Disponerse a ser Testigos del Desborde de la Gracia

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Dgo. 24 de Septiembre, XXV del T. Ordinario

 

“Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”. El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a éste que llega último lo mismo que a ti. ¿O no tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”. Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos». (Mt 19,30—20, 16)

 

Una nueva llamada a la conversión nos hace el Evangelio de Mateo en la parábola de los trabajadores de la viña, una invitación a la metanoia, que no es un cambio meramente de carácter moral, no es pasar de portarse mal a portarse bien, sino que es la apertura a un cambio radical de mentalidad, de modo que la estrechez de nuestras convicciones, de nuestros cálculos, de los principios, creencias y costumbres con que ordenamos nuestra vida, pueda ser ensanchada por la inconmensurable amplitud del pensamiento, del plan de Dios; dilatación de nuestro modo de pensar y actuar, que por cierto nos va a sacar de la comodidad del control, de creer que con una serie discreta de prácticas piadosas tenemos ya conquistado el beneplácito de Dios; ensanchamiento que puede llegar a ser doloroso, al vernos forzados a acoger en nuestras vidas a un Señor que no nos deja tranquilos, que nos desafía constantemente para que lleguemos a darnos cuenta que su amor supera siempre nuestras más osados cálculos, que su irrupción rompe los moldes mentales que han demostrado ser menos flexibles de lo que alegremente creíamos.
Dejémoslo de una vez claro: a Dios no se lo gana, no se lo compra con sacrificios y privaciones. No hay que hacer mérito para que Él, se de cuenta que nosotros estamos aquí necesitados de su atención, de Su Presencia, no hay que hacer esfuerzos inhumanos para saltar en la fila para que Él logre vernos, para que Él se fije en nuestra pequeñez, porque lo que se nos viene a anunciar como buena noticia es la absoluta prioridad y primacía de la gracia en nuestra historia de salvación.
Cuando caemos en la cuenta de que en nuestro horizonte, en nuestro campo visual, aparece el Señor es porque Él ha salido ya temprano a buscarnos: Los trabajadores no habrían sabido siquiera de la existencia de la viña si Él no hubiera salido a anunciar que necesitaba obreros, estarían todavía en la plaza viendo como las sombras se alargan, perplejos mientras lentas transcurren las horas.
La expresión que emplea Mateo para referirse al sordo reclamo de los primeros obreros, es el verbo griegogonguizo, en español tenemos uno que lo traduce con bastante precisión: rezongar; no es una abierta protesta la que inician los trabajadores, no es un decir las cosas de frente, expuestos, que muestre con claridad la perplejidad, la indignación, la incomprensión que se siente, para que pueda el otro hacerse cargo de ella, sino ese murmurar entre dientes, diagonal, tan oblicuo como la mirada soslayada, que le lanzan los trabajadores al Dueño de la Viña -en la que Él también perspicaz y atento repara- sin pedir abiertamente explicación, mirada de torvoresentimiento.
La Metanoia que precisan los primeros trabajadores, el radical cambio de mentalidad que les urge, es darse cuenta de que trabajar desde temprano en la Viña es un modo de conocer mejor la índole de su Señor, y participar de su alegría, es una invitación a gozarse en la dispendiosa generosidad que Él está derramando al ir a buscar más desocupados para que tengan algo que hacer, porque no parece que la razón por la que el Dueño sale a la plaza tantas veces sea el necesitar de obreros, sino el solo saber que hay obreros necesitados de que haya uno que los contrate, uno que los envíe, uno que de sentido y dirección a la fuerza de sus brazos.

 

Pbro. Raúl Moris Gajardo

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