He aquí la Esclava del Señor…

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Dgo. 24 de Diciembre, 4to de Adviento

 

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: ” ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo. (Lc 1, 26-36)

 

El relato de la Anunciación del Señor a la Virgen María, que el Evangelio según San Lucas nos transmite, nos presenta de modo admirable el Misterio de la Encarnación, centro de nuestra fe, centro de nuestra historia, de esta historia que para el creyente es Historia de Salvación. Este relato va a ser también la pieza clave para poder situar en ella el papel de María, la Madre del Salvador, y la fuente primordial desde donde la Tradición beberá para fundamentar y definir la dogmática en relación a María.
Lo primero a considerar es el género del relato: Lucas se enraíza en la tradición literaria bíblica, para redactarlo en forma de relato vocacional, del mismo modo como Ex 3; Is 6, 1-8, o en el mismo Ev. de Lucas (5, 1-11); el Relato de la Anunciación es el del encuentro de Dios con el hombre para anunciarle su plan de salvación y para invitarlo a ser parte activa en él; y como tal se encontrarán en el texto de la Anunciación los elementos propios del género, los mismos que aparecen en los otros relatos mencionados: una teofanía, la respuesta temerosa, y la objeción de parte del hombre, la misión y el signo confirmatorio de parte del Señor, la acogida obediente a la vocación.
Comienza el relato con la Teofanía: al modo acostumbrado en la literatura bíblica que conoce el Evangelista, esta irrupción del Señor, ocurre a través de una de sus mediaciones tradicionales: como en el Antiguo Testamento es el Ángel del Señor, el que se comunica en Su Nombre, y se hace portador de Su Voluntad, aquí también, único lugar, junto con el relato del anuncio del nacimiento del Bautista a su padre, Zacarías en donde el Ángel recibe un nombre propio: Gabriel.
La reacción de María, será la esperada en los relatos vocacionales: Ella reconoce que en el ordinario de su vida cotidiana está aconteciendo lo extraordinario: en nuestro continuo del tiempo ha irrumpido la discontinuidad de la Eternidad del Padre; por tanto, no puede sino sentir un profundo temor, que se manifiesta en la turbación que experimenta ante el saludo (el original griego utiliza el verbo tarasso, que hace relación con un grado de temor y turbación, que se manifiesta incluso físicamente: María queda estupefacta, trémula al escuchar la voz del Ángel), esta actitud se ve reforzada por su parte por la advertencia de Gabriel, que repite el “no temas”, habitual para indicarle al lector de que va a ser testigo de la Presencia divina.
El temor ante la irrupción sacra, no será impedimento para que María manifieste una objeción razonable: la clave de un relato vocacional en la Sagrada Escritura, no viene a arrasar la voluntad del sujeto a quien Dios ha escogido y se dirige, sino viene humildemente a solicitar su libre y consentida anuencia para desplegarse en todo su esplendor en la vida y en el espacio humano.
Aquí, se manifiesta, por cierto, una buena noticia sorprendente y provocadora: en la inmensa mayoría de los relatos vocacionales, las partes involucradas son Dios que sale en búsqueda de su elegido, y un varón, que reconociendo su fragilidad acoge la llamada de su Señor, en este relato, la escogida es una mujer, una mujer pequeña, casi una niña, de una aldea insignificante, que ni siquiera había dejado su huella en la cartografía del Imperio Romano; una mujer que no habría sido considerada en la tradición israelita como un interlocutor válido para ningún tipo de alianza (ni siquiera en la alianza matrimonial, en donde la novia normalmente era el objeto a negociar entre los padres o entre el padre y el novio, sin ella tener derecho a réplica alguna); una mujer, que, sin embargo, en este relato tiene voz, valentía para objetar, libertad y decisión.
Un desafío tuvo que enfrentar Lucas en la tarea de relatar este momento singular de la Historia de la Salvación: el de purificar elementos míticos el Misterio de la Encarnación, expedientes de genealogía divina a reyes y héroes sobrehumanos o semidioses, relatos que poblaban las diversas religiones de Mediterráneo. El Relato de la Anunciación es cuidadoso al extremo en evitar confusiones; no se encontrará en él ninguna alusión a esas floridas mitologías: la imagen escogida será la del Arca de la Alianza, la acción del Señor en María no será una fecundación milagrosa, María no será Esposa en su papel de Madre del Salvador, Ella será el Templo inhabitado por Dios.
Si la Tienda del Encuentro albergaba y ocultaba el Arca de la Alianza, signo de la Presencia del Señor, ahora, en el tiempo de la Encarnación, cuando el Señor decide hacerse uno de nosotros para siempre, el Templo del Dios-con-nosotros debía también abrirse en seno de la humanidad: ser parte de esa humanidad redimida, nueva; el Sí perfectamente libre, intensamente lúcido y valiente de María, hizo posible este Misterio para siempre.

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