Dgo.06 de Mayo, 6to de Pascua Como Yo los He Amado…

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Éste es mi mandamiento: ámense los unos a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor mas grande que el que da la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no les llamo siervos, porque el siervo ignora lo que hace su señor, yo los he llamado amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y el fruto de ustedes permanezca. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, Él se los concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros. (Jn 15,9-17)

 

Para tener en cuenta:

No hay experiencia más gratificante ni más misteriosa que la de sentirse amado y saberse capaz de dar y recibir amor, experiencia que nos sumerge de lleno en el torrente de la vida, que hace que nos sintamos vivos y dispuestos a dar vida; porque la experiencia del amor nos admite en el ámbito de la pura gratuidad, fuente primera de la alegría, ámbito de la experiencia existencial de Dios. Éste es el don entregado por el Hijo que nos ha llamado Amigos, y que circula como savia por los sarmientos, como sangre por las venas de la Iglesia, por obra del Espíritu Santo; no hay alegría mayor que saberlo, sentirlo y disponerse a  anunciarlo.   

Esta experiencia se palpa vivamente en la amistad; quién no ha tenido un amigo o una amiga, al que ama profundamente y se siente igualmente acogido, comprendido, amado; quién no ha vivido, especialmente en las etapas tempranas de la vida, en la niñez, en la adolescencia, cuando todo nos aparece inédito delante de los ojos, al alcance de la mano, cuando el mundo está de puertas abiertas, dispuesto a ser descubierto y conquistado, esas amistades “heroicas”, en donde jugarse la vida por el amigo nos parece no sólo posible, sino lo único plausible, esas amistades de largas horas compartidas, de pequeñas y grandes aventuras emprendidas, esas amistades en las que la lealtad se sueña a toda prueba, esas amistades en las que el tiempo perdido con el amigo, es tiempo gratamente ganado.

Y, por otra parte, ¿quién podría explicar la razón exacta por la cual esa amistad nació? ¿quién podría dar cuenta de los exactos criterios por los cuales ha “elegido” a sus amigos?

Cierto es que del trato cotidiano, del mucho encontrarse con distintas gentes en distintos asuntos y funciones, suelen también nacer relaciones cercanas, gratas, cierto es que también algunas veces calculamos con quién nos conviene relacionarnos, y luego del cálculo nos ponemos en campaña para conseguir esa relación -mal que mal nos necesitamos unos a otros, mal que mal nos complementamos unos con otros en la marcha de la vida que suele ser ardua- sin embargo, a la experiencia de la amistad genuina, no sabemos cómo llegamos, la recibimos como un regalo, y allí radica su encanto de regalo precioso y frágil, de regalo cálido y vivificante, de ofrecimiento gratuito: No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes; y no obstante exigente: y los destiné para que vayan y den fruto, y el fruto de ustedes permanezca; sólo entiende de verdad el alcance de esta experiencia de amistad que Jesús nos transmite y ofrece en este Evangelio, quien se haya entrenado largamente en la práctica de querer a sus amigos, de dejarse querer y de caminar descubriendo el mundo junto con sus compañeros.

Yo los he llamado amigos… Es desde esta experiencia de la que parte Jesús para introducir a sus apóstoles a la revelación del misterio del amor; que no es otra cosa que la revelación de la existencia y el talante de Dios mismo; no los introduce en el misterio desde los nombres funcionales que los miembros de su comunidad estaban acostumbrados seguramente a escuchar: Discípulos: porque habían sido llamados a aprender del Maestro; Apóstoles, porque habían sido llamados para ser enviados, Seguidores y Siervos, porque al reconocerlo como Señor, cómo no querer de inmediato ponerse tras sus huellas y a su servicio; sin embargo la novedad de este fragmento del Evangelio de Juan, con el que concluye el discurso de la Vid y los Sarmientos, radica en este nuevo nombre, que Jesús revela como el primero: no es que los discípulos vayan a pasar ahora de ser siervos a ser amigos; ahora, después del tiempo recorrido, de las largas jornadas compartidas; declara Jesús que el nombre de “amigos” lo han recibido desde el principio, es su nombre originario: desde el momento de la elección que ha hecho de ellos, esa elección ha sido para que se sientan amados, para la vocación de saberse partícipes de la hondura de la vida misma, que ha brotado del amor irrefrenable del Padre y partícipes también del gozo de Jesús: porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

Si el acento en la primera parte del discurso de la Vid y los Sarmientos era la llamada insistente a la permanencia y la perseverancia en la adhesión al tronco fundamental que da vida a la Iglesia: el propio Cristo, única posibilidad de que esta vida sea fecunda, “porque separados de Mí, no pueden hacer nada”; el acento de esta segunda parte estará puesto sobre el fundamento de esa perseverancia: la experiencia del amor -y no de cualquier amor- del Agape, que vincula desde toda la eternidad al Padre con el Hijo.

La llamada a la permanencia tiene sólo este fin: que los discípulos puedan adentrarse en la experiencia existencial -que sobrepasa con creces un discurso de carácter meramente sentimental- de este amor primero que, desde su propia e intrínseca dinámica, sólo busca difundirse: que los discípulos, –amigos– se sepan y se sientan llamados a participar del mismo amor original que ha movido la historia entera: la Creación y la Historia de la Salvación; que los amigos se sepan y se sientan llamados a participar de esta misma Gracia que es también profunda exigencia.

Sientan y sepan que están llamados a experimentarla del mismo modo (Kathos) como la experimenta el propio Cristo: No se trata solo de amarse unos a otros, sino de hacerlo del mismo modo como Cristo recibe el amor del Padre y lo vuelca sobre la humanidad: Nadie tiene amor mas grande que el que da la vida por los amigos; retomando el tema de la vida entregada y empeñada por entero, a cada instante y hasta el instante supremo, que había sido el tema del discurso del Buen Pastor.

No se trata solo de la regla del amor que había sido acuñada en el Deuteronomio, y que los evangelistas sinópticos ponen en boca de Jesús como el resumen y la segunda parte de la perfecta síntesis de la Ley: Ama a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo; sino de abrirse a la experiencia de un amar totalmente nuevo y radical, cuyo modelo y regla es el amor del propio Cristo, modelo ilimitado, amor sin reserva ni medida.

No se trata sólo de cumplir los mandamientos sino de hacerlo del mismo modo en que los cumple Cristo: abrazándolos del todo para hacer vida la voluntad del Padre en nuestra vida cotidiana; de hecho no se trata de cumplir los mandamientos, (así en plural) como si éstos fueran un corpus de regulaciones de las cuales se nos habrá de tomar examen y cuya falta -la más mínima- no será olvidada, y al contrario, escrupulosamente cobrada; lejos está de esa imagen de Dios, ésta que nos da Jesús en el Cuarto Evangelio, cuyo amor por nosotros no es otra cosa sino la extensión del amor que lo une de manera indisoluble con el Padre. así nos ama, del mismo modo como él se sabe y se siente amado, para que sintamos y sepamos de la misma experiencia.

Se trata de abrirse a la experiencia radicalmente nueva de la amistad que se funda en el agape: el mandamiento único, con que se cierra el discurso de la Vid y los Sarmientos es éste: agapâte allélus; ámense unos a otros: vivan la experiencia del agape, que es la de amar de manera difusiva, fecunda y plena de alegría; la del amor que no conoce los celos, porque no quiere para sí como propiedad exclusiva a aquel a quien ama, sino que se goza en el sentirse y saberse partícipe de una relación de mutua pertenencia con el otro, la del amor que no va a estar evaluando constantemente cuánto cariño y cuidados merezco y se me niega, la del amor que no se siente obligado a responder agradecido a las muestras de afecto inmerecido, sino que simplemente ama, crece, se esponja, y pródigo se derrama en la absoluta libertad que nace de la gozosa experiencia de permitirse saber y sentirse plena y gratuitamente amado.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes… No existe experiencia más gratificante ni más misteriosa que la de sentirse amado y llamado a  amar, no hay fuente de alegría mayor que saberse incluido en la vertiente inagotable del amor del Padre, que ha llegado hasta nosotros a través del Hijo que nos ha llamado Amigos, y que circula como savia por los sarmientos, como sangre por las venas de la Iglesia por obra del Espíritu Santo, no hay alegría mayor que saberlo, sentirlo y disponerse a  anunciarlo.

Raúl Moris G. Pbro.

 

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