La Familia de Jesús

Dgo. 31 de Diciembre, Solemnidad de la Sagrada Familia

 

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. (Lc 2 22-38)
El domingo siguiente a la celebración de la Navidad, la liturgia nos invita a contemplar el Misterio que se nos revela en la Sagrada Familia de Jesús María y José. En el ciclo B del año litúrgico; éste se nos revela en el relato de la presentación del Niño Jesús en el Templo.
Comienza el relato presentándonos a María y José, portadores de la Promesa cumplida del Señor, la promesa del Dios con nosotros; hecha realidad en este frágil niño, nacido en un pesebre, y que ahora va a ser sometido al rito de la Presentación del primogénito varón al Señor, y a su ingreso como miembro del Pueblo de la Alianza mediante el rito de la Circuncisión. María y José, saben cuan inconmensurable es el don que han recibido de parte de Dios, se sienten sobrepasados por la ingente responsabilidad que les cabe en la misión que han aceptado, no la comprenden del todo, pero obedecen, porque el Señor es más grande; y con humildad se pliegan para hacer lo que la Ley tiene prescrito para los padres de un hijo varón. No van al Templo con aires de triunfadores, haciéndose notar y exigiendo privilegios acordes a su nueva condición. Van como dos pobres, a ofrecer la ofrenda más humilde: un par de pichones de paloma, la ofrenda que dignificaba en la Ley de Israel a los que no tenían recursos, pero no obstante se les invitaba a hacerse partícipes de los gestos de gratitud, con que en Israel grandes y pequeños, terratenientes y desheredados, los que vivían en la prosperidad, pero también los que estaban a un paso de la indigencia, se podían unir en un mismo rito, el sacrificio de acción de gracias al Dios que no se olvida de su pueblo.
Esta familia joven, avanza tímidamente por la explanada del Patio del Templo, se encuentra con otros miembros de la familia humana: los dos profetas, Simeón y Ana, dos ancianos que representan la espera secular de su propio pueblo, dos ancianos que, consagrados al servicio del templo, no han dejado de alimentar en la oración perseverante su propia esperanza; dos ancianos, que continúan y transmiten la tradición de esos otros dos, que al comienzo creyeron en la promesa del Dios que los escogió para ser padres de nuestra fe: Abraham y Sara. Dos testigos para proclamar que el Señor nos está revelando el designio de su voluntad de vida en plenitud, cuando nos invita a hacer familia, cuando escoge a una familia, como cualquiera de las que han peregrinado en medio de las alegrías y angustias, en medio de las incertidumbre y esperanzas, en medio de los logros y de las persecuciones, que la humanidad ha debido sortear para construir la historia. Dos testigos para proclamar a viva voz que es así como Dios ha escogido para él mismo hacerse parte de nuestro andar, irrumpir en nuestro tiempo, y mostrarnos que esta historia nuestra es la Suya: la Historia de la Salvación.

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