El Juicio del Amor…

Dgo. 26 de Noviembre, Solemnidad de Cristo Rey (XXXIV del T. Ordinario)

 

Los justos le responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?». Y el Rey les responderá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo». (Mt 25, 31-46)
Con esta parábola culmina la sección narrativa de Mateo; antes de entrar en el relato de la Pasión del Señor y del Misterio Pascual, la última de las parábolas del evangelista nos remite al fin de la historia, al momento en que, alzado el velo de este mundo, veamos al Señor, al mismo que se encarnó para vivir pobre entre los pobres la suerte de los excluidos, ahora en todo el esplendor de la gloria de quien es sentido y fin de todo lo creado.
Y es precisamente el modo en cómo nos hicimos cargo de la presencia en medio nuestro de éstos, los miembros más frágiles de la familia humana, lo que constituirá el criterio maestro del juicio del Rey-Pastor. Porque el juicio no es presentado en la parábola –no podría serlo- como la arbitraria asignación de puestos o títulos a los juzgados, como expresión de la graciosa voluntad del Pastor, sino como el reconocimiento de parte de éste y la llamada al rebaño juzgado a hacerse parte de ese mismo proceso de reconocimiento que convoca la vida entera de quienes ahora están en frente del Señor, en otras palabras, no hay voluntad de condenación en el justo juicio del Rey, pero lo que hicimos con los demás en este tiempo de convivencia, el bien que realizamos, el que pudiendo hacerlo, lo dejamos de realizar, la apertura que tuvimos para reconocer en los otros a un nos-otros hablará con suficiente elocuencia.

Principales desafío de la parábola:

Que no se puede acoger si no se acoge el misterio de la Encarnación en su radical hondura: el Señor quiso hacerse hombre para redimir al género humano en toda su extensión, y esto incluye no sólo a los mejores, sino también a los miembros frágiles, a los débiles; pero no sólo a los que por su fragilidad o por su indefensión son víctimas de la depredación de los más aptos, de los poderosos, es decir los pobres y los humildes, sino también a los victimarios y a los indeseables.
En nuestro tiempo, de digeribles y sensibles estereotipos para calificar a los que sufren, nos enternece la figura del inocente abatido, del niño abandonado, del enfermo olvidado, del abuelo solo y postrado, porque también los pobres en una cultura del consumo pueden ser engullidos como objeto de nuestras apetencias emotivas y nuestras afectos manipulados, sin embargo nada más lejos de esta sensibilidad el Evangelio de hoy.
Salvo los tres primeros: el hambriento, el sediento, el desnudo, que sufren la exclusión por el apremio de la injusta repartición de los bienes, -y que alguna simpatía podían despertar en el pueblo de Israel, uno de los pilares de cuya espiritualidad es la limosna- el resto de los mencionados: el enfermo, el forastero y el preso, caen dentro de la categoría de los indeseables; el enfermo, por el riesgo de contagio o al menos de impureza ritual que acarrea su contacto; el forastero, porque sus costumbres, extrañas a la observancia de la Ley, pueden pervertir y contaminar al judío piadoso, notable es el salmo 144 v 8 en el cual el judío piadoso pide al Señor que lo libre del extranjero, “cuya boca dice falsedades, cuya diestra jura en falso”; el preso, por razones obvias, porque no se trata aquí de la benevolente y bien pensante ficción del injustamente encarcelado por pagar “un crimen que no cometió”, sino del que -culpable o no- simplemente está preso”; y es con estos excluidos e indeseables con los que se identifica Jesús, y es en ellos que nos invita a reconocer su imagen, su presencia.

Mirar al otro y ver el rostro de Cristo:

Por cierto que esta presencia se nos torna desafiante en grado sumo y muy esquiva, cuando tenemos que sacarnos de encima los siglos de razones para justificar la exclusión y comprender que no es simplemente una mirada piadosa, de dulce conmiseración la que le debemos a los pobres -siempre y cuando se porten bien y aprendan a jugar el juego de sensibilización que despierta en nosotros la lástima- sino que tenemos que aprender a mirarlos como hermanos de verdad, sujetos tan complejos como nos damos cuenta que somos nosotros mismos, y que por tanto no es un trato especial el que habrá que brindarles sino simplemente el trato humano que nace cuando, mirando a los otros, vemos -como en un espejo- multiplicado hasta el infinito el mismo rostro de Cristo que ha impreso sus rasgos en el nuestro; cuando hemos de aprender que la tarea de ser pastores que velan unos por otros, para que el alimento, la dignidad y la vida alcancen para todos, nos compete también a nosotros, cuando hemos de aprender que ser ovejas del rebaño de Cristo supone haber adquirido también nosotros, y prolongado en los nuestros, la mirada y los gestos del rey pastor.
El juicio del Rey Pastor se establece así, ni más ni menos, que sobre el ejercicio del agape, del amor que manifiesta y disemina en la humanidad el amor con el que Dios nos ha amado desde el comienzo, como forma de relación que encarna aquí en la tierra el querer de Dios, que simplemente ama y por amor crea, por amor se entrega, sin esperar nada, ni siquiera gratitud, ni exigir siquiera conversión de parte nuestra, que no espera ser reconocido o temido, simplemente no renuncia a difundir su naturaleza que no es más ni menos que puro amor.

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