Comensales del Banquete del Reino

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Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los fariseos diciendo: “el Reino de los Cielos se parece a un Rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir. De nuevo, envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: vengan a las bodas”. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio, y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el Rey se indignó y envió sus tropas para acabar con aquellos homicidas e incendiar su ciudad. Luego dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren.” Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el Rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿Cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?. El otro permaneció en silencio. Entonces el Rey dijo a los guardias: “Átenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas, allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

(Mt 22, 1 -14)

 

Para tener en cuenta…

El pasaje del Evangelio según San Mateo que hoy estamos contemplando, está formado en realidad por dos temas distintos que el evangelista fusionó en uno solo: uno, que va desde el vv 1 al 10, la parábola del Banquete de Bodas, y los vv 11-14, en donde aparece una parábola nueva, la del traje de bodas; dos parábolas que, por cierto, dejan la huella del ensamble final y se nota la fricción que se produce en este Evangelio al constituir con estos materiales diversos un solo producto como es esta perícopa.

 

La primera parte, la Parábola del Banquete de Bodas, se inserta en la tradición de una de las metáforas que recorren transversalmente el desarrollo de la Sagrada Escritura, que aparece ya en tiempos de los profetas, entre los cuales, Is 25, 6ss. es uno de los ejemplos; la razón de la génesis de esta metáfora es bastante evidente: el Pueblo de Israel contaba dentro de su historia el recuerdo de los tiempos del semi-nomadismo en medio de un territorio inhóspito, que luego de asentarse en la tierra de Canaán, hubo de conocer los trabajos que implica el intentar que esa tierra seca, áspera, de clima riguroso, pueda producir frutos; que padeció una y otra vez ciclos de hambruna, nacidos de la sequía, de la devastación de la tierra en los períodos turbulentos de las sucesivas invasiones, de qué mejor manera este pueblo iba a expresar la esperanza puesta en el Dios de los padres, el Dios familiar, Dios que los acompaña en su peregrinar, Dios providente, que conoce el pesar de su pueblo y lo nutre con su mano, que figurándose el tiempo del triunfo definitivo de este aventurarse con el Señor, como el tiempo de la abundancia, el tiempo de la comida y bebida de sobra, el tiempo del banquete exuberante, de la fiesta más allá de todo cálculo, el tiempo en el cual esta tierra mezquina, por obra del Señor se transformaría de verdad en la tierra que ha sido prometida, esa que mana leche y miel.

 

Es por esto mismo que el milagro de la multiplicación del pan y los peces a orillas del Mar de Galilea tuvo tal elocuencia y fue considerado por los evangelistas como el signo eficaz de la verdadera identidad de Jesús: cuando para los pobres haya comida gratis y en abundancia, cuando la tierra sea pródiga en frutos, entonces será el tiempo del Mesías; en el signo del banquete reconocerán al Señor, habían dicho los profetas.

 

Isaías había llegado más lejos aún: la celebración del triunfo definitivo del plan salvador del Dios de Israel contemplará tres elementos: el banquete preparado sobre el monte santo de Sión, alcanzará no sólo para los hijos de la Alianza, todas las naciones acudirán hacia la Jerusalén restaurada para gozar del banquete, y el Dios de Israel manifestará así –y todos lo reconocerán como tal- que Él es el Señor de toda creatura, el Dios de todos los pueblos y que Israel ha de estar para siempre entronizada en la cima de las naciones.

 

En Mateo volvemos a encontrar el tema del Banquete y además asociado con el tema de la boda, otro metáfora de largo recorrido en la historia de la comunicación del plan de salvación que Dios nos tiene preparado: Dios ama a su pueblo como esposo fiel, y en el ejercicio del amor el Señor es incontestable, aunque su pueblo haya sido muchas veces infiel, aunque Israel, la esposa, se haya incluso prostituido en la idolatría (cf. Os 2, 11ss, Isaías 62, in al) al final el proyecto del esposo prevalecerá, la invencible fidelidad del Señor se impondrá y Dios la desposará para siempre.

 

Mateo aprovechará también el desarrollo de la Parábola –como lo hace con la de los Viñadores Homicidas- para introducir su propia interpretación del curso de los acontecimientos recientes: no es difícil reconocer en los distintos envíos de siervos a llamar a los primeros –y legítimos, pero indignos- invitados, a las distintas generaciones de profetas rechazados y escarnecidos, e incluso al primer envío apostólico, como tampoco es difícil darse cuenta cuánto resuena la incursión romana que acabó con el Templo en Jerusalén a comienzos de los 70, en el vv 7, que habla de la reacción indignada del rey ante la porfiada negativa de los invitados, o entender la salida a los cruces de caminos, para convocar a gentes nuevas, venidas de todas partes, como la justificación de la expansión del envío misionero de la primera Iglesia que ya estaba inundando toda la cuenca del mediterráneo.

 

Si en la profecía de Isaías el banquete final sobre la cima del monte Sión es la ocasión del reconocimiento de la definitiva supremacía del pueblo de Israel como pueblo de la alianza; la parábola del Banquete de Bodas será el anuncio de la Iglesia como pueblo nuevo, escogido por el Señor, formado por la inclusión de todos los pueblos en el plan de salvación de Dios que se revela universal; revelación llena de esperanza, porque es a su vez la afirmación de que es inagotable la iniciativa del Señor, cuyo es el plan: a pesar del reiterado rechazo inicial, la invitación sigue extendiéndose, hasta llenar la sala de invitados, nunca asoma siquiera la posibilidad de que el banquete se cancele por falta de comensales, porque es también la afirmación de la esperanza de que en esa multitud que llena la sala, venida de los cuatro rincones del mundo, convocada en las encrucijadas de caminos, estemos también nosotros incluidos.

 

La segunda parábola la del Traje de Fiesta, hay que leerla mejor desde su versículo final más que como una continuación de la primera (que de hecho, en su paralelo, en Lc 14, 15-24 termina con la mención de los convocados de los caminos, porque todavía queda espacio en el banquete, que se ha transformado en la fiesta de los excluidos); se trata de un modo de darle cuerpo al enigmático logion final: muchos son los llamados, pocos los elegidos. ¿Se filtró un vestigio de discriminación, de afán de exclusión, de fariseísmo tardío acaso, al final de esta parábola que deja las puertas abiertas para que el anuncio gozoso de salvación alcance a la humanidad entera?

 

De ninguna manera, más bien alude a la cuestión del modo de acoger la invitación, es decir al tema de la Metanoia, del cambio de mentalidad radical que supone el abrazar los criterios del Reino para convertirlos en propios: ser comensal de la fiesta final del Reino exige haberse revestido totalmente del modo de ser, aprender a optar por las opciones del Señor; los convocados en los cruces de caminos han sido libremente invitados, no obligados a asistir; pero si alguien es invitado y acepta la invitación tiene que saber jugar según las reglas de quien con claridad lo invitó: no estoy honrando al huésped, si invitado a un banquete de bodas llego como si nada, sin haberme esforzado por revestirme de fiesta.

 

El trato del Rey al comensal mal vestido es elocuente en este sentido: el Rey le llama Hetairos, es decir, amigo, compañero, (como en la llamada de atención a los rezongos del obrero de la primera hora en la parábola de los trabajadores de la viña) palabra que supone una comunidad de entendimiento entre ambos; el interpelado carece de respuesta: ha sido invitado a ponerse a la altura del que lo invitó, a comprender sus criterios, a actuar según ellos y no ha dado la talla; no puede, por tanto, más que enmudecer.

 

La parábola evoluciona así, en sus versículos finales, en la dirección de la parábola del Trigo y la Cizaña, dirección que aparecerá abiertamente en Mt 25: una palabra sobre el juicio del final de los tiempos, en donde la multitud de los invitados –buenos y malos al momento de la convocatoria-  serán medidos de acuerdo a la apertura que tuvieron para acoger la acción recreadora del Señor, para asumir que la invitación al Banquete del Reino espera de nosotros que nos juguemos la vida entera por asemejarnos cada vez más a aquel que nos invitó.

 

Raúl Moris G., Pbro.

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