La Obediencia del Grano de Trigo…

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Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de Pascua. Éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: “Ha llegado la hora en que el hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no esté apegado a su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: <Padre, líbrame de esta hora> ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre!”. Entonces se oyó una voz del cielo: “Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar”. La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaban que era un trueno. Otros decían: “Le ha hablado un ángel”. Jesús respondió: “Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. (Jn 12, 20-32)


Para tener en cuenta…

Dios Padre ha salido a llamar al hombre y por fin ha encontrado respuesta a esa llamada, en el Hijo dispuesto a reconciliar cielo y tierra, atando la tierra y el cielo con el nudo indisoluble de la obediencia hasta la muerte en Cruz; en Jesús que toma la decisión de asumir en sí mismo la doliente vocación de la fecundidad del grano de trigo.

La Alianza propuesta por Dios a la humanidad desde toda la eternidad -Alianza nacida del amor primero del Padre, origen y sentido de toda su acción creadora- esperó paciente el momento en el que la humanidad, desde su libertad, diera una respuesta fiel; esperó y reiteró una y otra vez su llamada, al punto de que el Agape -ese amor siempre inclusivo y difusivo, propio del Padre- no dudó en ponerse en camino, en mostrarse indigente, buscando esa respuesta, insistiendo y reclamando la atención del amado, para despertarlo y ponerlo en marcha; así nos ha amado el Padre, así nos ama desde siempre y para siempre.

El Evangelio de hoy, propuesto para el quinto domingo de la Cuaresma, nos hace asistir al momento en que esa llamada eterna encuentra aquello que ha salido a buscar en el tiempo, al momento en que la voz del Padre del Cielo se encuentra con un eco, que con timbre de hombre, resuena desde la tierra; nos hace asistir al momento en que al pródigo amor del Padre, responde en Jesucristo, toda la humanidad, despojada y obediente.

En la resolución de Jesús de beber hasta el fondo del doloroso cáliz de la voluntad salvadora del Padre, y caminar con paso resuelto hacia la pasión y la cruz, se hace realidad la promesa de la Alianza nueva y definitiva, que en la primera lectura de este domingo anuncia el profeta Jeremías: la promesa de la Alianza y la Ley grabadas en el corazón del hombre para siempre, ya no más como imposiciones y preceptos externos, que deben ser acatados por temor, sino inscritos para siempre en la naturaleza humana restaurada.

Los Sinópticos sitúan el momento de la deliberación doliente y definitiva de Jesús en la noche de Getsemaní, y no ahorran esfuerzos para que podamos llegar a palpar la hondura que este episodio tiene en su itinerario de obediencia; Juan, en cambio, en su Evangelio omite el relato de la agonía nocturna en el huerto y con máxima sobriedad, ubica este suceso decisivo en el pasaje que estamos comentando:

Está avanzando la última semana del ministerio público de Cristo; el cap. 12 del Evangelio comienza con la unción en Betania, a las puertas de Jerusalén; narra enseguida la entrada triunfal del Hijo del Hombre, la expectación de la multitud y de los discípulos en torno a cuál va a ser el modo en que se manifieste el triunfo de Jesús; declara que esta noticia ha comenzado a traspasar las fronteras del pueblo de Israel: son calificados de “griegos”, los hombres que se acercan a Felipe –el discípulo que junto con Andrés lleva un nombre también griego.

Da cuenta, tambien, de la conciencia que Jesús tiene de la índole del sacrificio hacia donde se encamina y su paradójica fecundidad: Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto; las parábolas de las semillas, que en los Evangelios Sinópticos, proclamaban la esperanza puesta por Jesús en el proyecto del Reino, parecen alcanzar aquí, en la hora de la prueba, una rotunda y sombría lucidez: el Reino brotará inconteniblemente fértil, solo en la medida en que Cristo se disponga a la entrega sin reservas de su propia vida, en el acto de la obediencia suprema al plan salvador.

Da cuenta, por último, del inédito modo en que la verdad de Dios ha de resplandecer en medio de la opacidad de la frágil condición humana: la hora de la glorificación del nombre del Padre, acontecerá en la hora del padecimiento del Hijo y de su muerte en cruz; esto es lo que nos hace contemplar, en el v. 28, en el minuto de la deliberación extrema: Mi alma ahora está aterrada. ¿Y qué diré: <Padre, líbrame de esta hora> ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre!”.

Toda la humanidad de Cristo está siendo manifestada en este versículo: desde la racional convicción y lucidez con que es capaz de describir la misión del grano de trigo y darse cuenta de que ésa es su propia misión, hasta el reconocimiento de sus propias frágiles reservas emocionales ante la inminencia del dolor y de la muerte, saboreando la posibilidad de la renuncia, de la excusable huida, para finalmente plegarse a la llamada del Padre, que habrá triunfado de una vez y para siempre en su empeño de comunicar la vida sin término, a partir de la respuesta obediente de Jesús desde la penumbra del dolor, en esta hora que comienza con el grito decidido de Jesús y que culminará con aquel otro grito con que desde la cruz el Hijo entregará el Espíritu.

Todo el episodio de Getsemaní, relatado en los Sinópticos, está contenido en estas palabras: la humanidad doliente de Cristo, del Verbo hecho carne, que como toda carne se resiste al dolor, sufre la tentación de retroceder ante la proximidad del horror de la propia muerte; sin embargo -y desde el seno mismo de la fragilidad- se impone la determinación del Hijo, que sabe que su única misión es llevar a cabo el designio salvador del Padre: su Gloria resplandeciendo a través del cuerpo traspasado que, por obediencia, penderá de la Cruz.

Aquí se está revelando la totalidad del plan de la Encarnación, que no habrá de consumarse, y alcanzar en toda su plenitud la redención de la humanidad caída sino en la muerte del Hijo, solo de esta manera nada de lo humano es ajeno al Señor, solo de esta manera la humanidad entera habrá de quedar asumida y transfigurada en la obediencia extrema, no bastaba para la realización del Plan de Salvación, el que Cristo haya nacido en un pesebre, que haya ido creciendo en la obediencia y en el aprendizaje del sufrimiento, recorriendo los caminos de este mundo a través de la senda de los pobres, no alcanzaba el que con palabras y signos elocuentes anunciara la inminencia del Reino, inaugurado en su propia carne; la redención se realiza en el momento en que Cristo, alzado entre en cielo y la tierra, se hunda en el más profundo abismo del Misterio del existir humano: en la muerte, pero ésta abrazada por amor.

El camino del Hijo no ha sido un camino fácil, la conciencia de su identidad no le ahorra a Jesús ni un segundo de la angustia que todo hombre siente ante el dolor y la muerte, ni una gota de sangre; el camino de Jesús no ha sido fácil, sólo así el itinerario de la obediencia del Hijo, puede llegar a ser el mapa de ruta de nuestra propia obediencia, de nuestro propio peregrinar, porque en Cristo es la totalidad del género humano la que se hace capaz de decirle por fin a Dios: soy tu hijo, estoy en tus manos.

Dios Padre ha salido a llamar al hombre y por fin ha encontrado respuesta a esa llamada, en el Hijo dispuesto a reconciliar cielo y tierra, atando la tierra y el cielo con el nudo indisoluble de la obediencia hasta la muerte en Cruz.

Raúl Moris G. Pbro.

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