Una Imagen y una Inscripción…

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Los fariseos se reunieron para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios Discípulos con unos herodianos, para decirle: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, si tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿está permitido pagar el impuesto al César o no?”. Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: “Hipócritas, ¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto”. Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. Le respondieron: “Del César”. Jesús les dijo: “Devuelvan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
(Mt 22, 15-21)

 

Para tener en cuenta…

 

Muchas veces se ha malinterpretado este pasaje del Evangelio según San Mateo, o más bien, se le ha querido instrumentalizar dándole una interpretación tendenciosa, como si el Logion final “Devuelvan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, significara la separación de las esferas, la política por un lado (y junto con la política, la economía, la opinión sobre los asuntos que pertenecen al “mundo”) y por otro lado religión y la fe (como si éstas fuesen cuestión de sacristía); así cuando se quiere acallar la ineludible misión profética de la Iglesia, tanto desde derechas como izquierdas, con celeridad se suele escuchar esta expresión; también se suele escuchar lamentablemente en boca de los propios cristianos cuando se resisten a asumir que la fe, -profesada y bien vivida- implica opciones que no se pueden disimular, conlleva la ardua tarea de aprender a ser, con valentía, políticamente incorrecto, supone discernir todas nuestras acciones y decisiones -tanto las privadas como las públicas- a la luz de la buena noticia y misión que Jesús nos propone.

Tales interpretaciones no se sostienen si miramos con un poco de cuidado este episodio; primero para dimensionar cuál es la trampa que –declara Mateo- quisieron tenderle a Jesús sus adversarios y, en segundo lugar, cuál es el modo que el Señor tiene no sólo de librarse de ella, sino de convertirla en una ocasión de elevar la mirada e iluminar, desde la dimensión del Eterno, los conflictos y compromisos que hemos de enfrentar en medio de la vida en comunidad.

La trampa comienza por el empeño de armar una curiosa alianza: la de los discípulos de los Fariseos y los Herodianos; ¿qué tenían estos dos grupos o partidos en común? sólo el deseo de sorprender en falta a Jesús para tener el pretexto de acabar con su incómoda presencia e influencia. Resulta cundo menos sospechosa esta colusión entre Herodianos y Fariseos, que eran, de hecho, adversarios políticos.

Mientras los Fariseos se jactaban de provenir de los Hasideos, que en tiempo de Judas Macabeo, por defender la fe y el cumplimiento de la Ley, se habían alzado valiente y decididamente en contra de la dominación helenística, y por tanto habían legado a sus descendientes la tarea de ser los celosos custodios de la pureza del Judaísmo; los Herodianos, por su parte, habrían sido más bien cercanos al partido de los Helenistas que, en el mismo tiempo mencionado, no sólo habían aceptado la dominación extranjera sino que la habían aplaudido, adoptando las costumbres de los invasores -aún a costa de relativizar lo más posible los preceptos de la ley- con tal de no perder sus beneficios e ingresos; los Herodianos del tiempo de Jesús, apoyaban el mantenimiento de la dinastía de Herodes, puesto y mantenido en su trono como Tetrarca por la obediencia que profesaba a sus actuales señores: los Romanos.

Así las cosas, no había coincidencia alguna de criterios entre unos y otros, especialmente en lo tocante al espinoso tema de los tributos al Emperador.

Los Fariseos creen haber encontrado la ocasión propicia para cerrar de una vez por todas la boca de Jesús: emplazarlo con un lenguaje sinuoso, hasta hacerle declarar públicamente su posición en relación con los impuestos –esta declaración –esperan- lo habrá de condenar de una u otra manera: si responde aceptando abiertamente el pago de los impuestos, los Fariseos tendrán la excusa para acusarlo de falso profeta y cómplice del dominador; si responde en forma negativa, serán los Herodianos los que habrán de acusarlo de sedicioso y zelota.

El recurso usado para la respuesta de Jesús por cierto no será un modo de eludir la cuestión y intentar quedar bien con unos y otros, sino un logrado intento de situar la discusión a un nivel que la trasciende, que de paso pone en evidencia a los Fariseos, y que se erige como Buena Noticia e itinerario de discernimiento cuando se trate de dilucidar la posición de los cristianos en materias de ciudadanía y justicia.

Las monedas del Imperio Romano, se parecían a las nuestras, tenían cara y sello: el Rostro del Emperador y su inscripción; qué novedad hay en esto, podríamos preguntarnos, para nosotros ninguna, pero para los interlocutores de Jesús sí; las monedas judías no podían tener grabada la imagen ni de un hombre ni de un animal (en el lado que nosotros llamamos “cara” normalmente tenían grabada una figura geométrica o la figura de una planta o de una flor) esto por la observancia al extremo del precepto de la Ley de no hacerse imágenes de modo de evitar a todas costa la idolatría. ¿Qué hacen entonces estos Fariseos con un moneda del César, que viola el precepto relativo a las imágenes, en la bolsa? La cuestión comienza a aparecer como un tema religioso, en donde el acusado podría no ser Jesús, sino ellos mismos que parecen olvidarse de la Ley, tan celosamente exigida hacia los demás, cuando el bolsillo manda o la conveniencia apremia.

La pregunta de Jesús sitúa el tema en un nivel más elevado: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” ¿Podría acaso pasar inadvertida a un Fariseo la alusión al libro del Génesis (Gn 1, 26), en donde se habla de una imagen mayor que la de las monedas del Imperio; la imagen de Dios mismo impresa en cada hombre y mujer desde el momento de la creación?; ¿Podrían acaso olvidar las palabras de los profetas (Cf. Jer 31,33) que habían hablado de una Ley mayor que la misma Ley escrita –y de la cuál ésta no es sino el reflejo-, Ley inscrita no ya en piedra, sino en lo profundo de los corazones de los hombres?

La respuesta de Jesús se yergue con claridad asombrosa: No se trata de elegir entre Dios o el César, no están situados al mismo nivel; la imagen de Dios impresa en cada hombre y mujer que viene a este mundo también incluye al César, y la honra o el temor que pudiera inspirar el César está subordinado al respeto y a la prioridad que merece cualquier ser humano, portador de esta imagen más indeleble que cualquiera grabada en moneda alguna, las monedas que el Imperio ha puesto en circulación pueden ser restituidas al César, por qué no, si su imagen en ellas indica su pertenencia; pero hay una pertenencia mayor que es preciso recordar cada vez que tengamos delante nuestro a un hombre, a nosotros mismos, o a cualquiera con que habremos de establecer relación.

Éste es el itinerario señalado para cuando los cristianos nos veamos en situación de tener algo que decir en política –situación que no podemos eludir porque hacerlo es faltar a nuestra vocación de profetas- al César lo que es del César, pero sobre el César y sobre sus leyes, sobre sus decisiones y decretos está el hombre -cada hombre y cada mujer- portador de la preciosa imagen de Dios, que no podemos abaratar, que no podemos transar, que no podemos pretender borrar ni disfrazar; qué hemos hecho con esa imagen, y con sus portadores, es lo que habremos de responder, qué hemos hecho como profetas para que el mundo no la olvide, no olvide que no pueden ser ni los intereses de los partidos, ni los interese del mercado, ni el proyecto social más seductor, ni el más acabado y consistente sistema filosófico, lo que prevalezca sobre cada uno de nosotros, sobre cada hombre o mujer concretos, sellados con la impronta que Dios quiso dejar de su propia mano e identidad, en la mayor obra de la creación.

Raúl Moris G., Pbro.

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