Dgo. 22 de Abril, 4to de Pascua El Oficio del Buen Pastor

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Jesús dijo: “Yo soy el Buen Pastor. El Buen pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas. Yo soy el Buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí –como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. (Jn 10, 11-18)

 

Para tener en cuenta…

La Iglesia ha elegido el cuarto domingo de Pascua, Domingo del Buen Pastor, para hacer oración por la vocación al Sacerdocio Ministerial. Hemos de pedir con insistencia al Padre para que suscite en medio de su pueblo pastores para su Iglesia, que aprendan del Buen Pastor a entregar con empeño su vida en el ejercicio de su oficio, a conocer y amar a la porción del rebaño que les ha sido encomendada como propia, a jugarse la vida para conducirla a la experiencia de amor en la que se funda todo esfuerzo de

a Iglesia: el amor del Padre que nos regaló a su Hijo como el Buen Pastor para así alcanzar la vida en plenitud.  

La figura del Pastor fue elegida desde muy antiguo en la cultura semita, cultura a la que pertenece el pueblo de Israel como una de las figuras para ilustrar el oficio de la conducción; la descarnada crítica de algunos profetas a los miembros de la clase sacerdotal y a los reyes en el Antiguo Testamento, se centrará precisamente en que son pastores que han olvidado y abandonado su oficio.

Del mismo modo ocurre en los versículos iniciales de este pasaje, cuando se hace la comparación entre el Pastor y el Asalariado; lo que está en juego aquí no es en rigor el comportamiento de un asalariado, que no hace más que lo que estrictamente le exige su trabajo y que no tiene un compromiso más allá del funcional con las ovejas –no le pertenecen, no le son propias, ni es dueño de las ovejas, dice el texto, y por eso, entre su vida y la vida de las ovejas, opta por la propia y huye en el momento en que aparece el lobo- de hecho, si el oficio es ser asalariado, se puede y se debe ser bueno en eso, y cumplir cabal y eficazmente todo lo que implica el contrato.

Lo que se está denunciando es la actitud de quien teniendo el oficio de Pastor, se comporte como si sólo fuera asalariado, centrado en si mismo y en sus necesidades, (no importa aquí cuál o cuánto es el importe del salario, lo que caracteriza al asalariado es que en el centro de sus preocupaciones sólo está él mismo); se trata de una crítica al sacerdocio judío de los tiempos de Jesús, pero es mucho más que eso, es una invitación al seguimiento del Señor en su oficio de único Pastor verdadero, en su oficio no de pastor ordinario, sino de Buen Pastor.

Este oficio se desplegará en los verbos con los que Jesús se refiere a la acción del Buen pastor: dar la vida, conocer, considerar como algo propio al rebaño, conducir, amar.

El Buen pastor da su vida por las ovejas: Cinco veces en el texto aparece la expresión “dar la vida” e inevitablemente el lector de este pasaje recordará el gesto supremo de la Crucifixión, el acto extremo de donación que corona la vida de Jesús, sin embargo aquí hay algo más; el Cuarto Evangelista escribe en griego, y conoce y usa  los verbos dídomi, “dar”, como ocurre en Jn 3,16 y paradídomi “entregar” como en 13, 21; sin embargo aquí utiliza otro verbo, el verbo títhemi, cuyo primer sentido es “poner, exponer”, “dedicar” “empeñar”, entre otros muchos; el sentido aquí no apunta sólo al momento supremo de la vida del Pastor, a saber: su muerte por la vida del rebaño, sino a una vida entera empeñada a favor de las ovejas, el Buen Pastor se juega la vida en su oficio; en cada momento de esa vida, el Buen Pastor es heroico, no sólo por el heroísmo de la entrega última y definitiva, sino por el cotidiano esfuerzo en que va entregando su vida para que sea consumida por el bien del rebaño; en ese mismo sentido aparecerá este verbo en la respuesta que desde el entusiasmo grita Pedro a Jesús en Jn 13, 37 y en la réplica de Jesús a este entusiasmado propósito cuando le predice la negación: la donación, la dedicación de la vida, no implica sólo descubrir el pecho en el momento del sacrificio extremo, -lo que podría acontecer incluso en un momento de irresoluta temeridad-  sino implica poner empeño día a día, cuando el calor agobia, cuando el cuerpo del pastor hace su reclamo, cuando el rebaño se resiste a ser conducido, para que las ovejas alcancen la vida en plenitud.

Conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí: El conocer del Pastor implica intimidad con las ovejas; el Cuarto Evangelista escribe en griego, pero piensa en arameo; el uso semita del verbo conocer va mucho más allá de nuestro uso; no se trata sólo de un conocer intelectual, de un saber acerca de las ovejas, de lo que necesitan, o peor, de lo que se me ocurre a mí que ellas precisan; sino de una relación en la que está comprometida toda la existencia del Pastor, no sólo lo que sabe, sino también lo que siente y quiere; el Buen Pastor no sólo posee un saber que le permite conducir a las ovejas, sino que este saber brota desde una experiencia de amor que lo configura como ese Buen Pastor, en la que se sostiene precisamente el primero de los verbos de su oficio: empeñar la propia vida por el rebaño. Experiencia que nace y conduce desde y hacia una misma fuente: Como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre: el conocer del Pastor a las ovejas tiene como origen y como destino su propia y fundante experiencia del conocimiento amoroso, allí donde aprendió a conocer y a amar, allí es hacia donde habrá de conducir a las ovejas: al conocimiento enamorado del Padre.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil y a las que debo conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo rebaño y un solo Pastor: La diferencia entre el Pastor y el Asalariado radica en la relación con el rebaño; para el asalariado las ovejas son ajenas, no son de su propiedad, no las posee como suyas;  para el Buen Pastor son propias, no en el sentido de que sean posesión suya, sino en el sentido de la pertenencia mutua; hay pertenencia y confianza entre el pastor y las ovejas, o mejor dicho, sus ovejas; pertenencia que actúa como cimiento del deber ineludible de la conducción: para eso se es Pastor: para conducir a las ovejas hacia el alimento y la vida abundante; sin embargo, como este conocimiento y sentido de pertenencia nacen de la vivencia del agape, del amor difusivo, esta pertenencia no cierra el corazón del Pastor a la existencia y a las necesidades de otras ovejas; por definición el agape es inclusivo: la capacidad de ensanche del corazón del Buen Pastor es ilimitada, y por tanto, alcanza para las ovejas que, aunque todavía no lo conozcan, cuando escuchen su voz habrán de querer pertenecerle, ser contadas entre las suyas.

Hay confianza también de parte del Pastor hacia las ovejas, confianza que nace del mutuo conocimiento en el amor: no existe duda en el Pastor acerca de la respuesta de sus ovejas: ellas oirán mi voz; confianza, además que le permite invitar a compartir con el rebaño la responsabilidad de la consecución de la meta: así habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

La Iglesia ha elegido este Domingo, el cuarto de Pascua, Domingo del Buen Pastor, para hacer oración por las vocaciones, en particular por la vocación al Sacerdocio Ministerial, el contenido de nuestra oración ha de estar centrado en estos verbos, ha de estar centrado en pedir al Padre para que suscite en medio de su pueblo pastores para su Iglesia, que aprendan del Buen Pastor a entregar con empeño su vida en el ejercicio de su oficio, a conocer y amar a la porción del rebaño que le ha sido encomendada como propia, a jugarse la vida para conducirla a la experiencia de amor en la que se funda todo esfuerzo de la Iglesia: el amor del Padre que nos regaló a su Hijo como el Buen Pastor para así alcanzar la vida en plenitud.  

Raúl Moris G, Pbro.  

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