¡Estén Alertas, Atentos, Velen!

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Dgo. 03 de Diciembre, I de Adviento 2018

 

Jesús dijo a sus discípulos: “Estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa: si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!”. (Mc 13, 33-37)

El Adviento como tiempo litúrgico es en primer lugar y principalmente un tiempo de tensión escatológica: esperamos como Iglesia el acontecimiento con el cual –tal como nos ha anunciado el Señor- esta historia nuestra ha de alcanzar su fin, en todo el sentido que esa palabra tiene: su culminación, su sentido pleno. El Adviento es un tiempo de vigilancia, de un escrutar atento y animoso los signos que el Señor suscita para nosotros para poder descubrir su Presencia huidiza y velada mientras la aguardamos en todo su esplendor.

El Adviento es el tiempo de la esperanza:

No es un esperar pasivo de lo que resulte, con ojos puestos aquí y ahora, en el que parece que no avanzamos. Es más bien una esperanza activa, con los ojos elevados hacia el cielo y hacia el horizonte que la Palabra del Señor nos ha dibujado, para desde allí dar luces a nuestro presente, para darle hondura a nuestro quehacer actual; ciertos en que si lo que el futuro nos ha de traer proviene de Dios, no puede ser sino una realidad gozosa; nada más lejos del espíritu del Adviento que los predicadores del terror, que los anunciadores de catástrofes apocalípticas, que los que buscan someternos con miedos.
El Adviento es asimismo un tiempo de admirada contemplación del cumplimiento de la promesa hecha desde antiguo al Pueblo de Israel, de modo de poder también nosotros fortalecernos en la confianza de que la promesa hecha por Cristo a su pueblo, nosotros, la Iglesia, también habrá de cumplirse; por eso es que el Adviento es una mirada hacia el futuro, sostenida en la conmemoración del momento de la Encarnación; escrutamos hacia delante mirando el fin de los tiempos, con la memoria del corazón prendida de la noche de Navidad.
Esa es el aviso de Marcos a su comunidad, y para nosotros, reavivando nuestro propio andar de Adviento, para los que en la Iglesia han recibido la tarea especial de ser conductores y vigías, para los que han acogido la misión de ser animadores y formadores; pero no solo para ellos, también para toda la Iglesia peregrina, para que aprendamos a crecer en la responsabilidad compartida de mantenernos unos a otros vigilantes y atentos, para que nos alentemos y ayudemos a mantener tenso el tono de la espera activa; para que no olvidemos que hemos sido convocados en la esperanza, para dar testimonio y perseverar en ella, para caminar confiados, lúcidos y alegres al encuentro del Señor que se acerca, del Señor que nunca dejará de sorprendernos, que siempre sobrepasará nuestras previsiones, porque su irrupción, del tiempo pletórico de Su Presencia y de Su acción, no está regida por nuestro uso horario, no se ajusta a nuestra cronología; su tiempo es la sorpresa, su momento es de repente.

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