Testigos de la Alegría…

Dgo. 17 de Diciembre, 3ro de Adviento

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. Éste es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén para preguntarle: “¿Quién eres tú?” Y él les dijo: “Yo soy la voz del que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías. (Jn 1, 6-8. 19-28)

 

La interrogación a la que es sometido el Bautista por parte de los sacerdotes y levitas en el Evangelio, nos sitúa en la expectativa mesiánica del s. I; después de los siglos de silencio profético en que Israel estaba sumida, y junto al desarrollo del judaísmo canónico, había surgido una serie de leyendas en torno al Mesías esperado, una de ellas era la que decía que tal acontecimiento sería precedido por una nueva apertura profética de los cielos, en la que surgiría el nuevo Profeta, el último, el definitivo; el que detentaría toda la plenitud del espíritu de profecía que había inspirado a los antiguos; otra variante de la misma esperanza era la reaparición de Elías, arrebatado a los cielos, como cuenta el Primer Libro de Reyes; esta desaparición de Elías era entendida por algunos círculos del judaísmo como una suerte de preservación, de reserva: Elías ha sido llevado a los cielos, desde donde será nuevamente enviado a proclamar la justicia de Dios, cuando se cumpla el tiempo de la consumación de la historia.
Juan el Bautista sabía que él estaba concitando las miradas, los corazones expectantes de un pueblo que ha envejecido en la espera, pero que porfía en la esperanza: los pobres de Israel; sabía también de otros que habían convertido esta espera en buen negocio: los administradores del culto, los traficantes de una moral opresora y unidireccional, los que lucran del temor y la confianza de los sencillos, esos para los que la inminencia de la llegada del tiempo del Señor, del kairos que irrumpe y se infiltra en nuestro tiempo, en nuestra historia, es una noticia incómoda, que los pondrá de manifiesto, que los desenmascarará. Juan lo sabía, y por eso es enfático en declarar cuál es su papel preciso en este plan; y que hay una tarea urgente que realizar: reconocer el paso del Mesías, que ya camina entre su pueblo.
Por eso no teme en despojarse el Bautista de la tentación de hacerse de seguidores propios, y con generosidad apunta hacia Aquel que ya se ha levantado y está ya dejando su huella por los caminos por donde transitan los pasos de los pobres.
El despojamiento, que sin duda siempre reviste elementos dolorosos, siempre implica desgarramiento, constituye la alegría del Bautista: con la inminente aparición de Jesús, su influencia ha de ir disminuyendo, su ministerio ha de ir mermando, hasta culminar su vida con la entrega absoluta, con el testimonio de su sangre.
La vocación de Juan es la del testigo, la del que recibe sobre sí el resplandor de la luz, pero no se apropia de ella para sí, sino que la refleja para que podamos descubrir la fuente prístina de esa luz, la vocación de Juan, como la de todo testigo fidedigno, es la de no centrar la atención sobre sí, sino sobre Aquél que se ha hecho dueño de su tiempo, de sus esfuerzos, sobre Aquél que colma sus aspiraciones y lo llena de sentido; en eso se asienta la vocación y la serena alegría del Precursor.
En este tercer domingo de Adviento, estamos invitados a acoger esa alegría de sus testigos: la alegría cristiana, que es la expresión precisa que brota de la consideración de nuestras vidas alumbradas por la presencia del Dios Encarnado, que se empeña en caminar por nuestras sendas, llorar nuestros dolores, reír con los mismos tonos de la voz humana; estamos convocados a acoger y transmitir la alegría de los profetas, de los discípulos, de los servidores del Señor, de María, de Juan el Bautista; y de todos los santos que han decidido firmemente caminar de parte del Señor al lado de los pobres, para tambien nosotros ahora, anunciar que la aurora está despuntando, que la presencia del Señor se anuncia y resplandece ya en medio de las penumbras en las que a menudo nuestro andar de peregrinos corre el riesgo de extraviarse.

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