Y la Palabra se hizo Carne…

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25 de Diciembre, Natividad del Señor

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. (…) La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. (…) Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. (Jn 1, 1-18)

El Cuarto Evangelio posee un modo muy particular de ofrecernos la buena noticia de la Encarnación. Si Mateo y Lucas nos regalaron los relatos de infancia, con los que la tradición ha construido toda la dulce imaginería de la Navidad, relatos que incardinaban la entrada del Señor en el acontecer de la historia, como la respuesta a las esperanzas que habían sido incubadas durante siglos en el corazón creyente del pueblo de Israel a través del anuncio de los profetas; relatos que respondían a las inquietudes de las comunidades de la segunda mitad del siglo I, que preguntaban por la humanidad de éste, al que reconocían desde la predicación de San Pablo, como el Kyrios, el Señor del cielo y la tierra ante el cual la creación entera no puede más que inclinarse y doblar la rodilla en un gesto de adoración; relatos que invitaron a mirar la realidad de los pequeños que mantenían su esperanza viva en las promesas del Señor, relatos que conectaron a la segunda generación de creyentes con el misterio de la humanidad sufriente, predilecta de Dios, al punto de escoger a los pobres y a los postergados como testigos primeros y directos de la Buena noticia del Dios con Nosotros, al punto de encarnarse en el corazón mismo de los excluidos: una insignificante aldea, un nacimiento en las peores condiciones posibles: en tierra extraña, en un pesebre, la precariedad de una familia humilde, y perseguida, pero obediente al plan del Señor; el Evangelio del Discípulo amado, va a hacernos elevar nuevamente la mirada, desde la tierra al cielo, desde el tiempo a la Eternidad.
El plan de este Evangelio es volver a adentrarnos en las insondables honduras del misterio de la Salvación, revelado en Cristo, presentándonos el acontecimiento de la irrupción de Dios en el seno del mundo a manera de un díptico: el Hoy de la eternidad donde mora Dios en sí mismo, en contrapunto con el hoy de nuestra historia reciente: del Verbo que mora inmutable en contemplación amorosa al interior del seno de la divinidad eterna, al momento en que, movido por al amor, decide hacerse peregrino y plantar su tienda en medio de una humanidad entenebrecida, para compartir con nosotros el resplandor de su luz, velada por la carne, para compartir con nosotros el misterio de la fragilidad humana asumida y transfigurada por la presencia del Señor; mostrándonos de una vez, y de manera definitiva, la meta del camino por el que vamos avanzando: el propósito para el cual fuimos creados: la humanidad perfecta, llamada a compartir la suerte de la divinidad por toda la eternidad.

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