La Audacia de la Compasión…

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Se le acercó un leproso a Jesús para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». En seguida la lepra desapareció y quedó purificado. Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio». Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos, Y acudían a él de todas partes. (Mc 1, 40-45)
Para tener en cuenta…
Una de las afirmaciones más sorprendentes de la Revelación en la historia del Pueblo de Israel, es que la Compasión es una característica de Dios, del que se dice con audacia poética y profética que no sólo es el Padre, Creador y Señor del cielo y la tierra, sino que además posee entrañas, goza de un atributo eminentemente femenino: es capaz de conmoverse profundamente por la suerte del hombre, de la creatura que ocupa el centro de sus afectos; sus entrañas son sensibles al dolor de sus hijos. Es de esta misericordia, ahora hecha carne en los gestos de Jesús, de la que quiere hablar este Evangelio, ésa es su gozosa noticia.

Llegando al final del primer capítulo del Evangelio según San Marcos, nos encontramos con la presentación de la nota más distintiva del carácter de Jesús y de la índole de su ministerio: su Compasión.

Los sinópticos para hablar de este sentimiento y actitud característicos del Señor, se van a servir del verbo griego Splankhnizomai, que remite al sustantivo plural Splankhna: “Entrañas”. Splankhna, es un nombre común que puede referirse a los riñones, al hígado, a los intestinos, pero sobretodo, al útero, a la entraña materna; órganos que en la cultura mediterránea antigua, estaban asociados con los sentimientos y emociones: un sentimiento fuerte: de amor, de solidaridad, de rabia, de temor, etc. provoca una reacción de carácter visceral, una contracción, un retortijón que se siente en el cuerpo, en el vientre; la experiencia de la conmoción profunda, no se queda relegada al plano mental, sino que se somatiza, comprometiendo a la integralidad de la persona.

Esta conmoción de las vísceras da cuenta de nuestra capacidad de abrirnos al otro, de dejarnos afectar, alcanzar y conmover por el dolor de los otros, por la alegría, por las esperanzas o por las aflicciones de los otros, sintiéndolas propias, padeciendo también nosotros con ellas, haciéndonos solidarios y capaces de compartir con los otros sus vivencias como si fueran las nuestras.

La mención de las entrañas alude a nuestra capacidad de empatía, o dicho en un modo más propiamente cristiano, de nuestra compasión, si entendemos por ésta la capacidad que nos ha sido dada de hacer nuestro el sentir de los que caminan a nuestro lado, de los que han sido llamados como nosotros y con nosotros a participar de una misma suerte; Compasión no es Lástima, sentimiento menos noble, que nos coloca a distancia del otro, que nos mueve a contemplarlo desde arriba, que nos hace capaces de percibir el dolor del otro, pero que no nos capacita para percibir en el otro a un igual, a un hermano, a una hermana, cuya suerte no puede dejar de interpelarnos; que no nos capacita para construir con esos otros un nos-otros.

Una de las afirmaciones más sorprendentes de la Revelación en la historia del Pueblo de Israel, especialmente en los escritos de los profetas, es la que estaba anunciando que esta compasión era una característica de Dios, del que se dice con audacia poética y profética que no sólo es el Creador y Señor del cielo y la tierra, el Altísimo, Santo, Justo, Defensor, el Padre, Esposo y Pastor, y todos los otros atributos de género masculino que queramos añadirle, sino que además posee entrañas, goza de un atributo eminentemente femenino: es capaz de conmoverse profundamente por la suerte de la creatura que ocupa el centro de sus afectos; sus entrañas son sensibles al dolor de los hombres, sus hijos, los que podemos encontrar asilo y consuelo en su Rahamim: su entrañable y materna misericordia.

Es de esta misericordia, ahora hecha carne en los gestos de Jesús, de la que quiere hablar este Evangelio, ésa es su gozosa noticia. La Encarnación es el modo como Dios se hace solidario con nosotros los hombres, para salvarnos, para reencaminarnos en el éxodo hacia el Padre, éxodo en el que nos hemos extraviado como consecuencia del pecado; en la Encarnación, el Señor asume con todos sus esfuerzos la aventura humana, asume nuestras penas y alegrías, nuestras esperanzas y desalientos, nuestros empeños, nuestro trabajo y nuestro cansancio.

Y asume también los riesgos: hay audacia evangélica en la entrañable empatía de Jesús para con los que sufren, que lo mueve a comprometerse pasando por encima incluso de las prescripciones legales, de las aprensiones y de las costumbres de su tiempo.

Dentro de los marcos culturales y religiosos del Pueblo de Israel, es absolutamente impensable el gesto de Jesús ante la petición del leproso; el Libro del Levítico, en sus caps. 13-14, había dejado establecido el trato que los aquejados por la lepra debían recibir: Solo los sacerdotes (del sacerdocio levítico-aarónico) podían determinar si era lepra o no el padecimiento cutáneo que un supuesto infectado padecía, solo ellos podían declarar cuán grave era la infección, lo que suponía la relegación del leproso del campamento, o la expulsión fuera de los límites de la aldea, y, consecuentemente, si se verificaba una curación de la dolencia, solo ellos podían certificar que así había acontecido, reintegrándolo al tejido social, luego de realizar los sacrificios purificatorios pertinentes.

La presencia de la lepra, (nombre genérico con el que se conocía en la antigüedad a diversas afecciones a la piel, de mayor o menor grado de gravedad, persistencia y riesgo de contagio, incurables o no) se convertía así en una condena social (y moral, ya que se asociaba la aparición de los síntomas a la consecuencia de una trasgresión de carácter moral: al pecado), que privaba al contagiado de su dignidad humana y lo arrastraba a la miseria y a la soledad: un leproso no podía habitar cerca de otros hombres sanos, no podía acercarse a las fuentes de agua o a los pozos comunes, debía llevar su ropa rasgada, sus cabellos desgreñados, y anunciar su presencia dando grandes gritos, de manera de proclamar desde lejos su condición de impuro, para que los sanos pudiesen apartarse y evitar a toda costa el contacto físico, por temor al contagio y a la impureza ritual.

Jesús, haciendo caso omiso de esas normas, una vez que es abordado por el leproso, inmediatamente extiende su mano y lo toca; su compasión es más poderosa que la convención social, que la ley de pureza ritual, su compasión lo empuja a derribar, a partir de un gesto de amor que no admite reparos, el muro de rechazo que envuelve a este hombre, para que la gracia le devuelva la condición primera, lo restaure en su dignidad.

Y este gesto acarrea sus consecuencias: Jesús ya no puede entrar públicamente en ninguna aldea; su empatía hacia el dolor del leproso, su acercamiento hacia la postergación de este hombre, lo convierte en uno de ellos, le hace probar en carne propia el áspero sayal de la exclusión: la permanencia de Jesús en las márgenes de las aldeas, no es fruto de la popularidad que ha adquirido a partir de la divulgación de su acto por parte del leproso ya sano, sino el precio de haberse atrevido a pasar por encima de la prescripción ritual; asume la suerte de los contaminados, porque la excusa del contagio no puede constituir para el Señor un obstáculo para que la profunda empatía de aquel que es el Hijo del Dios con entrañas de misericordia, hecho ahora carne, libere y devuelva la dignidad a los que en su sufrimiento no han encontrado de quien fiarse, y han puestos su confianza solo en el Señor.

Raúl Moris G. Pbro.

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