Decidirnos a abrazar la Voluntad del Padre

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Dgo. 01 de Octubre, XXVI del T. Ordinario

 

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos de pueblo: “¿Qué les parece?, Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y éste le respondió: “Yo voy, Señor”, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”(Mt 21, 28-32)

En la mentalidad de la época en que se escribe este Evangelio, la respuesta esperada a la pregunta que Jesús les dirige a los sumos sacerdotes y a los ancianos, habría sido aprobar la conducta del segundo hermano, que no contradice abiertamente los deseos del padre, sino que se muestra de palabra pronto a realizarlos, aunque la acción, que es mediata, no corresponda con lo que ha declarado; el honor del padre ha quedado a salvo, ya que el hijo no contradice su orden; haga lo que haga después, al contrario, se apresura en ponerse en su lugar, el de la sumisión incuestionable que un hijo le debía a los deseos del padre; el hijo primero, en cambio, al expresar de palabra sus propios deseos, pone en entredicho ese honor: el seco “No quiero”, del hijo primero, es una bofetada pública a las prerrogativas paternas, lo que viene a subvertir el orden establecido en una cultura del honor.
La especificación de la pregunta de Jesús, para apuntar al cumplimiento de la voluntad del padre, más que a su honor, abre la brecha para que la parábola se transforme en una provocadora buena noticia; en primer lugar, porque deja espacio para la obediencia, como acción meditada que hace su aparición después de las palabras del primer hermano; en segundo lugar, porque anuncia la paciente espera del plan de Dios y su acogida infinita al que es capaz de detenerse en su andar, volver la mirada sobre la propia vida, sentirse interpelado de verdad por la Palabra, y enderezar su conducta para encaminarla por el sendero del Reino, que nada tiene que ver con las cuestiones relativas al honor, que inmovilizan, que no permiten dejarse alcanzar por la generosa invitación del Dios de la salvación, que quiere que todos se salven, que se goza en la conversión, más que en contemplar la condenación de los que porfían en su propio camino errado, condenación que no se asienta en la voluntad salvadora del corazón de Dios, sino en la empecinada mala elección de la libertad de los hombres, de nosotros mismos.
Esa meditación de la voluntad del padre, que se hace en lo secreto del corazón, y que va a permitir el arrepentimiento y que el primer hermano salga de la reducida esfera de sus deseos, para ponerse más allá, a la escucha del querer del padre (el verbo usado por Mateo, para hablar del arrepentimiento del hijo primero, será en griego el verbo metamelomai, que comparte con la palabra metanoia [conversión] el prefijo metá, [ponerse más allá, salir de sí, dar un paso más arriba]), será lo que quiere Jesús que se acentúe como buena noticia: todo aquel que haga este esfuerzo, que significa enmendar el camino que ha marcado la vida, y tener que “reinventarse” por amor del Señor -al que reconocemos en su misericordiosa acogida, más que en su autoridad que nos señala los deberes- todo aquel que se atreva a acometer la empresa de ser señor de los propios primarios deseos, para ponerlos al servicio de un plan que nos supera, que podemos todavía no ser capaces de entender en su totalidad, porque es el plan del amor inconmensurable de Dios; todo aquel que haga este esfuerzo, -doloroso, sin duda, como duele crecer y madurar- todo aquel que, más allá de los deseos, de las ganas que nos adormecen, tome la decisión de por fin despertar, escuchar y seguir al Señor, ha de encontrarse con el abrazo acogedor del Padre del Cielo: el Reino será suyo, aunque como los publicanos y las prostitutas -proscritos por la Ley de Israel, desobedientes de esa ley- venga reconociendo recién la llamada del Dios que quiere la salvación de todos, venga reconociendo recién ahora con nitidez esa llamada, quizá precisamente porque recién ahora ha reconocido en ella el timbre sutil del amor del Señor, que quiere la salvación del hombre, que en este empeño no descansa, más que los sonoros tañidos del deber o del honor.

 

Pbro. Raúl Moris Gajardo

 

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