia y de la tribulación, la experiencia de aquellos miembros que con la ayuda del Espíritu Santo se esforzaban en constituir una Iglesia que regada ya por la sangre de los primeros mártires estaba dando frutos abundantes.

 

La parra podada por el viñador, sin duda sufre el dolor de los cortes, pero sin ese tratamiento no sería capaz de producir los racimos esperados, así también sucede con la vida cristiana cuando se toma en serio, cuando se intenta edificar con fidelidad al modelo original: el del Resucitado, que muestra en su cuerpo las marcas de la cruz y revela así el sentido último, de este dolor, el más fecundo, el que nos ha alcanzado la salvación.

 

La gloria de mi Padre…: resplandece de alegría el rostro del Padre cada vez que, contemplando su creación, puede decir de ella que está bien hecha; aquí esta creación bien hecha se manifiesta en los frutos del discípulo, en la adhesión fecunda del que se reconoce como seguidor de Cristo y se esfuerza por ser coherente en sus gestos, palabras y realizaciones; en ser fiel a esa llamada a la comunión, que se expresa en esa certeza de saberse escogido -y apremiado- para algo grande, de sentirse acogido y escuchado por el Padre, que ve como la vid que plantó en su Hijo, cubre de brotes y pámpanos la tierra entera.

Raúl Moris G. Pbro.

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