Animación Bíblica de la Pastoral

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En Octubre, el mes en una vez más  en Linares nos reuniremos como Iglesia en Sínodo, la liturgia dominical nos interpela y nos desafía: a responder con prontitud al Señor  que ha salido a llamarnos, a testimoniar abiertamente nuestra fe en medio del tiempo que nos corresponde vivir, a conectar nuestra vida de fe con nuestras acciones, a revisar con lucidez la andadura de nuestro caminar… Pbro. Raúl Moris G.

Los Mandamientos del Amor

Dgo. 29 de Octubre, XXX del T. Ordinario    

Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas”. (Mt 22,34-40)

En la época de Jesús, la pregunta por la recta observancia de la Ley, considerando los múltiples preceptos que contenía, se había convertido en tema recurrente y urgente en los círculos fariseos; la cuestión acerca de cuál de todos los preceptos o mandamientos de la Ley era el más importante, generaba discusiones en las distintas escuelas rabínicas, emplazaba a tomar posiciones, generaba al interior del propio grupo de los fariseos diversas escuelas de interpretación, que mutuamente se enrostraban el ser, o bien laxas, o por el contrario, rigurosas en demasía.

La respuesta de Jesús es una vez más desconcertante para su interlocutor, en lugar de entrar en la disputa que generaría la elucidación del más importante de entre todos los preceptos, elucidación en la que los doctores de la Ley hacían gala de rigurosa precisión y erudición, desplaza la cuestión y la remonta a la fuente: no responde sólo cuál es el más importante, sino cuál es el primero y el segundo de los mandamientos; la repuesta de Jesús sitúa la cuestión en un nivel más alto y profundo.  

El elemento sorprendente está en que en rigor no dice nada nuevo, su respuesta se limita a citar dos textos de la Torah, a saber Dt 6, 5 y Lv 19, 18. ¿Dónde radica la novedad de Jesús al respecto? En el hecho de invitar a poner la mirada en lo esencial de la Ley y no en la minucia legalista; en el volver a situar el tema de la Ley en el primero, más amplio y profundo plano del proyecto de Dios para la humanidad, proyecto que no es otro sino la invitación a vivir de cara al Señor, respondiendo al agape primero con la diseminación de ese mismo amor, volcando la mirada desde Dios -de cuya imagen la humanidad es portadora- al hombre, reconociendo en cada uno, alguien familiar y cercano, un prójimo; transparentando hacia los demás, el agape recibido de parte del Señor.

El elemento sorprendente está en que el Doctor de la Ley, que esperaba de Jesús un  desconocimiento o un descuido de la ley, se encuentra con que Jesús no sólo no intenta disolver el lazo de la ley, sino que la abraza y comprende en una síntesis mayor, plenamente sumergida en la llamada del amor al amor.

El elemento sorprendente y la novedad en la respuesta de Jesús, está en su declaración de “semejanza” entre el primero y el segundo mandamiento, de tal modo que no sólo los pone como síntesis de toda la ley sino que los equipara al punto de sugerir un paralelo: la expresión final de este Evangelio es manifiesta: el verbo que se traduce por “Depender”, en griego significa “Colgar”; la ley y los profetas cuelgan de estos dos mandamientos, como de dos vigas que, para que lo que sostienen  pueda pender en equilibrio, tienen que estar situadas a la misma altura.

No podemos elegir entre ambos: mentimos a Dios y a la comunidad –y nos engañamos a nosotros mismos- si, en virtud de una supuesta irrestricta y celosa custodia del primer mandamiento, desconocemos el que nos vincula con aquellos que el Señor ha puesto a nuestro lado; nuestra religión se convierte en farsa e insulto, si por una parte predicamos el Nombre –y en nombre de- Dios, y al mismo tiempo –argumentando razones de cualquier tipo- oprimimos, engañamos, nos burlamos, abusamos de la confianza de aquellos que han sido puestos a nuestro lado para aprender a caminar con ellos, para ayudarlos y dejarse ayudar por ellos en el peregrinar. No se vive y honra el primer mandamiento, si no se realiza a conciencia, con lucidez y heroísmo, el segundo.

Estos dos mandamientos son para Jesús el soporte fundamental, no inventado tras largos siglos de reflexión de los primeros escritores sagrados y luego de los profetas, no el fruto maduro de la meditación humana, sino precisamente los que, revelados, hacen posible que, a medida que la humanidad continúa madurando, vayamos descubriendo cada vez más profundamente cuán implicados están uno con el otro, de qué modo no es posible decir que se vive el primero si éste no se manifiesta a través de las acciones concretas que exige el segundo, y en qué medida pretender vivir el primero al margen del segundo, para excluir al que ha sido puesto a mi lado como un hermano, es simplemente fariseísmo y beatería estéril y jamás verdadero amor y celo por el Señor, que lo único que nos exige es la apertura y la capacidad para gozarnos en  su amor y difundirlo.

En deuda con el Anuncio del Amor

 

Dgo. 05 de Noviembre, XXXI del T. Ordinario

Jesús dijo a la mult

 

 

itud y a sus discípulos: Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. (Mt 23, 1-12)

En tiempos de Jesús, los líderes de la religión del pueblo de Israel estaban en deuda, en deuda con su propio pueblo y con el Dios al que decían anunciar; en deuda con el anuncio del Señor de los pobres, del huérfano y de la viuda, al que habían anunciado los profetas, en deuda con el Señor que había escogido de entre los pueblos de la tierra a este pueblo que se sentía ser el “pequeño resto”, que precisamente desde su pequeñez debía de dar testimonio de la inconmensurable grandeza de la misericordia de un Dios Padre de todos los pueblos.

En primer lugar, la ocupación, la usurpación del puesto magisterial: los escribas y fariseos se han sentado en la Cátedra de Moisés; la cátedra era el asiento reservado, el puesto elevado que el maestro ocupaba en el aula de las escuelas rabínicas, elevado, para que los Discípulos escuchando la voz del maestro provenir desde arriba, se acostumbraran a reconocerla como la voz que transmitía, interpretaba y traducía la voluntad del Dios altísimo; la enseñanza de la Ley se experimentaba así de un modo vertical descendente, incuestionable, ¿cómo cuestionar desde abajo a los que saben y están tan arriba, empinados en el andamiaje de razonamientos cada vez más sutiles? Sin embargo -parece decir el Evangelio- se han subido solos, nadie los ha puesto en ese lugar, han erigido ellos mismos la cátedra para desde ella proclamar la enseñanza de Moisés, y han trepado sobre ella, se han instalado, impidiendo el cuestionamiento, para que nadie se atreva a disputarles la sede; han convertido el ministerio que se les ha encomendado: el servicio de la interpretación de la Palabra que Dios ha querido en su profunda compasión con la humanidad, en ocasión de hacerse con el poder, de asirse con rapacidad a los brazos de esa cátedra, para que nadie les arrebate la posición que han conquistado; han pervertido el ministerio, lo han instrumentalizado para servirse de él.

En segundo lugar, el mecanismo de conservación del poder ocupado: atan cargas tan pasadas, las ponen sobre los hombros de los demás…; Mateo pone en boca de Jesús la percepción, la convicción popular de que la ley enseñada por los fariseos, a fuerza de puntillosa y precisa, se ha vuelto una carga insoportable y unilateral: preceptos rígidos e implacables para los sencillos, sinuosas justificaciones para los que saben manejarse a través de los recovecos de la letra de la ley; una ley para los que están afuera –y no van a poder entrar- otra para los que conocen los pasadizos del palacio, para los que se creen invulnerables tras los muros del poder. De esta manera, de manera vertical, se han ido asegurando el puesto, el que quiera entrar, cuando lo haga, habrá ya de haber aprendido el mecanismo, y sin lugar a dudas lo aplicará, lo replicará: ahora me toca a mí, ahora es mi turno del desquite…

En tercer lugar la cuestión del honor, sustentado en los gestos externos: agrandan las filacterias, alargan los flecos de sus mantos. Las filacterias eran la interpretación externa del precepto de llevar sobre la frente y en torno al brazo la Palabra del Señor, Su Ley; es decir, de pensar y traducir en la acción concreta y cotidiana lo meditado en la mente y el corazón: que no puede ser otra cosa que el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Devota y literalmente, los fariseos lucían como accesorios de su cargo pasajes de la ley, usados como distintivos,  aferrados  a ellos prácticamente como de amuletos, pero sin detenerse a considerar cuán vinculados estaban de verdad con esa Palabra proclamada y ostentada; los flecos del manto, por su parte, daban cuenta de su rango de maestros de poseedores celosos, de guardianes de lo correcto; la duda que se instalaba en el corazón de los sencillos, y que recoge el Evangelio en las palabras de Jesús, es si detrás del rango, detrás de la dignidad exterior del cargo, detrás de los títulos, pomposamente declarados y altivamente defendidos, había alguna consistencia, había algo de solidez…

Ésa es la peligrosa tentación de la religión cuando se vuelve institución: rodearse de tales y tantos aparatos externos, de cubrirse con tantos y tan sutiles razonamientos para justificar hasta lo injustificable todo lo que puede mantener firme la misma institución, que se termine perdiendo de vista la llamada del origen: la voz del Dios que nos llama a todos como hijos, que sale a nuestro encuentro como hermanos, que viene en ayuda de cualquiera que tenga la necesidad de invocarlo, porque su Espíritu inunda la humanidad entera; también el corazón de los que no conocen las enmarañadas arquitecturas de las teologías y las complicadas armazones del rito, y simplemente claman a Dios desde la indigencia de los que nada saben, de los que sencillamente solo saben balbucear la palabra Padre y en ella encuentran contención y consuelo.

Es por eso que las palabras de Jesús en la parte final de este Evangelio, nos vuelven a recordar la horizontalidad de la fe del pueblo que Dios ha escogido como compañero de ruta: una comunidad creyente de peregrinos, que saben que la ruta es ardua y los pies son frágiles al caminar, una comunidad solidaria de hermanos, que se reconocen y se sostienen en su indigencia, para clamar como hijos al único Padre, para aprender a escuchar como discípulos al único Señor y Maestro. En nuestra Iglesia seguimos en deuda,  en estos tiempos nuestros…

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