Las Variaciones de una Canción de Amor

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Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Escuchen esta parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar, y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.
Finalmente les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo”. Pero al verlo, los viñadores se dijeron: “éste es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”. Y apoderándose de él lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?”
Le respondieron: “Acabará de mala manera con aquellos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo”.
Jesús agregó: “¿No han leído nunca en las Escrituras: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: ésta es la obra el Señor, admirable a nuestros ojos?”
Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”.
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces comenzaron a buscar el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.
(Mt, 21, 33-46)

 

Para tener en cuenta…

“Quiero cantar en nombre de mi amigo el canto de amor de mi amado por su viña…” Éstos son los primeros versos de una antigua canción, de una metáfora acerca del amor de Dios a la humanidad, que deja sus huellas y evoluciona a lo largo de siglos de Revelación, una de sus primeras apariciones que ha quedado registrada en la Sagrada Escritura es ésta, la del profeta Isaías, otra huella del mismo tema aparece al modo de respuesta, de contrapunto, en el salmo 78 (79), deja sentir un eco de sus acordes finales en el discurso de la Vid y los Sarmientos, en el Evangelio de Juan, y aparece transformada en parábola en el Evangelio de hoy, el de los viñadores homicidas. Seguir el recorrido de esta metáfora en su evolución, escuchar con atención el quedo desarrollo de los compases de la Canción de la Viña, es percibir cómo la Revelación del Amor invencible de Dios por nosotros ha ido madurando en la recepción de un pueblo creyente que por siglos ha escuchado estas palabras y se ha sentido hondamente interpelado por ellas.

Tanto la Canción de Isaías como la Parábola de Mateo, están ligadas de modo indisoluble a momentos de crisis en la historia de amor que cuentan: en Isaías -como en el Salmo 79- la crisis es la invasión asiria que destruyó el Reino del Norte: la lectura teológica de esta crisis se plasma en el profeta en la metáfora de la Parra que, plantada por el Señor, nutrida y cuidada por Él, ha sido incapaz de responder de modo proporcional a la fidelidad recibida, por tanto, el Señor la ha abandonado, ha quedado a merced de sus enemigos, ha sido pisoteada, humillada.

Israel, que confiando ilusamente en sus propias fuerzas ha disuelto la unidad del antiguo reino de David, ahora padece en manos de sus conquistadores, de los imperios opresores, la parra que sólo fue capaz de producir los frutos agrios de la discordia, de la rebeldía, y finalmente de la apostasía, es ahora presa de la voracidad del invasor.

En el Evangelio de Mateo, por su parte, resuenan – por cierto de modo anacrónico- los ecos de la gran crisis de la década del 70 d C: Jerusalén sitiada, el Templo destruido al principio de la década, judíos y judeocristianos emprendiendo, al final de la misma, caminos divergentes culpándose recíprocamente del acontecer que ha sumido a Israel en la confusión.

Sin embargo los tonos son notablemente diferentes en ambos momentos de la metáfora de la viña, mientras que en Isaías el tono es de pesimismo y querella; Mateo la entona finalmente optimista y esperanzado.

En Isaías, la viña díscola queda arrasada por su inexplicable –e inexcusable- incapacidad de responder a los cuidados amorosos del Viñador: ha recibido todo lo necesario para producir fruto dulce y abundante. El Viñador –se queja a través de la voz del profeta- no ha dejado nada de su parte por hacer, sin embargo las uvas han resultado mezquinas y agrias; en Isaías, la viña, identificada con el pueblo de Israel, ha logrado abortar el buen plan del Viñador, porque plan de salvación y pueblo de la elección aparecen como una y la misma cosa, y no se vislumbra salida alguna de la situación.

En Mateo, en cambio, la Viña -plan de salvación- ha sido entregada en manos de los viñadores, administradores y primeros beneficiarios de este plan, pero no sus dueños; por tanto, la infidelidad de los administradores, por grave que haya sido, no afecta el plan original, la viña no queda hollada, puede ser entregada intacta en las manos de un pueblo nuevo, con la esperanza de que este último haya aprendido por fin la lección de la fidelidad de parte del Señor.

El tema de amor, la Canción de la Viña, será así en Mateo la ocasión de describir, mediante el vehículo de la metáfora, la historia reciente del Pueblo de Israel: el rechazo reiterado de las numerosas generaciones de profetas, la contumaz resistencia a la tarea de ajustar el corazón al plan del Señor, y al contrario, tratar porfiadamente de acomodarlo a sus propios y estrechos criterios –crítica directa al judaísmo farisaico- y finalmente la incapacidad de reconocer en Jesús al Hijo, con el escándalo de su Pasión y de su Muerte.

En Isaías el tema de amor tiene todavía los tonos de un canto de despecho, de una canción desesperada: ante el desprecio de la Viña al amor del Viñador, la respuesta de éste es la querella desgarrada y finalmente la destrucción de la amada; el amor descrito por Isaías todavía no tiene las notas características del agape anunciado y encarnado en Cristo; es mayor en el Profeta la fuerza del honor herido, herida cuya reparación exige la desaparición del agresor: la viña ha de quedar arrasada.

Al contrario, en Mateo, la posibilidad de destrucción –la mala muerte sugerida para los viñadores homicidas- no es parte de la parábola, sino que Mateo la pone en labios de los interlocutores de Jesús, los mismos que están frente al Hijo, los mismos que se obstinan por no querer reconocerlo como tal; las palabras de Jesús sólo abordan la cuestión de relevo de los administradores de la viña.

La nota de fondo en Mateo es la invencible inventiva del agape, que no renuncia al plan de salvación inicial -a pesar de la incomprensión y el rechazo- sino que está dispuesto a seguir buscando a quienes lo acojan, esperanzado en que los buenos administradores del plan de la absoluta y definitiva comunión entre el querer del Viñador y la Viña, habrán de aparecer entre las filas de este pueblo nuevo –la Iglesia- fundada sobre la total entrega de Cristo, piedra que ninguno de los constructores quiso reconocer como la angular, pese a que en eso consistía su oficio (introduce aquí el Evangelista una metáfora distinta, proveniente desde otra tradición, desde otra situación vital, en el texto).

La Canción de la viña se transforma en el Evangelio en el cántico de la esperanza del imbatible agape de Dios por la humanidad, unas décadas más y la comunidad de Juan entonará los acordes finales -los definitivos- de la canción: el plan de salvación, la viña del Señor, no será otra cosa sino el propio Cristo, y la permanencia en su amor, el esfuerzo por seguir sus huellas, por hacer que sus palabras dichas a la humanidad a través de nosotros efectivamente sean nuestras, será la respuesta esperada por el Señor, no porque Él lo necesite, sino porque sólo así se ha de manifestar el esplendor de la madurez de la humanidad que Él estaba soñando cuando con su propia mano esponjaba y hacía mullida la tierra para plantar su viña.

Raúl Moris G. Pbro.

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