Dgo. 15 de Abril, 3to de Pascua, Ustedes son Testigos de Esto…

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…Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: “así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía ser predicada a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto.

(Lc 24, 35-48)

Para tener en cuenta…

 

Los discípulos son enviados como testigos de la Buena Noticia de la Resurrección, la que requiere una nueva inteligencia, una comprensión nueva. San Lucas va a hacer sujeto al Señor Resucitado de ese proceso de apertura a esta nueva inteligencia. En esa triple acción de apertura: de los ojos, de las Escrituras, de la inteligencia, que el Evangelista narra en el cap. 24, está relatado el proceso de fe, que convirtió a los discípulos, temerosos y faltos de entendimiento, en heraldos elocuentes y testigos audaces del Evangelio.
El hecho y el modo de la resurrección de Jesucristo es un tema que las primeras comunidades, que se reorganizaron a partir de la experiencia pascual, tuvieron que trabajar cuidadosamente; en primer lugar, porque se estaba hablando del acontecimiento fundante de la nueva vida de la comunidad: la resurrección de Jesús es el nuevo punto de partida de este grupo de discípulos y apóstoles que ahora son Iglesia, y porque es el contenido primero y primordial del anuncio que tiene que entregar al mundo; clave además del sentido de su quehacer y de comprensión de su propia identidad: en otras palabras, la existencia misma de la Iglesia y de su misión no se entiende sino a partir de este acontecimiento: la Resurrección.
En segundo lugar, porque hablar de la Resurrección implica tratar de un hecho absolutamente inédito, de un acontecimiento que no cabe situarlo en el continuo de la historia, sino de un evento que irrumpe y rompe de forma absoluta la trama del tejido de la historia humana, porque la Resurrección de Cristo no es la reanimación de un cadáver (como lo había sido en los casos que nos transmiten los mismos Evangelios como milagros realizados por Jesús en el transcurso de su ministerio público: la resurrección de Lázaro, la de la hija de Jairo, la del hijo de la Viuda de Naím); Jesucristo resucitado no ha vuelto a la vida ordinaria, como tampoco habrá ya de morir de nuevo, sino que su Resurrección lo sitúa en una dimensión completamente otra, completamente distinta de la nuestra: la eternidad, a la que ha ingresado, no obstante, con la misma identidad: el Resucitado es el mismo que ha sido crucificado, pero, al mismo tiempo, es ya otro: ha sido constituido Señor, la Encarnación se ha revelado en toda su tremenda plenitud, la humanidad ha sido asumida y ha sido ingresada al seno de la Trinidad para siempre; por eso –y en esto insisten todos los relatos de la Resurrección, tanto en los Evangelios como en San Pablo (cf 1Cor 15)- no será visto por todos, sino sólo por aquellos a los que Él quiere manifestarse, sólo por aquellos por los cuales Él se deja ver, los que a su vez sólo pueden tener parte en esto –la visión del Resucitado- desde la experiencia de la Fe.
¿Cómo enfrenta Lucas el desafío de proclamar que la Resurrección no es ni una alucinación colectiva que la comunidad vive, ni una metáfora para decir que el recuerdo del Señor anima la vida de la comunidad en el sentido que tendría una expresión del tipo de: “Jesucristo está vivo en la memoria de sus discípulos”, ni una flagrante impostura? lo enfrenta insistiendo en el tema de la realidad del cuerpo del Resucitado: Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean, esta insistencia, a su vez tiene un doble objetivo, llegar con el anuncio tanto a los miembros judíos de la comunidad lucana como a los de cultura y procedencia griega, para los primeros, que no conciben la existencia del hombre sin un cuerpo, para los segundos, a los que se les haría más fácil entender una aparición incorpórea, porque les era más atractivo concebir algo como la inmortalidad del alma que la re-creación del hombre entero con su corporeidad; la Resurrección es real en la misma medida en que es inédito y sorprendente ese cuerpo de Cristo, que escapa, por una parte de las leyes físicas que rigen a todos los cuerpos, pero que por otra realiza lo que un cuerpo real es capaz de realizar: se comunica, se puede palpar, es capaz de alimentarse.
Los discípulos son enviados como testigos de esta Buena Noticia, la que requiere una nueva inteligencia, una comprensión nueva, tanto del hecho de la Resurrección, como de la Pasión y Muerte de Jesús, como de las Escrituras, es decir del Antiguo Testamento, que va a proporcionar los expedientes y el marco literario en que la experiencia pascual va poder ser traducida en forma de relato.
De ese proceso de apertura a la nueva inteligencia de las Escrituras por parte de los discípulos también Lucas va a hacer sujeto al Resucitado, de Él dependerán los tres momentos que el Evangelista consigna tanto en el relato de los Peregrinos de Emmaús (Lc 24, 31-32), como en el v. 45 del relato de hoy: por la acción del Resucitado a los peregrinos les fueron abiertos los ojos al momento de la fracción del pan, de modo de reconocerlo como el Señor, abiertos los ojos, son capaces de comprender que lo que el Forastero del camino ha hecho es abrirles el sentido de las Escrituras; por su parte, en el relato de la siguiente aparición, el Señor a todos los discípulos reunidos les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras… en esa triple acción de apertura, de los ojos, de las Escrituras, de la inteligencia, está relatado el proceso de fe, apertura de esta inteligencia nueva, que convirtió a los temerosos y faltos de entendimiento discípulos, en heraldos elocuentes y testigos audaces del Evangelio, audacia y elocuencia que no surgirá de ellos mismos sino que tendrá como único fundamento la acción de Jesús, el Señor.

Termina el relato del Evangelio con el anuncio de la Misión: ser testigos para provocar la metanoia, la conversión, para proclamar el tiempo de gracia: el perdón de los pecados, y aquí se nos anuncia otra buena noticia: que el primer afán del Señor es anunciar la alegría, que el Señor no espera a que nos convirtamos para darnos a conocer el Don de su amor, sino que la conversión, el cambio de mentalidad (meta-noia) al que los cristianos estamos llamados para así llegar a transformar nuestra realidad y explicitar la presencia del Reino, no es requisito, no es exigencia previa para alcanzar el favor del Señor, porque la salvación no es mérito sino gracia, sino fruto gozoso de la contemplación del prodigioso amor que Dios nos ha tenido y nos sigue teniendo, amor del Padre que entrega a su Hijo para que respondamos todos en Él al amor, amor del Hijo, Encarnado, Crucificado, Resucitado y entregado como alimento en cada Eucaristía, amor del Espíritu Santo que sigue abriéndonos los ojos, la inteligencia, el corazón y las Escrituras, para que ahora nosotros nos prodiguemos, como Iglesia de Testigos para la salvación del mundo.

 

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