Aprender a Desatar las Ataduras del Hermano…

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Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca uno o dos más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la asamblea, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos. (Mt 18, 15-20).

 

Para tener en cuenta…

 

 

Sólo tres veces aparece la palabra Iglesia (gr. Ekklesia) en los Evangelios y sólo ocurre en Mateo; la primera vez, en el cap 16, en el contexto de la confesión mesiánica de Pedro en Cesarea de Filipo; en donde Iglesia señala el proyecto de humanidad convocada para la salvación: Misterio guardado y revelado por el Padre en la madurez de los tiempos; dos capítulos más adelante, nos encontramos con las dos menciones de este pasaje: la Iglesia aquí en la tierra, como comunidad peregrina, organizada, y corresponsable en el deber de la mutua corrección, en la que cada uno de sus miembros está llamado a velar por la fidelidad de los otros, sus hermanos.

La Iglesia, la nueva comunidad de peregrinos que funda Jesús, está llamada a anunciar el Reino, con palabras y acciones intrínsecamente conectadas, de modo de ser fiel a la dinámica de la propia Revelación como nos recordó en el siglo pasado la Constitución Apostólica Dei Verbum (cf. DV 2); esta misión supone un tenso caminar, un velar constante de unos y otros para que el anuncio pueda ser validado en los gestos en los que se juega la vida cotidiana; en otras palabras, para que el anuncio se presente creíble a partir de la propia credibilidad que despiertan sus anunciadores, de ahí que la corrección fraterna, es decir la mutua exhortación, el mutuo enderezarse, la co-responsabilidad que supone el sostenerse unos a otros para mantenerse fieles en el camino emprendido, fieles al camino emprendido; revista una importancia vital para la comunidad apostólica.

El entusiasmo inicial que animaba a la naciente Iglesia, se fue encontrando con la siempre permanente presencia del pecado, que enturbia las relaciones humanas, aún las mejor intencionadas: cómo hacer frente de un modo genuinamente cristiano a esta presencia que mina la vida comunitaria desde dentro, cómo lograr que este proyecto del Señor pueda sobrevivir y realizarse en cabalidad en medio de la cotidianidad, donde surge la envidia, la desidia, el egoísmo, donde campean disimulada -e incluso abiertamente- valores, criterios y prácticas, que poco o nada tienen que ver con el modo en que Cristo ha querido invitarnos a su seguimiento.

De dónde partir argumentando para sostener esta práctica de convivencia comunitaria, que es el perentorio mandato de la corrección fraterna, cuál es su fundamento; la liturgia de este domingo nos ofrece la exhortación del Apóstol Pablo a los Romanos: “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo” (Rm 13, 8a) y la afirmación de la vocación del profeta en el libro de Ezequiel: “Te he puesto como centinela de la casa de Israel”(Ez 33,7), como puntos de partida para entender el peso que tiene este ejercicio de la caridad en medio de la comunidad.

En el caminar juntos, propio del cristiano, se vive la experiencia del peregrino que, siendo también caminante, está llamado no sólo a dar cuenta de sus pasos, sino también de los pasos de los que van a su lado; el peregrinar de la Iglesia rumbo al Reino de los Cielos es una experiencia de solidaridad: deseo ardientemente llegar allá hacia donde me ha invitado el Señor, hacia donde me conduce el Señor, pero estoy convocado a querer con el mismo ardor que los míos, que mis hermanos, lleguen conmigo; para eso es preciso no sólo jugarme personalmente el todo por el todo, por mí mismo y mi salvación, sino jugarme también por mis compañeros de camino, sólo de este modo se avanza en dirección del Reino, sólo de este modo se anuncia y se vive según las coordenadas del Reino.

La corrección fraterna es el ejercicio de la responsabilidad que nos cabe en la suerte del otro; por eso la figura del centinela del profeta Ezequiel, atento vigilante del andar de su hermano, a quien con propiedad se le pedirá cuenta de él, puesto que su vocación es velar para que no sea sorprendido, para que su pie no tropiece, para que enmiende el mal paso dado. Si nos remontamos aún más atrás en la historia de la salvación, he aquí la única respuesta posible a la antigua pregunta de Caín: ¿Acaso soy el guardián de mi hermano? Por cierto, lo somos: centinelas unos de otros, guardianes movidos por la caridad, por el agape, primera y única deuda que nos ata con el hermano, precisamente porque es hermano.

Cuidadores de la suerte de unos y otros -ni gendarmes ni inquisidores- centinelas que velan por el bien de los que aman, compañeros e iguales en la aventura del seguimiento; la corrección fraterna supone la humildad de saber que al que corrijo es mi par; que para corregir no debo hacerlo encaramado al sitial del maestro, no la he de ejercer de modo vertical, desde el puesto del que cree que sabe, del que se considera puro, del impoluto e impecable fariseo; sino de modo horizontal, del lado de quien sabe que a mi hermano la fidelidad al Señor le cuesta, porque también a mí me cuesta; del lado del que quiere enderezar el camino del compañero de ruta, no porque su caminar me molesta o me escandalice, sino porque he decidido seguir la invitación a compartir su suerte, porque su alegría es la mía, porque de su dolor me conduelo.

Por eso es que la Corrección fraterna no se ejerce de verdad si resulta ser un ejercicio de recriminación, reproche auto-referente o acusación (no me interesa de verdad ayudar a caminar a mi hermano si mi intención primera es enrostrarle con rudeza su pecado, o “cobrarle sentimientos”, o ponerlo en evidencia ante el resto para empequeñecerlo).

De ahí entonces que la pregunta que siempre me tengo que hacer antes de ir a corregir es: desde dónde me sitúo para la corrección, ¿Desde mí mismo, desde mis sentimientos heridos, desde el resentimiento que me produce ver como otros se atreven a hacer libremente aquello que a mi secretamente me gustaría, pero no me lo permito? ¿Desde mi tantas veces estrecho sentido de lo que es correcto? o más bien, desde el discernimiento del bien de mi hermano, que nace del amor que Cristo me ha regalado para que lo comparta, del saber que si el Señor me ha puesto al lado estos, mis hermanos, ha sido para que los cargue conmigo dejándome a mi vez cargar por ellos, porque la corrección fraterna no es genuina si nace desde un corazón que no ha aprendido a ser corregido también él, si no nace de un corazón ensanchado por la experiencia de la compasión que ha recibido de parte de Jesús.

La corrección fraterna forma parte de la preciosa responsabilidad de atar y desatar que este pasaje del Evangelio lo extiende desde Pedro –en cuyas manos Jesús lo ha entregado en Mt 16, 19, para hacerlo recaer sobre todos los miembros de la comunidad; cuando la ejerzo, efectivamente estoy liberando a mi hermano de esas ataduras –las del pecado- que no lo dejan crecer, que no lo dejan alcanzar la estatura humana que el Señor ha querido para él desde el comienzo; cuando la ejerzo, lo estoy también atando, ayudándolo a reanudar el vínculo que el Señor ha querido establecer con él –con todos nosotros- desde que lo llamó a la vida, el vínculo que une el cielo con la tierra.

La corrección fraterna, por último, es mandato ineludible, aquí no cabe elección: ante la suerte de mi hermano, no puedo callar, no es lícito desentenderme, dejarlo a su suerte apelando a su libertad -si bien en última instancia esa libertad es inalienable- por el solo hecho de que el que tengo a mi lado, al frente mío, es mi hermano, no puedo dejar de hablar, no puedo dejar de actuar.

Sólo así se construye una comunidad en la que se nota que habita el propio Dios, sólo así dejamos que acontezca en medio nuestro esta promesa que dejó Jesús a sus Apóstoles: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.
Raúl Moris G., Pbro.

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