Rendirse a la lógica de Dios…

Periódico Buena Nueva de Linares > Animación Bíblica > Rendirse a la lógica de Dios…

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que tenía que sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley; que lo matarían y al tercer día resucitaría. Entonces, Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderlo: “Dios no lo quiera, no te ocurrirá eso”.Pero Jesús dirigiéndose a Pedro le dijo: “¡Vete detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque no piensas como Dios, sino como los hombres”. Y dirigiéndose a sus discípulos añadió: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la conservará. Pues ¿de qué le sirve a uno ganar todo el mundo si pierde su vida? ¿O, qué puede uno dar a cambio de su vida?. El Hijo del Hombre va a venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles. Entonces tratará a cada uno según su conducta. (Mt 16, 21-27)

 

Para tener en cuenta…

Aún resuena en el camino que están recorriendo los discípulos con Jesús, el eco del elogio con el que el Señor subraya la declaración mesiánica de Pedro en las inmediaciones de Cesarea de Filipo, y las solemnes palabras acerca de la Iglesia que, fundada sobre la solidez de la fe del discípulo, abierto por completo a la acción reveladora del Padre -al punto de hacer de la gracia recibida el fundamento de su propio mérito y así llegar a transformarse en el canal expedito por el cual fluye esta Revelación y se hace voz humana-, tendrá la solidez imperecedera que sólo puede poseer el proyecto de Dios para la humanidad.

Aún resuenan estas palabras de gozo y aliento, cuando estas otras palabras de Jesús: el primer anuncio de la Pasión, van a inquietar a la comunidad que sigue sus pasos, que ahora decididamente se encaminan hacia Jerusalén.

El mismo Simón que ha recibido con el nombre Pedro la vocación de cimentar con la fe que ha recibido la nueva comunidad de discípulos, “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ha de escuchar ahora, a partir de su reacción al sombrío anuncio de la prueba suprema antes de la Resurrección, un nuevo apelativo de labios de Jesús: obstáculo; en griego: skándalon, palabra que alude una vez más a la piedra, pero esta vez a la imagen de esas que cuando aparecen en medio de un camino, de una vereda, estorban el paso y hacen que el pie del caminante tropiece.

Cuál es la razón de la dureza de las palabras de Jesús, que no se contenta con llamarle skándalon, sino que antes incluso lo ha tratado de Satanás, usando el antiguo nombre hebreo para designar al adversario, al que tiende trampas; cuál es la razón de ese fuerte: “¡Vete detrás de mí!” (en griego, opisoo mú) que también podría traducirse como: “¡Apártate de mi vista”!; dicho precisamente al discípulo al que acaba de confiarle la nueva comunidad de seguidores.

Jesús se escandaliza ante las palabras de Pedro, porque Él mismo –verdadero hombre- no es ajeno a la seducción de las palabras del discípulo, no es inmune a la tan humana tentación de plegarse a la lógica del poder, mejor que a la de la obediencia al plan de Dios; a la lógica de la autoafirmación y autoconservación, más que a la del desprendimiento y vaciamiento de sí y de sus planes, de modo de configurar la vida entera al querer del Padre, aunque este querer pueda causar dolor, aunque este querer pueda no ser del todo comprendido; no es inmune a la tentación, y, por lo mismo, resuelve darle la cara para poder desbaratarla.

Jesús ha de emprender decidido el camino hacia Jerusalén y es ahora cuando las palabras del Discípulo se yerguen delante suyo con una seducción análoga a la del demonio en el desierto antes de comenzar su ministerio público.

La razón está en el modo tan humano con que Pedro reacciona ante el giro que están tomando las cosas, ante este encaminarse hacia Jerusalén, hacia el conflicto y la muerte.

En el horizonte de estos hombres y mujeres que han abandonado bienes, familia y amigos, que han salido a aventurarse en descampado tras Jesús, la declaración mesiánica que acaba de hacer Pedro en nombre de la comunidad, tendría que tener como lógica consecuencia un discurso de carácter reivindicativo y triunfal de parte de Jesús; así lo entienden todavía y lo seguirán entendiendo incluso después de esta recriminación violenta, (más adelante en Mt 20, el Evangelista recordará la bochornosa actitud de los hijos de Zebedeo, movidos por la ambición de asegurarse un puesto de honor en el Reino); si Jesús encuentra un motivo de tropiezo en las palabras de Pedro, el escándalo no ha sido menor en medio de los Apóstoles, al escuchar de Jesús el anuncio de su próxima pasión.

El conflicto se produce entre las razonables expectativas humanas y el sorprendente misterio de la lógica del plan de Dios; pero este conflicto no es nuevo; la primera lectura de este domingo, que la liturgia ha escogido como preámbulo para este Evangelio, nos muestra al profeta Jeremías, quejándose amargamente ante el Señor del destino que le ha cabido en suerte: “Me has seducido, Señor y me he dejado seducir”; reclamo del profeta en el cual el término “seducción” hay que entenderlo aquí en su sentido más negativo; el profeta se queja como víctima de un engaño, del engaño que le parece haber sufrido de parte de un Dios que lo ha llamado a la vocación de profeta, pero que cuando lo llamó no le reveló de inmediato que iba a ser profeta de desgracias; pero también el profeta se queja de la irrevocabilidad de ésta su vocación, a la que a pesar de sus intentos, no puede renunciar; la rebeldía del profeta es trágica, máxime cuanto él mismo no puede dejar de amar, a pesar suyo, su propia e irresistible vocación: “Pero había en mi corazón como un fuego abrasador…”

La actitud de Pedro ante el conflicto que suscitan las palabras de Jesús dista bastante, por cierto de la resignada rebeldía de Jeremías; Pedro luego del primer elogio, que le ha merecido su confesión de fe, parece haber crecido, se siente agrandado, autorizado para reprender al Señor en relación al anuncio de los acontecimientos venideros; asume de manera autoritaria y paternalista el rol de conductor que le ha sido otorgado, el gesto de Pedro que se entrevé en los verbos empleados por Mateo (proslambánomai: tomar a alguien y llevarlo hacia delante, apartarlo de grupo, y epitimáo: reprender, hacer sentir a otro el peso de la propia autoridad) es un gesto de fuerza para con el Maestro y delante de la comunidad, es decirle a Jesús y decirlo también de paso a la comunidad que es Él quien ahora lleva las riendas de este asunto; el problema es que para este rol asumido le falta todavía crecer infinitamente más: ha sido capaz de acoger la revelación de la identidad de Jesús, don del Padre, pero no ha sido capaz aún de acoger la revelación del plan salvador en toda su integridad; el insondable plan de Dios sobrepasa el entendimiento del discípulo; sin embargo no se puede ser verdadero discípulo sin abrazar esta lógica en toda su anchura y profundidad, sin rendirse en la lucha que nos propone el Señor cuando Él quiere.

Parece rechazar violentamente Jesús al recién nombrado Pedro al ver que no es capaz todavía de plegarse, de rendirse al modo de pensar de Dios, empecinándose en pensar en categorías puramente humanas; esto sería así, si el opisō mú, que sonoramente espeta Jesús en la cara del sorprendido Pedro, fuera único en este pasaje; sin embargo, un versículo más adelante, el Señor vuelve a repetir la misma expresión, y esta vez para señalar la posición que le corresponde al Discípulo, en su calidad de acólito, de seguidor del Maestro: “El que quiera venir opisō mú, detrás de mí, es decir hacerse discípulo mío…”

La violencia inicial de las palabras del Señor se transforma así en invitación, en una nueva oportunidad para Simón Pedro, que ha de comprender que en el camino de seguimiento no ha llegado aún a la meta; que el puesto de responsabilidad que Jesús ha depositado en sus manos, no significa una autorización para convertirse en jefe autosuficiente; que en el camino del verdadero Discípulo recién está comenzando, que queda mucho de inclinarse bajo el áspero peso de la cruz -cualquiera sea el estado de vida desde el cual nos llama el Señor a ser discípulos- que queda mucho de empinarse por la aridez de la senda de la renuncia a las soluciones fáciles y a las ilusiones que suelen abundar en los proyectos personales propios.

El camino del discípulo que antecede a la Pascua, es en cierto modo un caminar a tientas; lleno de amor por este Jesús que lo ha cautivado, pero que estremece e inquieta cada vez que Jesús mismo le recuerda que este andar no se realiza de verdad si solo se pretende hacerlo de manera parcial, hacerlo a medias, o recorrer de la ruta sólo aquel tramo que nos agrada, que nos halaga.

El camino del Discípulo no se emprende de verdad, si frente al llamado a la absoluta entrega a la voluntad del Padre para salvar a la humanidad -entrega que encuentra su máxima expresión en el Cristo que expira sobre el leño de la cruz- se antepone la lógica de la reserva, del querer conservar algo para sí, del querer que se cumpla la voluntad del Padre, pero que en este cumplimiento pueda quedar yo a salvo, inmune de haberme entregado, inmune de haberme también yo inmolado, en la segura tibieza de quien contempla la entrega de Cristo, se emociona, se conmueve, pero luego dice: esto es para los santos, no es para mí.

El camino del verdadero Discípulo no llega a conocer la meta si el llamado a caminar tras Jesús no comprende que a esta escuela no se puede entrar sino con los brazos abiertos, dispuesto a desangrarse de amor en la cruz.

Raúl Moris G. Pbro.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *