La Autoridad de Jesús

Entraron en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!». Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea. (Mc 1, 21-28)

Para tener en cuenta…

Una de las características de Jesús que llamó la atención de sus contemporáneos, especialmente entre los más sencillos y los trasformó en testigos suyos, es la Autoridad que irradiaba tanto en sus palabras como en sus actos. Autoridad que ejerce sin alardes, pero que se manifiesta radicalmente distinta de la que ostentaban los maestros que el Pueblo conocía: autoridad delegada, vicaria, siempre necesitada de apelar con insistencia a la fuente desde donde ésta emanaba; la Autoridad de Jesús, en cambio, su Exusía, significa exacta y literalmente lo que está diciendo: es un rasgo esencial, que brota de la misma entraña de su existencia: Su palabra es viva y eficaz, porque Él mismo es la Palabra Viva que el Padre pronuncia de una vez y para siempre por amor a la humanidad.  

La cultura en la que se mueve Jesús era la de una sociedad cerrada; lo que entendemos por este nombre es ese tipo de sociedad característica de la época preindustrial (que por tanto se mantuvo hasta más o menos los finales del s XIX), en donde la estructura del tejido social era rígida y vertical, estaba claramente estratificada en clases, funciones, oficios, y la movilidad social era prácticamente nula; en otras palabras, el que en una sociedad cerrada nacía hijo de obreros o de artesanos no podía aspirar a otra cosa sino a ser él también obrero o artesano, a lo que más podía aspirar era a seguir y avanzar en la huella que habían impreso los pasos de su padre.

 

Agreguemos a este dato el elemento del honor; la cultura de Jesús es una en la que el honor, la respetabilidad social, el reconocimiento de la propia valía, es un bien escaso y celosamente guardado; a cada estrato social le corresponde una determinada porción de esa honra, que puede ser heredada de padres a hijos, que puede ser duramente conquistada por el propio sujeto, y que fácilmente puede ser perdida. Pretender o siquiera aspirar al honor que le corresponde a otra clase o a otro oficio distinto y superior que el propio, es motivo de escándalo y por tanto duramente sancionado con la pérdida de la porción de honor correspondiente; en una sociedad cerrada, en una cultura del honor, no hay peor delito que intentar ascender en la escala social, lo que todavía nosotros conocemos y sancionamos con el nombre de “arribismo”.

 

Éstas son algunas de las razones que se solapan detrás del asombro que experimenta la multitud desde el momento en que escucha hablar a Jesús en la sinagoga de su pueblo y comentan además su fama: Jesús de hecho es carpintero de oficio, (el mismo oficio que el Evangelista Mateo, señala como propio de su padre José), y que equivale a lo que nosotros llamaríamos ahora un maestro de la construcción o un albañil, es decir, un trabajador no calificado.

 

Por su oficio, Jesús pertenecía a los pobres de su pueblo, esos pobres que no podrían siquiera soñar el empinarse, ni ellos, ni sus hijos hasta ocupar la silla del Maestro. En una sociedad cerrada, a un carpintero no le correspondía el oficio de las letras sagradas; por cierto, no le estaba vedado hablar en la sinagoga, como tampoco a ningún hombre adulto que fuera capaz de leer y comprender la Torah, el texto de la Ley; sin embargo de ahí a ponerse a enseñar como un Maestro hay un abismo social, que no se saltaba así sin más.

 

El que quisiera ser llamado Rabbí, Maestro, tenía que haber sido aceptado como discípulo por otro maestro acreditado (lo que suponía, de entrada, el freno social de la salvaguarda del escaso y esquivo honor: los maestros no acogían a cualquiera entre el número de sus discípulos), y luego pasar por el filtro de largos y muchas veces humillantes años de duro aprendizaje, para después poder aspirar a ser reconocido en el rango de los maestros y aceptado por su grupo de pares, señalando siempre, a modo de curriculum vitae el  nombre de aquél que le había transmitido su saber, a cuyos pies había aprendido arduamente la doctrina que ahora estaba capacitado para enseñar.

 

Jesús no poseía esas notas de acreditación, no nombra en ningún momento al maestro autorizado desde donde pudo haber ganado la autoridad de enseñar y sin embargo su Autoridad, su propia y particular Exusía, es un rasgo fundamental en el que los Evangelios Sinópticos van a insistir.

 

Dos veces aparece mencionada en este pasaje, como objeto del asombro de los sencillos del pueblo, la Exusía, la autoridad de Jesús, primeramente referida al oficio de la enseñanza: los pobres de las aldeas de Galilea, ya tenían experiencia en materia de padecer la solemne autoridad de los que se proclamaban doctos y eruditos: los Escribas, esos maestros, expertos en la Ley, de la cual hacían alarde de conocer puntillosamente cada sutil distinción, Ley que interpretaban con distante condescendencia delante de los hombres que acudían a ellos, para que se dignasen dejar fluir un poco de la luz de la inteligencia que irradiaban los antiguos textos sobre los problemas cotidianos: árbitros celosos de la moral, maestros en la instrucción de los ignorantes, expertos en jurisprudencia, los Escribas se arropaban en el respeto temeroso con que la multitud los cubría,  y de paso se llenaban los bolsillos con el fruto del oficio de la interpretación de la Voluntad de Dios contenida en la tradición escrita de Israel.

 

Pero he aquí Jesús, revelando en el lenguaje de los simples, la insondable hondura del querer del Padre, y haciéndolo en el pleno ejercicio de su Exusía, esa autoridad radicalmente distinta a la de los Escribas -delegada, remitida al manejo del texto sagrado y sus comentarios, arduamente adquirida y celosamente custodiada- la Autoridad de Jesús, se manifiesta en todo el sentido de la expresión con que se la menciona: Exusía: lo que brota del interior de su propio ser, no es erudición intelectual lo que Jesús viene a ofrecer, no es oficio literario o jurídico, no es la lección bien aprendida y brillantemente explicada; es la vivencia humilde y profundamente gozosa del Hijo, del Discípulo, del Enviado del Padre; Autoridad que encuentra su asiento en la Voluntad de Dios que ha querido revelar su predilección por los pobres, enviando a su Hijo para que se exprese en la lengua de ellos, Autoridad que permea y se derrama pródiga desde cada fibra de Su Existencia, porque éste no pretende ser otra cosa, sino el canal por el cual pueda fluir incontenible el querer  y la compasión de Dios para la humanidad.

 

Es por lo mismo, que la Exusía de Jesús nos se queda solo en la límpida palabra con que Jesús va a alegrar y a asombrar a la comunidad que se ha reunido en la sinagoga, sino que se transforma en signo liberador e inapelable en el encuentro con el poseso. Signo de que ha llegado el tiempo de la compasión del Señor que quiere al hombre libre tal como lo quiso crear, desatado, para que  pueda él mismo volver a vincularse agradecido con el Padre,  para caminar con la dignidad del que ha sido salvado, re-formado; para experimentar que esa Exusía, que Jesús ha querido irradiar y compartir desde su carne, para redimir toda carne, es el regalo que seguimos gozando los que hemos sido constituidos por amor en hijos con el Hijo.

 

Raúl Moris G. Pbro.

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