En deuda con el Anuncio del Amor…

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Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar «mi maestro» por la gente. En cuanto a ustedes, no se hagan llamar «maestro», porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen «padre», porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco «doctores», porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado. (Mt 23, 1-12)

 

Para tener en cuenta…

 

En tiempos de Jesús, los líderes de la religión del pueblo de Israel estaban en deuda, en deuda con su propio pueblo y con el Dios al que decían anunciar; en deuda con el anuncio del Señor de los pobres, del huérfano y de la viuda, al que habían anunciado los profetas, en deuda con el Señor que había escogido de entre los pueblos de la tierra a este pueblo que se sentía ser el “pequeño resto”, que precisamente desde su pequeñez debía de dar testimonio de la inconmensurable grandeza de la misericordia de un Dios Padre de todos los pueblos.

Esta deuda corría pareja con la institucionalización de la fe del pueblo de Israel, con la codificación de la Ley, que a fuerza de transformarla cada vez en un sistema más preciso en la interpretación rigurosa y casuista de cada una de las circunstancias de la vida, había sido convertida por los Fariseos –sus intérpretes y administradores- en una intrincada red de sutiles preceptos que pretendía regular cada acto humano, pero poco espacio dejaba para la libertad del anuncio del amor, poco dejaba palpar la cercanía del Dios que marcha codo a codo con su pueblo, que había sido el anuncio de Moisés, que había sido cantado con asombro en el Deuteronomio, que había sido repetido de múltiples maneras y en todos los tonos por los profetas; el anuncio de un Dios más peregrino y solidario con el caminar de un pueblo pobre y perseguido, que un Dios juez implacable sentado en lo alto del trono de un tribunal perfecto e inalcanzable.

Los fariseos, que se decían y se sentían herederos celosos y custodios fieles de la tradición de Israel, y que habían salido de las filas no de la nobleza de este pueblo, sino de las mismas entrañas de los pobres, hijos letrados de artesanos y comerciantes, habían conducido esta transformación, habían ejercido esta traición, que intentaba moderar –hasta acallar- el anuncio de la horizontalidad del Dios–con-nosotros, del Dios que podemos y tenemos que reconocer y amar en el que camina al lado nuestro, por preferir la pureza y trascendencia del poder de un Dios que desde arriba, incontaminado por el trato humano, y de manera vertical dirige nuestros pasos, escogiendo a algunos pocos, que situados también en las alturas, se erigen guardianes y árbitros de los tropiezos de un pueblo que camina a tientas, alumbrados por el débil candil de la fe de los sencillos.

Jesús, que no provenía precisamente del grupo de los poderosos, que no pertenecía a esta clase ilustrada, sino a las filas de los humildes, poseía la libertad y la lucidez para advertir esta transformación y prevenir a sus discípulos de esta traición. Por eso no es el contenido de la fe enseñada por los fariseos lo que Jesús cuestiona, sino su actitud, lo que hace que esa misma fe sea cuestionada, sea poco creíble.

En primer lugar, la ocupación, la usurpación del puesto magisterial: los escribas y fariseos se han sentado en la Cátedra de Moisés; la cátedra era el asiento reservado, el puesto elevado que el maestro ocupaba en el aula de las escuelas rabínicas, elevado, para que los Discípulos escuchando la voz del maestro provenir desde arriba, se acostumbraran a reconocerla como la voz que transmitía, interpretaba y traducía la voluntad del Dios altísimo; la enseñanza de la Ley se experimentaba así de un modo vertical descendente, incuestionable, ¿cómo cuestionar desde abajo a los que saben y están tan arriba, empinados en el andamiaje de razonamientos cada vez más sutiles? Sin embargo -parece decir el Evangelio- se han subido solos, nadie los ha puesto en ese lugar, han erigido ellos mismos la cátedra, para desde ella proclamar la enseñanza de Moisés, y trepando sobre ella, se han instalado, impidiendo el cuestionamiento, para que nadie se atreva a disputarles la sede; han convertido el ministerio que se les ha encomendado: el servicio de la interpretación de la Palabra que Dios ha querido compartir con los pequeños, en su profunda compasión con la humanidad, en ocasión de hacerse con el poder, de asirse, rapaces, a los brazos de esa cátedra, para que nadie les arrebate la posición que han conquistado; han pervertido el ministerio, lo han instrumentalizado para servirse de él.

En segundo lugar, el mecanismo de conservación del poder ocupado: atan cargas tan pasadas, las ponen sobre los hombros de los demás…; Mateo pone en boca de Jesús la percepción, la convicción popular de que la ley enseñada por los fariseos, a fuerza de puntillosa y precisa, se ha vuelto una carga insoportable y unilateral: preceptos rígidos e implacables para los sencillos, sinuosas justificaciones para los que saben manejarse a través de los recovecos de la letra de la ley; una ley para los que están afuera –y no van a poder entrar- otra para los que conocen los pasadizos del palacio, para los que se creen invulnerables tras los muros del poder. De esta manera, de manera vertical, se han ido asegurando el puesto, el que quiera entrar, cuando lo haga, habrá ya de haber aprendido el mecanismo, y sin lugar a dudas lo aplicará, lo replicará: ahora me toca a mí, ahora es mi turno en el desquite…

En tercer lugar la cuestión del honor, sustentado en los gestos externos: agrandan las filacterias, alargan los flecos de sus mantos. Las filacterias eran la interpretación externa del precepto de llevar sobre la frente y en torno al brazo la Palabra del Señor, Su Ley; es decir, de pensar y traducir en la acción concreta y cotidiana lo meditado en la mente y el corazón: que no puede ser otra cosa que el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Devota y literalmente, los fariseos lucían como accesorios de su cargo, pasajes de la ley, usados como distintivos, aferrados a ellos prácticamente como de amuletos, pero sin detenerse a considerar cuán vinculados estaban de verdad con esa Palabra proclamada y ostentada; los flecos del manto, por su parte, daban cuenta de su rango de maestros de poseedores celosos, de guardianes de lo correcto; la duda que se instalaba en el corazón de los sencillos, y que recoge el Evangelio en las palabras de Jesús, es si detrás del rango, detrás de la dignidad exterior del cargo, detrás de los títulos, pomposamente declarados y altivamente defendidos, había alguna consistencia, había algo de solidez…

Ésa es la peligrosa tentación de la religión cuando se vuelve institución: rodearse de tales y tantos aparatos externos, de cubrirse con tantos y tan sutiles razonamientos para justificar, hasta lo injustificable, todo aquello que puede mantener firme la misma institución, hasta que se termine perdiendo de vista la llamada del origen: la voz del Dios que nos llama a todos como hijos, que sale a nuestro encuentro como hermanos, que viene en ayuda de cualquiera que tenga la necesidad de invocarlo, porque su Espíritu inunda la humanidad entera; incluso el corazón de los que no conocen las enmarañadas arquitecturas de las teologías y las complicadas armazones del rito, y simplemente claman a Dios desde la indigencia de los que nada saben, de los que sencillamente solo saben balbucear la palabra Padre y en ella encuentran contención y consuelo.

Es por eso que las palabras de Jesús en la parte final de este Evangelio, nos vuelven a recordar la horizontalidad de la fe del pueblo que Dios ha escogido como compañero de ruta: una comunidad creyente de peregrinos, que saben que la ruta es ardua y los pies son frágiles al caminar, una comunidad solidaria de hermanos, que se reconocen y se sostienen en su indigencia, para clamar, como hijos, al único Padre, para aprender a escuchar, como discípulos, al único Señor y Maestro.

En nuestra Iglesia seguimos en deuda, en éstos, nuestros tiempos…
Raúl Moris G. Pbro.

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