De este modo amó Dios al mundo…

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Dijo Jesús: de la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz, y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.(Jn 3, 14-21)

Para tener en cuenta…

En medio del peregrinar de la Cuaresma, la Liturgia nos sorprende en este cuarto Domingo con una noticia para llenar de alegría nuestra esperanza: El amor que el Señor nos tiene, no conoce límite ni medida, es un amor original y siempre inventivo: se las arregla para convertir la situación más adversa en motivo para volver a entregarse con un ímpetu renovado; así lo testimonia la historia entera de la Salvación, desde la Alianza con el Pueblo de Israel, hasta la entrega definitiva, en que este amor se desborda incontenible desde los brazos extendidos de Cristo en la Cruz.

El domingo cuarto de cuaresma es conocido en la tradición litúrgica con el nombre latino de domingo “Laetare”, es decir: “alégrate”, primera palabra de la antífona de entrada de la celebración, tomada del profeta Isaías (Is 66, 10-11): Alégrate Jerusalén, y congréguense ustedes, los que la aman. Desborden de alegría los que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad; de este modo, se convierte en ocasión de renuevo de fuerzas, se erige como una suerte de oasis de gozo en el éxodo de la Iglesia por el desierto de la Cuaresma.

Cuál es la causa de esta invitación a la alegría: en primer lugar, el señalar que los tintes oscuros que marcan el itinerario de la Cuaresma encuentran su sentido total y pleno desde la luz que se desprende de la amanecer del día de la Resurrección; en segundo lugar, proclamar que por más grande que sea la infidelidad del hombre a la llamada del Señor a hacer con Él una Alianza para la vida, la fidelidad de Dios es siempre inconmensurable e infinitamente mayor; cómo no alegrarse y saltar de gozo entonces al escuchar esta noticia.

Para prepararnos a la proclamación de la magnitud y hondura que alcanza el amor de Dios por nosotros, que realiza el Evangelio de Juan, la Liturgia en el ciclo B nos propone un fragmento del 2do Libro de las Crónicas: el fin del exilio Babilonia, exilio que los profetas habían interpretado como el merecido castigo por la infidelidad del Pueblo de Israel a la Alianza, y la reconstrucción del destruido y profanado Templo de Jerusalén, por edicto de Ciro, rey de Persia.

Son dos los acentos que el Cronista quiere marcar con fuerza en este fragmento: el primero, que pese a todo, es Dios el que escribe la historia, que está conducida de manera pedagógica por Él y que en esta pedagogía del Dios de la Alianza -y en la lectura creyente que el pueblo de Israel realiza de su propia historia- el exilio fue permitido como justo precio de la contumaz infidelidad de Israel en general y en particular de la dinastía davídica, depositaria directa de la promesa del Mesías, a pesar de las amonestaciones de los profetas hechas en todos los tonos posibles.

El segundo acento –y el más relevante-: que nada puede quebrantar para siempre el amor que Dios ha jurado a su Pueblo, amor que se las arregla para transformar aún la situación más adversa en ocasión para que resplandezca la Gracia: el libertador de Israel no vendrá de las filas del Pueblo de la Alianza, sino será también él un extranjero, un pagano, uno que hubiera podido inscribirse en las filas de sus enemigos: Ciro.

Tan inagotable y sorprendente es la fidelidad de Dios, que del enemigo ha hecho un aliado, que del déspota ha hecho un benefactor, que del pagano ha hecho un oyente fiel de su Voluntad, para salvar y seguir conduciendo el caminar de este resto de la humanidad, que ha sido escogido para ser testigo de la Misericordia y para proclamar Su Gracia, que es la sola y única razón que hace posible nuestra salvación.

En el Evangelio de Juan esta buena noticia gradualmente prefigurada en toda la revelación del Antiguo Testamento, encuentra su formulación máxima en el v 16 del cap. 3: De este modo Dios amó al mundo: al punto de entregar a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Toda la Revelación converge y encuentra su síntesis máxima en este versículo, en el que se pueden distinguir al menos tres acentos:

Primero, que la verdad del amor del Padre y su fidelidad, que transforma hasta el signo más adverso en ocasión de gracia, nunca ha sido mejor expresada que en Cristo alzado en la cruz, uniendo cielo y tierra con un vínculo indisoluble, haciendo que la cruz, el signo del escarnio, de la más grave humillación, de la condena más denigrante, de la muerte más vergonzosa, se transforme en signo de vida y salvación, convirtiendo el máximo abatimiento, el fracaso más rotundo, en exaltación y triunfo glorioso del amor que llamando desde lo más alto ha encontrado un eco decidido y definitivo que ha surgido desde lo más profundo, desde el seno de la Encarnación; que éste es el modo –y no cualquier otro- elegido por Dios para llevar a cabo su obra de salvación.

Segundo, que toda nuestra historia con Dios es Gracia; don gratuito de la benevolencia del amor del Padre, que sólo busca difundirse, manifestado en este amor primero y primordial: antes de que hubiéramos podido como humanidad siquiera balbucear una esbozo de respuesta a tal amor, éste ya estaba derramándose, llamándonos a la existencia y haciéndonos capaces de escuchar, atender y gozar del Sí de Dios.

Es el Amor expresado primero en la Creación; y, aunque repetidamente nos hiciéramos los sordos a esa llamada insistente, aunque extraviada la humanidad en su andar se entregara –y se siga entregando- a las formas más diversas de infidelidad, a las formas más groseras o más sutiles de idolatría, este amor, original y originario, se sigue ofreciendo gratuitamente en esta nueva y mayor prueba de la fidelidad: en el amor que se desangra en la cruz, para hallar la respuesta largamente buscada por el amor del Padre: el Sí del Hijo, el Sí del hombre: Amor de Salvación.

Tercero, que esta llamada del amor apela, y seguirá apelando a la respuesta generosa de nuestra libertad, porque también nos seduce el dar espalda al que nos llama; porque nos cuesta tanto asentir a un amor que es gratuito, pero exigente; porque nos empeñamos en rehuir de la luz, cuyo resplandor no solo es alegre anuncio de la maravilla de Dios que nos rodea y nos ama; no solo nos muestra con esplendente claridad que lo que da valor y dignifica a la humanidad entera es precisamente su amor incontenible y su elección de hacerse hombre; sino también esa luz espléndida desnuda nuestros miedos, nuestra dificultad para reconocer la verdad de nuestras propias vidas y decidirnos a emprender la marcha para hacernos responsables de lo que tenemos que poner de nuestra parte en el camino de la salvación; porque también la tiniebla nos tienta con un sombrío fulgor, haciéndonos creer de que nuestras acciones, nuestras opciones pasarán inadvertidas si porfiamos por permanecer en medio de engañosas penumbras, en las que nos sentimos falsamente protegidos; tinieblas, que nos empequeñece el corazón de temor, para impedirnos el querer correr a abrazar al que nos reconcilia con el cielo y nos invita a atrevernos a gustar sin freno de la alegría que se desborda desde los brazos abiertos en cruz.
Raúl Moris G. Pbro.

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